Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 34— El Calor de la Clausura

La Mansión de las Sombras se replegó sobre sí misma como un puño de piedra negra bajo el asedio de la tormenta burocrática del Imperio. Las primeras veinticuatro horas del encierro estratégico dictado por Vesta transformaron los pasillos de la residencia en una olla de presión donde el aire parecía cargado de estática. Con el Regimiento del Acero acuartelado en los límites de la propiedad bajo el pretexto de la auditoría de Alaric, y las transferencias del Banco Central congeladas por los decretos financieros de Caspian, el palacio se convirtió en una isla de resistencia.

​Sin embargo, el verdadero peligro de ese encierro no provenía de las misivas urgentes que los mensajeros del Ministerio de la Guerra dejaban en las puertas de hierro, sino de la claustrofobia emocional que se instaló entre los cuatro muros de los aposentos privados.

​A media tarde, Vesta se retiró a los baños termales situados en los sótanos de la mansión, un santuario excavado directamente en la roca viva donde las aguas termales subterráneas brotaban a una temperatura que rozaba lo tolerable. El vapor espeso flotaba bajo las bóvedas de piedra, impregnado con las esencias de eucalipto y menta salvaje que los sirvientes habían arrojado a las piletas para purificar el ambiente.

​Vesta se sumergió hasta los hombros, dejando que el calor del agua gélida y azufrada relajara la rigidez de sus músculos, cansados por las horas pasadas sobre el tablero de despacho. Cerró los ojos, intentando silenciar el eco de la advertencia de Dante sobre el destino de su madre. Pero la quietud duró poco.

​El siseo de la puerta de bronce al abrirse anunció que el aislamiento que buscaba era una ilusión que su Tríada ya no estaba dispuesta a concederle.

​La Invasión del Santuario

​A través de la cortina de vapor, la imponente silueta de Alaric se materializó primero. El General se había despojado de la coraza y la casaca militar; vestía únicamente un pantalón de lino rústico empapado por la humedad del ambiente, dejando al descubierto el mapa de cicatrices de su torso, que brillaba bajo las gotas de condensación. Se sentó en el borde de piedra de la pileta, sumergiendo sus piernas pesadas en el agua con un suspiro ronco.

​—El Ministerio ha enviado tres jinetes de gala —dijo Alaric, su mirada gris clavándose en los ojos de Vesta con una posesividad salvaje—. Exigen mi firma en las hojas de ruta. Mis hombres se están impacientando en los barracones, Vesta. Saben que estamos jugando al borde de la traición. Pero estar encerrado aquí... viéndola ocultarse en el vapor mientras el banquero y el místico vigilan los pasillos, me tiene más tenso que una cuerda de ballesta.

​—El Hierro solo sabe pensar en términos de asedio físico —intervino la voz de Caspian, quien apareció desde la penumbra del ala izquierda de los baños.

​El aristócrata se había desprendido de sus finas camisas; el agua le llegaba a la cintura mientras caminaba por la pileta hacia ellos, con su piel pálida contrastando con la oscuridad del fondo rocoso. Sus movimientos eran lentos, medidos, pero la fijeza de sus ojos azules delataba que la fría lógica del banquero había sido consumida por el veneno de la exclusividad.

​—He bloqueado los créditos de tres de los generales del Ministerio esta mañana —continuó Caspian, deteniéndose a escasos centímetros de Vesta, extendiendo una mano larga para retirar un mechón de cabello húmedo de la frente de la Matriarca—. La Casa Thorne está suplicando por una prórroga que no les daré. Estamos ganando tiempo en los mercados, pero este encierro me está volviendo loco. No puedo revisar un solo documento sin calcular cuántas horas nos quedan antes de que el Imperio use la fuerza para romper esta Tríada. No quiero compartir estos tres días con sus fantasmas, Vesta. Exijo que el Oro sea el que asegure su tranquilidad en esta pileta.

Dante se deslizó desde las sombras del fondo, sumergiéndose en el agua con la fluidez de una criatura acuática. Sus ojos oscuros reflejaban los sutiles destellos violetas que el calor de las termas intensificaba en su magia. Se colocó detrás de Vesta, permitiendo que sus manos largas y pálidas se posaran sobre sus hombros bajo el agua, enviando corrientes de calor místico que se mezclaron con la temperatura de la pileta.

​—Ellos quieren parcelar el tiempo que nos queda, mi reina —susurró Dante directamente en su mente, provocándole un escalofrío que desafió el calor del agua—. Creen que bloqueando ejércitos o cuentas aseguran su lugar. Pero el Éter sabe que el tiempo es una ilusión. Estos tres días no pertenecen al Imperio, ni a las leyes del Edicta. Pertenecen a la carne que se niega a ser separada. Sienta cómo sus latidos se unifican con los nuestros bajo esta roca.

​El Pacto del Vapor

​Vesta sintió el nudo de la posesividad colectiva cerrarse a su alrededor con una intensidad que la dejó sin aliento. Los celos que cada uno arrastraba desde las academias, exacerbados por la amenaza inminente de la movilización militar, estallaron en el agua termal con la fuerza de un volcán subterráneo. Ya no había espacio para la distancia que su estrategia de control exigía; el miedo a perder el territorio conquistado transformó la pileta en una liturgia de sumisión y deseo.

​Caspian la tomó por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo pálido con una urgencia que rompió por completo su decoro aristocrático. Sus besos se volvieron profundos, cargados del sabor salino del agua y de la desesperación de un hombre que sabe que su dinero no puede detener el avance del tiempo. Sus manos recorrieron la espalda desnuda de Vesta, marcando su piel con una presión exigente que demandaba una confesión de exclusividad que ella ya no podía articular.




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