Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 36 —El Sello de la Fortaleza

El repliegue de las bayonetas imperiales dejó tras de sí un silencio que no era de paz, sino de conquista. Las rejas de hierro de la Mansión de las Sombras se cerraron con un estrépito definitivo que resonó en todo el patio de armas, aislando el palacio de las intrigas de las Puristas, de los decretos del Ministerio de la Guerra y de los restos malditos del pasado con Rodrigo. El Imperio había sido vencido en el tablero financiero y en el plano del Éter, pero dentro del gran salón de recepción, el aire seguía pesando tanto que resultaba difícil respirar.

​Vesta permanecía junto al ventanal, con la mirada fija en la avenida vacía donde la llovizna borraba las huellas de las botas de la Guardia. Sentía el latido de su propio corazón en los oídos, un ritmo acelerado que no se debía al alivio de la victoria, sino a la certeza de que el verdadero desafío comenzaba en ese mismo instante.

​Se giró lentamente, permitiendo que las faldas pesadas de su traje de montar oscuro sisearan contra el mármol. Sus tres esposos no se habían movido. La unificación forzada que habían mantenido para defender la Casa Valerius ante el asedio institucional comenzaba a mutar, volviendo a convertirse en esa posesividad hambrienta y enfermiza que Legalia les había prohibido sentir desde la infancia, pero que ahora los dominaba por completo.

​—La Guardia se ha retirado —dijo Vesta, forzando una calma aristocrática en su tono, aunque sus dedos apretaban el látigo de armas de cuero con una rigidez delatora—. El Ministerio de la Guerra tardará semanas en rehacer sus balances tras la maniobra de Caspian, y el Sagrario mantendrá el velo sobre la frontera. Hemos protegido el linaje.

​—Hemos protegido nuestro territorio, Vesta —corrigió Caspian, dando un paso al frente. Con un movimiento pausado y cargado de una arrogancia fría, desabotonó por completo su casaca de terciopelo azul noche, dejándola caer al suelo sin importarle el valor de la prenda. Sus ojos azules reflejaban una exigencia implacable—. Mi Oro ha secado las arcas del ejército y ha quebrado a los Thorne en una sola mañana. He puesto el balance de este Imperio en números rojos solo para asegurarme de que el Hierro no fuera arrancado de este palacio y de que nadie pudiera cuestionar mi derecho a estar aquí. No lo hice por los Valerius. Lo hice porque me niego a que el mundo exterior le robe un solo segundo al cobro de mi inversión.

​Alaric soltó un gruñido rústico, despojándose de los guantes de combate de un solo tirón. Caminó hacia ella con la pesadez de una máquina de guerra, su imponente altura proyectando una sombra maciza sobre el cuerpo de la Matriarca. El calor que emanaba de su torso acorazado parecía evaporar la humedad de la llovizna que aún se colaba por los bordes del vidrio.

​—El banquero habla de inversiones porque sus manos solo saben contar monedas —dijo el General, sujetando la mandíbula de Vesta con sus dedos callosos, obligándola a sostenerle la mirada gris—. Mis hombres se quedaron en los barracones desobedeciendo una orden directa del Mariscal solo porque yo se lo ordené. He puesto mi cabeza en la horca del Tribunal de Cuentas por este encierro, Vesta. Nos criaron para ser piezas desechables, para aceptar que otros hombres tocaran a nuestra señora mientras nosotros cuidábamos las fronteras. Pero ver que esos burócratas querían separarme de usted... sentir el miedo de no volver a marcar su piel... me ha demostrado que prefiero ver arder a Legalia entera antes que dar un solo paso atrás. Esta noche, el Hierro exige su recompensa.

​Dante se interpuso entre ellos como una exhalación de ozono y sándalo. Las sombras del salón parecieron estirarse bajo el influjo de su presencia y el destello violeta de sus pupilas se intensificó, envolviendo los tobillos de los cuatro en una neblina mística que vibraba con los latidos unificados de la Tríada.

​—Ellos exigen el precio de sus sacrificios materiales —susurró Dante, su voz resonando no en el salón, sino en los rincones más profundos de la conciencia de Vesta, haciéndola temblar bajo su bata de montar—. Pero el Éter no entiende de monedas ni de leyes de deserción, mi reina. Sienta mi energía... recuerde el juramento que sellamos antes de que las academias nos destrozaran. El Imperio intentó vaciar esta casa porque le teme al poder de un Alma que no se contiene. Esta noche no habrá turnos, ni contratos, ni distancias. Hemos cerrado las puertas del mundo exterior para que usted sea el eje de nuestra propia liturgia.

​La Entrega de la Matriarca

​Vesta sintió que la última capa de su armadura de control se desintegraba ante la presión combinada de los tres hombres. El miedo a terminar como su madre, marchita y destruida por los egos desatados de su propia tríada, seguía latente en el fondo de su mente estratega, pero el deseo salvaje y la devoción posesiva que emanaban de Alaric, Caspian y Dante la arrastraron hacia una marea donde la resistencia ya no era una opción.

​Alaric la tomó en vilo, ignorando la rigidez del traje de montar, y la cargó a través del pasillo interior hacia los aposentos imperiales, donde la gran cama de seda negra esperaba bajo el resplandor de las bujías de éter que Dante encendió con un solo pensamiento. Las pesadas puertas de roble se cerraron tras ellos, sellando el santuario de la Casa Valerius contra cualquier otra realidad.

​Caspian fue el primero en reclamar su carne, desarmando los cierres de cuero de su ropa con una urgencia que contrastaba con su habitual decoro. Sus besos se volvieron demandantes, posesivos, devorando la boca de Vesta mientras sus manos finas recorrían sus caderas, dejando claro que el Oro de la casa exigía una entrega total, sin reservas ni recuerdos del pasado.




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