La noticia de la concepción dentro de la Mansión de las Sombras se expandió por las arterias de la capital como una mancha de aceite sobre pergamino seco. En las tabernas del Distrito del Azufre y en los reservados de mármol del Club de la Moneda Alta, los murmullos sobre la "Alquimia del Vínculo" amenazaban con opacar las sesiones ordinarias del Gran Consejo. No era un rumor más sobre la alcoba de la nobleza; era la confirmación de una pesadilla política para el ala más conservadora de Legalia. Si la Casa Valerius había logrado engendrar un heredero con la impronta combinada de las tres fuerzas del Edicta, la estructura misma del Imperio corría el riesgo de quedar obsoleta ante un linaje superior.
Tres días después de la revelación de Dante, el Gran Sello del Emperador llegó a la propiedad.
No fue entregado por un lacayo común ni por los maceros del Tribunal de Cuentas. Un carruaje blindado, custodiado por la Guardia del Trono de Cristal —la élite personal del Monarca, vestida con corazas de plata bruñida y capas de terciopelo escarlata—, se detuvo ante la verja principal de la mansión. El emisario, el propio Canciller del Reino, no cruzó el umbral; permaneció en el carruaje mientras su secretario entregaba un pliego de pergamino de piel de cordero, cerrado con la cera dorada que solo la mano del Emperador tenía la autoridad de estampar.
Vesta leía el documento en el gran salón de recepción, de pie frente al ventanal gótico donde la luz de la tarde comenzaba a teñir de bronce las molduras del palacio. Vestía una túnica de gala holgada de seda verde esmeralda, cuya caída ocultaba aún la sutil transformación de su vientre, aunque el calor que emanaba de su cuerpo era ya inequívoco.
—El Emperador exige una audiencia privada —anunció Vesta, y su voz, serena y grave, llenó el silencio del salón—. Quiere que me presente en el Palacio de Cristal en un plazo de cuarenta y ocho horas. El texto apela a una "bendición de linaje", pero la cláusula inferior exige que acuda sin la custodia militar del Regimiento del Acero y sin la presencia mística del Sagrario. Quiere examinar el estado de la Matriarca bajo la supervisión de los sanadores de la corona.
A su lado, Caspian cerró con un chasquido seco el libro de transferencias que sostenía sobre las rodillas. Su casaca de paño oscuro contrastaba con la palidez de su rostro, pero la frialdad de sus ojos azules había mutado en una amenaza sutil.
—El Emperador sabe que su Banco de la Corona está en números rojos tras el embargo de la Casa Thorne —dijo Caspian, levantándose con una elegancia implacable—. Si Vesta cruza las puertas del Palacio de Cristal sin el resguardo de la Tríada, los sanadores imperiales redactarán un informe de "riesgo de gestación". Usarán el pretexto de la salud del heredero para declarar la custodia de la corona sobre el bebé antes de que nazca. Quieren el niño, pero quieren anular el control de la Matriarca.
—Que se atrevan a ponerle una sola mano encima —rugió Alaric desde la chimenea.
El General se encontraba limpiando la hoja de su espada ceremonial con una piedra de afilar. El sonido rítmico del metal contra el grano de la piedra cesó de golpe cuando fijó sus ojos grises en el sello imperial.
—Mis legionarios ya han desplegado una línea de escaramuzadores en los límites del bosque de la mansión —continuó Alaric, dando un paso hacia Vesta, su imponente masa de hierro y musculo proyectando una sombra de protección absoluta—. Si el Canciller cree que vamos a entregar a nuestra señora a los médicos del Monarca, es que ha olvidado cómo huele la pólvora de la frontera. No saldrás de esta casa, Vesta. Si el Emperador quiere ver al heredero de la Tríada, tendrá que marchar con la Guardia de Plata sobre las murallas de este palacio.
Dante emergió del pasillo de los tapices, con la túnica negra flotando sobre el suelo de mármol. Los destellos violetas de sus ojos no eran caóticos; danzaban con una precisión helada que envolvía los tobillos de los cuatro.
—La violencia directa abriría una guerra civil que el mercado aún no puede digerir, Alaric —intervino Dante, colocándose detrás del trono de Vesta, permitiendo que sus dedos largos rozaran los hombros de la Matriarca, enviando una corriente de calma que estabilizó el ritmo de su respiración—. Pero Caspian tiene razón. El Palacio de Cristal es un laberinto de runas antiguas. Si Vesta acude sola, la energía del Éter del bebé podría ser sofocada por los adivinos del Monarca. No obstante, el Edicta de Sustento posee una ley más antigua que el propio trono: la Cláusula de la Sede Inviolable.
Vesta volvió el rostro hacia el místico, sus ojos ámbar brillando con la agudeza de una gobernante que ve abrirse un nuevo espacio en el tablero.
—La Sede Inviolable... —susurró Vesta, recordando los viejos tomos de derecho imperial que estudió en su juventud—. Si una Matriarca encinta reclama la protección de la Sede en su propio territorio, el Emperador no puede exigirla en su palacio; la corona está obligada a trasladar el tribunal a la residencia de la Casa Valerius.
—Exacto, mi reina —afirmó Dante con una sonrisa sutil que prometía el triunfo del Alma—. No iremos al Palacio de Cristal. Obligaremos al Emperador y a su corte a venir a la Mansión de las Sombras. Y cuando crucen nuestro umbral, no encontrarán a una mujer indefensa sometida a tres hombres; verán a una Matriarca respaldada por el Oro que financia su reino, el Hierro que defiende sus fronteras y la magia que sostiene su imperio.