La segunda mañana de la clausura forzada cayó sobre Legalia con el peso de un cielo color plomo que amenazaba con desplomarse sobre las agujas góticas del Consejo. En el interior de la Mansión de las Sombras, el aire ya no olía al eucalipto purificador de los baños termales, sino al metal frío de las armas que el Regimiento del Acero limpiaba en los patios inferiores y al humo espeso de las bujías que se consumían en los escritorios del ala financiera.
Vesta ocupaba el centro del gran salón de recepción, vistiendo un traje de montar de paño oscuro, ceñido con un cinturón de cuero negro del que colgaba el látigo de armas de la Casa Valerius. El encuentro en los sótanos había dejado marcas físicas en su piel, un calor latente que aún le escocía bajo las telas pesadas, pero sus ojos ámbar no mostraban rastro de fatiga. Frente a ella, el gran ventanal gótico ofrecía una panorámica perturbadora: en la avenida exterior, más allá de las rejas de hierro forjado de la mansión, una sección de la Guardia Imperial del Ministerio de la Guerra se había desplegado en formación de bloqueo. Las bayonetas caladas de los soldados brillaban bajo la llovizna fina, y el Capitán de la Guardia sostenía en su mano un segundo decreto con el sello del Mariscal de Campo.
—El Ministerio se ha quedado sin paciencia, mi reina —anunció Caspian, entrando al salón con un fajo de cables financieros recién llegados a través de los mensajeros privados del banco. Su rostro aristocrático acusaba la falta de sueño, con sombras oscuras bajo sus ojos azules, pero su postura mantenía la rigidez de un prestamista que se niega a perder su colateral—. El Mariscal de Campo ha firmado la orden de incautación técnica de los establos y los polvorines de la casa. Si Alaric no rompe el acuartelamiento y se coloca a la cabeza de las tropas antes del mediodía, la Guardia Imperial tiene órdenes de forzar las puertas bajo el cargo de desacato al Imperio.
—Que lo intenten —replicó Alaric, apareciendo por el pasillo lateral con la armadura de combate completa, cuyas placas de hierro pavonado siseaban con cada uno de sus movimientos pesados. Sostenía su casco bajo el brazo y su mirada gris fustigaba el despliegue exterior—. Mis hombres superan en tres a uno a esa sección de la Guardia. Si cruzan esa reja, no será una auditoría, será una masacre en el centro de la capital. Pero mis sargentos están nerviosos, Vesta. El Edicta los crió para obedecer al Ministerio, y ver que su General se atrinchera detrás de las faldas de una Matriarca está empezando a erosionar la disciplina en los barracones.
Vesta caminó hacia el ventanal, apoyando sus manos enguantadas en el alféizar de piedra. Sentía el avance de las piezas del Imperio cerrándose sobre su Tríada. La posesividad colectiva que sus hombres habían consolidado en la alcoba y en el carruaje corría el riesgo de ser aplastada por la fuerza bruta de las instituciones del Estado si no ejecutaban la pinza final de su contraestrategia.
—La fuerza de la Guardia se alimenta del dinero del Consejo, Alaric —dijo Vesta, su voz resonando con una frialdad quirúrgica que cortó la tensión en el salón—. Y el Consejo solo obedece a las Casas que garantizan su supervivencia. Caspian, es el momento de cerrar el mercado. No mañana, no cuando el sol se oculte. Ahora mismo.
Caspian esbozó una sonrisa helada, una expresión que transformaba su belleza aristocrática en algo puramente depredador. Se acercó a la mesa de centro y desplegó el balance final de la Casa Thorne y sus aliados en el Ministerio de la Guerra.
—Las órdenes ya han sido enviadas al Banco Central a través de nuestros canales secundarios —explicó Caspian, ajustando los puños de su casaca con una parsimonia insultante mientras observaba a los soldados exteriores—. He retirado el encaje de oro que la Casa Valerius sostenía en los fondos de reserva del ejército. Al mismo tiempo, ejecuté los pagarés vencidos de las fundiciones del norte que fabrican las municiones para la Guardia Imperial. En este preciso instante, el Ministerio de la Guerra no tiene fondos líquidos para pagar el salario de los soldados que están en nuestra puerta, ni para financiar el carbón que calienta los cuarteles de la capital. La Casa Thorne es oficialmente una ruina, y el Mariscal de Campo descubrirá en los próximos diez minutos que su orden de marcha no tiene el sustento de una sola moneda de oro.
La Niebla del AlmaAntes de que Alaric pudiera celebrar la maniobra financiera, el ambiente del salón de recepción sufrió una mutación drástica. La luz del mediodía que entraba por el ventanal se atenuó hasta convertirse en una penumbra violeta y el olor a ozono y sándalo inundó las fosas nasales de los presentes. Dante emergió de las sombras del fondo del salón, con su túnica negra flotando sutilmente sobre el suelo de mármol. Sus manos largas y pálidas trazaban círculos concéntricos en el aire, arrastrando hilos de energía del Éter que parecían conectarse con el exterior a través de los cristales.
—La ilusión ha alcanzado su punto de maduración, mi reina —susurró Dante, su voz resonando directamente en la conciencia de los tres—. Mis hermanos en el Sagrario han enviado los informes falsos al Consejo de Puristas. El Mariscal de Campo acaba de recibir un mensajero del norte que afirma que la "incursión bárbara" no era más que una masa de neblina provocada por los cambios estacionales de las estepas. No hay enemigos en la frontera. No hay guerra que justifique la salida del Regimiento del Acero. La orden de marcha se ha transformado en un error administrativo que avergonzará al Ministerio ante todo el Imperio.
Vesta observó a través del vidrio empañado cómo el Capitán de la Guardia Imperial en la calle recibía un mensajero a caballo que portaba el sello de cancelación del Consejo. El oficial leyó el pergamino con el rostro descompuesto, miró hacia las ventanas de la Mansión de las Sombras donde la Tríada permanecía unida y, con un gesto de frustración, dio la orden de retirada a sus hombres. Las bayonetas se bajaron y las tropas comenzaron a replegarse a través de la llovizna, dejando la avenida desierta.