El amanecer en la Mansión de las Sombras no trajo la luz del sol, sino el repicar fúnebre de las campanas de bronce de la catedral del Gran Tribunal de Cuentas. El sonido, pesado y rítmico, flotaba sobre la neblina ácida de Legalia, filtrándose por las rendijas de los ventanillas góticas como una advertencia de que el Imperio nunca se retiraba del todo; solo tomaba aire para reagrupar sus leyes.
Vesta Valerius se encontraba de pie en el centro de su vestidor imperial, manteniendo la rigidez de una estatua mientras dos de sus sirvientas de confianza ajustaban los cordones de su corsé de cuero endurecido y seda negra. El encuentro de la madrugada había dejado marcas latentes en su cuerpo: la calidez del Hierro en sus muslos, la exigencia del Oro en sus muñecas y el susurro místico del Alma vibrando aún en la base de su cráneo. Pero esa mañana, el placer debía ser sepultado bajo el acero de la diplomacia. Vestía un jubón de gala color ébano, con hombreras rígidas que imitaban la arquitectura militar del norte, y una falda pesada que caía hasta el suelo en pliegues simétricos.
—La Guardia Imperial se retiró ayer, mi señora, pero los oficiales del Ministerio han sido reemplazados por los cuervos de la burocracia —anunció Caspian, entrando al vestidor con una parsimonia que pretendía ocultar la profunda agitación que arrastraba desde el carruaje.
El aristócrata financiero vestía una túnica de seda gris perla, cerrada hasta el mentón con botones de hematita. Sus ojos azules reflejaban una fatiga mental inmensa; pasar las últimas horas manipulando los mercados financieros para quebrar a la Casa Thorne y congelar los suministros del ejército le había exigido cada gramo de su intelecto analítico.
—Un carruaje negro, sin insignias pero escoltado por seis maceros del Gran Tribunal, acaba de cruzar el arco de la entrada —continuó Caspian, cruzando los brazos e inclinándose contra el marco de la puerta—. No vienen a exigir la marcha de Alaric al norte. Vienen a ejecutar el Articulo Cincuenta y Cuatro del Edicta de Sustento: la Inspección de la Balanza Fiel. Alguien en el Consejo de Puristas ha presentado una denuncia formal argumentando que nuestra Tríada padece de "insubordinación colectiva y desvío del diseño estatal". Buscan demostrar que los tres hombres operan bajo un pacto de celos que anula nuestra función económica y militar.
Antes de que Vesta pudiera responder, la figura maciza de Alaric se interpuso en el pasillo. El General portaba su uniforme de gala negro y plata, pero se había negado a colocarse las condecoraciones del Ministerio, un desafío silencioso que los inspectores notarían de inmediato. Su mano enguantada descansaba de forma perenne en el pomo de su pesada espada ceremonial.
—Los maceros del Tribunal han tomado el vestíbulo —gruñó Alaric, y su voz rasgó el silencio del vestidor con la contundencia de un cañonazo—. Tienen órdenes de aislar las alas de la casa. El inspector principal es el Magistrado Malcor, el viejo zorro que me despojó de mis galones en la frontera norte. Sabe cómo interrogar a un soldado, Vesta. Buscará que mi Hierro reaccione con violencia para justificar una orden de ejecución por traición al Imperio.
Dante emergió de las sombras del dosel, con su túnica negra flotando sutilmente sobre el mármol frío. Sus ojos oscuros, habitualmente distantes, mostraban un fulgor violeta muy sutil, una señal de que el Éter estaba alerta.
—Las mentes de los maceros están blindadas con runas de contención del Sagrario —susurró el místico, colocándose al lado de Vesta y permitiendo que sus dedos largos rozaran el encaje de su puño, enviándole una ráfaga de calma gélida—. No puedo nublar sus sentidos como hice con los soldados en la calle. Malcor ha traído adivinos de la corte para medir las corrientes místicas de esta habitación. Saben que estuvimos juntos en este lecho, mi reina. Sienten el residuo de nuestra entrega en el aire. Si uno de nosotros duda ante sus preguntas, la Balanza se inclinará y la Casa Valerius será declarada en cuarentena psicológica.
Vesta respiró hondo, sintiendo el frío de la jaula imperial cerrarse nuevamente sobre ella. El trauma de su madre regresó a su mente con la nitidez de un espejo roto: Aurelia también había sido sometida a la Inspección de la Balanza Fiel el año antes de perder la cordura; sus tres esposos habían comenzado a contradecirse ante los magistrados debido a sus celos desatados, lo que le permitió al Tribunal intervenir la herencia familiar y fragmentar la casa.
—No repetiremos la historia —sentenció Vesta, fijando su mirada ámbar en los tres hombres que la rodeaban—. Nos criaron en un Imperio que cree que los hombres de la Tríada son solo recursos intercambiables. Esta tarde, les demostraremos que las tres fuerzas de esta casa obedecen a una sola voluntad. Caspian, usted responderá por las cuentas; demuestre que el Oro Valerius es más estable que el tesoro imperial. Alaric, mantenga el Hierro bajo control; no responda a las provocaciones de Malcor sobre la frontera. Y tú, Dante, mantén el Alma en silencio; no permitas que los adivinos detecten la marca del pasado. Nos interrogarán por separado, pero nuestra respuesta debe ser una sola: esta Tríada es indestructible.
El Tribunal en el Salón de los Pasos PerdidosEl Salón de los Pasos Perdidos, el espacio más suntuoso y frío de la Mansión de las Sombras, había sido transformado en una extensión del Gran Tribunal de Cuentas. Las grandes mesas de banquete habían sido apartadas para colocar tres sillas de respaldo alto de madera de ébano en el centro, donde Alaric, Caspian y Dante fueron obligados a sentarse, separados por varios metros de distancia y bajo la custodia de los maceros imperiales, cuyas pesadas mazas de hierro descansaban sobre el suelo de mármol con una rigidez amenazante.