El sonido del sello oficial del Gran Tribunal de Cuentas al estamparse sobre el pergamino de absolución resonó en el Salón de los Pasos Perdidos con la contundencia de un veredicto de vida o muerte. El Magistrado Malcor, con el rostro demudado por la frustración y las manos temblorosas bajo la túnica escarlata, guardó sus antiparras de lectura en el estuche de plata. A su lado, los adivinos del Sagrario del Éter ya habían bajado sus varas de cristal, que ahora emitían un resplandor dorado, sereno y puro. La Balanza Fiel se había estabilizado. El Imperio no había encontrado locura, ni disidencia, ni la inestabilidad que destruyó a Lady Aurelia; solo habían hallado una fortaleza inexpugnable construida sobre la devoción absoluta de tres fuerzas que se negaban a ser separadas.
—La inspección ha concluido —pronunció Malcor, y su voz ya no poseía la arrogancia burocrática del inicio, sino el tono amargo de la derrota—. La Tríada Valerius cumple formalmente con los requisitos de estabilidad económica, militar y mística exigidos por el Edicta de Sustento. Se levanta la sesión y se retiran los cargos de insubordinación colectiva.
Los maceros imperiales levantaron sus pesadas armas del suelo de mármol con un siseo metálico, dando un paso atrás para abrir el pasillo de salida. Malcor lanzó una última mirada cargada de resentimiento hacia el trono de ébano donde Vesta permanecía inmóvil, y luego hacia los tres hombres que la flanqueaban como una muralla de carne, oro y espíritu. Sin añadir una sola palabra, la comitiva del Tribunal abandonó el salón, y las pesadas puertas de bronce se cerraron tras ellos con un eco sordo que pareció liberar el aire contenido durante horas.
En el instante en que el palacio quedó en completo silencio, la rigidez aristocrática que había sostenido a Vesta durante todo el interrogatorio se desplomó.
Un sutil pero violento temblor se apoderó de sus manos enguantadas. La pluma de ganso que sostenía cayó sobre el escritorio de caoba, rodando hasta el suelo. Vesta bajó la cabeza, permitiendo que sus cabellos oscuros ocultaran su rostro, mientras las lágrimas que había contenido frente a los jueces comenzaban a rodar por sus mejillas, empapando el encaje oscuro de su jubón de gala. El trauma de su madre, el terror de terminar marchita y fragmentada por los celos de una tríada, y la inmensa carga de tener que gobernar un linaje bajo el asedio del Imperio la habían quebrado por dentro. No era una capitulación ante sus enemigos; era la rendición de una mujer que ya no podía seguir luchando sola contra el mundo.
Antes de que la primera lágrima tocara el suelo, la Tríada se movió al unísono, rompiendo toda la distancia protocolaria que el salón exigía.
La Fragilidad de la ReinaAlaric fue el primero en llegar a su lado. El General se arrodilló frente al trono de ébano, despojándose de sus pesados guantes de combate para rodear las manos temblorosas de Vesta con la calidez de sus palmas callosas. Su rostro duro, marcado por la cicatriz del Hierro, mostraba una ternura tan profunda y ajena a su naturaleza militar que Vesta soltó un sollozo ahogado al mirarlo.
—Se han ido, Vesta —susurró Alaric, y su voz, que solía mandar a miles de hombres en las fronteras del norte, sonó como un arrullo ronco y protector—. Mi escudo se queda aquí. No hay Ministerio, ni Mariscal, ni gárgola en este Imperio que pueda obligarme a dejarla otra vez. Llora si lo necesitas, mi reina, pero no vuelvas a pensar que estás sola en este maldito lecho. El Hierro está enterrado en tu suelo.
Caspian se colocó a su izquierda, dejando caer su habitual máscara de desprecio financiero. Se inclinó sobre el brazo del trono, extendiendo sus dedos largos y pálidos para acariciar con una delicadeza infinita la mejilla húmeda de Vesta, limpiando el rastro de las lágrimas con el borde de su manga de seda gris. Sus ojos azules ya no calculaban aranceles ni deudas; reflejaban un afecto tan puro que la Matriarca sintió que el hielo que aprisionaba su corazón terminaba de agrietarse.
—El Oro de esta casa no es una prisión, Vesta —dijo Caspian, y su tono melódico vibró con una sinceridad que le erizó la piel—. He pasado años creyendo que el matrimonio compartido era solo una transacción de lujo, una forma de limpiar mi apellido. Pero hoy, cuando vi a ese magistrado intentar escudriñar tu mente... comprendí que daría cada moneda de mis arcas, cada propiedad y mi propia libertad solo por asegurarme de que este corazón no sufra el destino de tu madre. Te amo, Vesta. No como el banquero que cuida una inversión, sino como el hombre que ha encontrado su única razón de ser en tus ojos.
Dante se deslizó detrás del trono, y una ráfaga de sándalo y calor místico envolvió los hombros de la Matriarca. Sus manos largas se posaron sobre las sienes de Vesta, enviando oleadas de energía violeta que no buscaban manipular sus pensamientos, sino aliviar el dolor físico de la angustia acumulada.
—El Alma ha encontrado su equilibrio, mi pequeña estrella —susurró Dante directamente en su conciencia, evocando por un milisegundo el recuerdo dulce de cuando tenían dieciséis años en los límites del templo—. Tu madre fue destruida porque sus hombres la querían para ellos solos, para alimentar sus propios egos. Nosotros no queremos poseerte para destruirte; nos entregamos a ti para que seas libre. Siente nuestra energía. No luches más contra nosotros, Vesta. Déjanos ser el hogar que Legalia te negó.
Vesta levantó la mirada, observando a los tres hombres que la rodeaban en el Salón de los Pasos Perdidos. El miedo al Edicta, el terror a la herencia maldita de Aurelia y la desconfianza que había gobernado sus pasos se disolvieron por completo bajo el peso de sus confesiones. Estos hombres no eran los depredadores de su pasado; eran sus esposos, sus protectores, los dueños legítimos de un afecto que ya no podía seguir negando.