El carruaje de la Casa Valerius finalmente se detuvo ante la escalinata principal de la Mansión de las Sombras cuando los primeros indicios de un alba sucia y grisácea comenzaban a teñir el horizonte de Legalia. La neblina matutina, cargada con el hollín de los distritos bajos, se adhería a las molduras de piedra de la fachada como un sudario.
Dentro de la cabina, el silencio que siguió a la tormenta sensorial era casi asfixiante. El candil de aceite seguía apagado, pero la claridad difusa que se filtraba por los cristales empañados revelaba el escenario de una rendición absoluta. Vesta permanecía recostada contra el asiento de terciopelo, con el cabello oscuro desparramado sobre los hombros y el corpiño gris entreabierto, revelando la palidez de su piel marcada por los besos posesivos de su Tríada. A su lado, Caspian se acomodaba los puños de la camisa con una lentitud meticulosa, aunque sus ojos azules mantenían un brillo de turbación inusual en un hombre de su frío intelecto.
Alaric, sentado en el suelo del habitáculo con la espalda apoyada en la portezuela, respiraba de forma acompasada, con las manos grandes aún apoyadas en los tobillos descalzos de Vesta, negándose a romper el último punto de contacto físico. Dante, por su parte, se frotaba las sienes en el rincón más oscuro, con el rostro más pálido de lo habitual; el esfuerzo místico de unificar las almas y los cuerpos de los cuatro durante el trayecto había dejado su energía al borde del agotamiento.
Ninguno de los hombres se movió cuando el lacayo del carruaje abrió la portezuela desde el exterior. Fue Alaric quien, con un gruñido bajo, se puso de pie primero, bloqueando la vista del sirviente con su enorme espalda acorazada. El General tomó a Vesta en vilo, envolviéndola en su pesada capa de piel de lobo negro para protegerla del aire gélido de la madrugada, y la cargó escaleras arriba hacia el interior del palacio sin pedir permiso.
Caspian y Dante lo siguieron a pocos pasos de distancia. El eco de sus botas sobre el mármol del vestíbulo principal no anunciaba una victoria, sino la tensa tregua de una jauría que ha defendido su territorio pero que aún desconfía de sus propias dinámicas internas.
El Umbral de la DesconfianzaAl entrar en los aposentos de la Matriarca, Alaric la depositó con una inesperada delicadeza sobre el diván situado frente a la chimenea moribunda. Vesta se incorporó de inmediato, sujetando la capa de lobo alrededor de su pecho, sintiendo el peso del cansancio físico y, sobre todo, el regreso de la armadura mental que el placer le había arrebatado temporalmente.
Miró a sus tres esposos, quienes se situaron en diferentes puntos de la habitación, repitiendo el patrón de aislamiento que su crianza en las academias les había impuesto desde los siete años.
—Lo que ocurrió en ese carruaje... —comenzó Vesta, su voz ronca, forzando un tono de neutralidad que ninguno de los presentes creyó—. Fue una respuesta a la presión del Consejo. No podemos permitir que el deseo nuble la estrategia. Lady Elara está herida políticamente, pero el Tribunal de Cuentas no tardará en auditar los movimientos de Caspian.
—No intente racionalizar la carne, Vesta —interrumpió Caspian, caminando hacia la mesa donde descansaba una licorera de cristal. Se sirvió un trago de coñac con manos que aún temblaban levemente—. Lo que ocurrió en ese trayecto no tuvo nada que ver con el Consejo de Puristas ni con los aranceles de los Thorne. Nos entregamos a un impulso que el Edicta prohíbe. Se supone que fuimos diseñados para compartirla con indiferencia matemática, y esta noche cada uno de nosotros estuvo dispuesto a asfixiar al otro con tal de ser el único en escuchar su rendición. Me enferma admitirlo, pero el Oro de esta casa está perdiendo el control de su propia contabilidad emocional.
Alaric, que se despojaba de las placas de hierro de sus antebrazos dejándolas caer sobre la mesa con golpes secos, levantó la mirada gris.
—El banquero tiene miedo de los números rojos —gruñó el General, acercándose al diván de Vesta—. Yo no le tengo miedo a la sangre, pero le tengo miedo a este palacio. Vi el historial de su madre, Vesta. Vi cómo el primer esposo del Hierro la trató como a un cuartel hasta que le secó el cerebro. Esta noche la tomé con rabia porque la idea de que ese infeliz de Rodrigo o que las gárgolas del Tribunal pusieran un dedo sobre su reputación me arrancaba las entrañas. Pero ver que Aurelian y el místico estaban allí... sintiendo lo mismo... me demuestra que estamos cayendo en la misma trampa que destruyó a Lady Aurelia. Nos estamos volviendo locos de posesividad.
Dante, apoyado en la columna de la cama con dosel, levantó sus ojos oscuros, desprovistos del fulgor violeta de la noche.
—La locura es solo el nombre que Legalia le da al amor que no puede encasillar en sus decretos —susurró el místico, su voz sonando como un eco lejano—. Elara intentó usar el pasado de Vesta a los dieciocho años porque el Imperio le teme a la exclusividad. Mi magia la unificó con ellos tres porque era la única forma de que sus cuerpos no se despedazaran en la pista de baile. Pero el Éter no miente, mi reina. Su alma está asustada. Tienes miedo de que la Tríada la consuma, al igual que consumieron a la mujer que le dio la vida.
La Advertencia SilenciosaVesta se puso de pie, dejando caer la capa de lobo negro sobre el diván. Caminó hacia el espejo de cuerpo entero, observando los estragos de la noche en su reflejo: las marcas rojizas en su cuello y los hombros cansados. La advertencia de Dante había dado en el blanco. Detestaba el Edicta porque la obligaba a convivir con tres fuerzas de la naturaleza que, en lugar de mantenerse distantes para que ella pudiera gobernarlas, se estaban uniendo en una obsesión colectiva que amenazaba su cordura.