Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 33 —El Impuesto de la Sangre y el Tablero de Despacho

La luz mortecina del amanecer apenas lograba perforar los pesados cortinajes del despacho principal de la Mansión de las Sombras. Sobre la gran mesa de roble, los mapas topográficos de la frontera norte se desplegaban junto a las órdenes de movilización del Ministerio de la Guerra, cuyas esquinas lacradas en negro parecían manchas de sangre seca sobre el pergamino.

​Vesta permanecía sentada en el sillón de respaldo alto, con una pluma de ganso entre los dedos que no había llegado a mojar en el tintero. El cansancio del baile y el desborde erótico del carruaje pesaban en sus párpados, pero su mente funcionaba con la frialdad quirúrgica que la herida de su madre le había enseñado a forjar. A su lado, Caspian revisaba con dedos ágiles una torre de pagarés y presupuestos militares, anotando cifras en los márgenes con una velocidad febril.

​—Es una jugada maestra del Ministerio —declaró Caspian, sin levantar la vista de los números. Su voz, habitualmente melódica, sonaba pastosa por la falta de sueño—. El Mariscal de Campo no necesita anular el Edicta si puede vaciar la casa. Financieramente, movilizar el Regimiento del Acero a las estepas del norte requiere un aval del tesoro que la Casa Thorne ya no puede sostener tras el embargo de ayer. Alguien más está inyectando liquidez en las arcas del ejército para forzar la salida de Alaric. El Tribunal está pagando el impuesto de la sangre para desmantelar nuestra Tríada.

​—No se trata solo de dinero, Aurelian —intervino Alaric desde el umbral de la ventana, donde observaba el patio de armas inferior. El General ya se había enfundado en sus pesadas botas de montar y ajustaba las correas de cuero crudo de su coraza corta. Su perfil, marcado por la cicatriz y la dureza del Hierro, se recortaba contra el cielo plomizo de Legalia—. Mis hombres ya están recibiendo las órdenes de acuartelamiento en los distritos bajos. Si no me presento en la comandancia general antes de que el reloj de la catedral marque las doce, el Tribunal me declarará desertor. Y un esposo desertor significa la confiscación inmediata de todos los bienes de la Matriarca.

​Vesta clavó la pluma en la madera del escritorio, rompiendo la punta con un crujido seco.

​—No vas a ir al norte, Alaric —sentenció, su mirada ámbar fija en el militar—. El Imperio quiere repetir el patrón. Quieren aislarme, desgastar el Hierro en una guerra estéril mientras Caspian se ahoga en auditorías y Dante es confinado de nuevo por el Sagrario bajo sospecha de influjo místico. No permitiré que el Edicta me debilite de la misma forma que destruyó a mi madre.

​Alaric se giró lentamente, su enorme figura bloqueando la escasa claridad de la mañana. Se acercó al escritorio, apoyando sus manos callosas sobre la madera, quedando a pocos centímetros del rostro de Vesta. Los celos posesivos que se habían encendido en el carruaje no se habían enfriado con la noticia de la guerra; al contrario, la inminencia de la separación los volvía más toscos, más desesperados.

​—¿Y cómo piensa detenerme, mi señora? —preguntó Alaric, su voz descendiendo a un tono ronco que hizo vibrar el aire del despacho—. ¿Va a suplicarle al Consejo? ¿Va a usar el dinero del banquero para comprar al Mariscal? Me entrenaron en la Academia para marchar cuando el metal llama. Pero pasar la noche escuchando su rendición... sintiendo su piel bajo mis marcas, para luego tener que dejarla aquí, a merced de las intrigas de Elara y de las sutilezas de estos dos... me arranca el alma del cuerpo. Si me voy, no sé si regresaré a una fortaleza o a un cementerio.

​Caspian levantó la mirada, sus ojos azules gélidos clavándose en los del General con una hostilidad que ya no intentaba camuflar bajo la etiqueta aristocrática.

​—Si se va, General, el Oro de esta casa mantendrá la puerta cerrada, pero no pretenda que guarde su ausencia en la contabilidad —replicó Caspian, arrastrando las palabras con una posesividad afilada—. Detesto su tosquedad, pero reconozco que su acero es el único colateral real que nos protege de los inspectores de Malcor. Si el Ministerio lo aparta de este lecho, el equilibrio que logramos en el trayecto se destruirá. No pasaré los próximos meses financiando una guerra fronteriza mientras el espacio que usted dejó en la cama de Vesta permanece vacío.

​La Red del Alma

​Desde el rincón más oscuro del despacho, donde las sombras de los estantes de libros parecían cobrar vida propia, Dante se deslizó hacia la luz. El místico lucía una túnica gris lavanda gastada, desprovista de las galas de la noche anterior, pero su presencia era más densa, cargada con el magnetismo residual del Éter.

​—El Ministerio no ve los hilos reales —susurró Dante, colocándose detrás del sillón de Vesta, permitiendo que sus dedos largos rozaran los hombros de la Matriarca. Una sutil ráfaga de calor místico se filtró a través de la tela de su corpiño, aliviando la rigidez de su espalda—. La incursión bárbara en el norte es una alucinación inducida. Mis hermanos en el Sagrario del Éter han estado manipulando los informes climáticos y las visiones de los adivinos del Consejo para justificar la marcha del Regimiento. Elara ha pagado un precio muy alto en sangre y magia para forzar esta separación.

​Vesta inclinó la cabeza hacia atrás, sosteniendo la mirada oscura de su tercer esposo.

​—¿Puedes romper su ilusión, Dante? —preguntó.

​—Puedo envenenarla —respondió el místico con una sonrisa triste y peligrosa—. Si Caspian bloquea el suministro de grano y carbón hacia los depósitos del norte, argumentando un retraso en los aranceles, y Alaric retrasa la marcha de sus hombres exigiendo una inspección técnica de las armas, yo puedo sembrar la confusión en las mentes de los estrategas del Ministerio. Haré que vean monstruos en los mapas donde solo hay neblina. Pero necesitamos tiempo, Vesta. Tres días. Tres días en los que el Hierro, el Oro y el Alma deben permanecer encerrados en este palacio, consumiendo el espacio que el Imperio quiere robarnos.




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