El pergamino en el que Vesta redactó la respuesta oficial a la corona no era el habitual lino blanco utilizado para los asuntos administrativos de la capital. Era pergamino de lino prensado en carbón, marcado en los bordes con pan de oro y sellado no solo con la cera roja de los Valerius, sino con tres marcas adicionales: la impronta del sello de mando de la Legión del Norte, la firma bancaria del Consorcio Central y la runa de protección del Sagrario del Éter.
Cuando el mensajero de la Guardia de Plata recibió el rollo en la verja exterior, el peso del documento era casi simbólico. No llevaba una súplica ni una excusa médica; llevaba una orden legal respaldada por la ley más arcaica de Legalia.
Durante las cuarenta y ocho horas siguientes, la Mansión de las Sombras se transformó en un hervidero de actividad calculada. Caspian no descansó un solo segundo en su despacho del ala oeste. A través de una red de mensajeros privados que entraban y salían bajo la cobertura de la noche, ordenó la retención selectiva de los créditos a los nobles que componían el séquito personal del Monarca. Ningún lord que acompañara al Emperador a la Mansión de las Sombras llegaría con la solvencia intacta; Caspian se aseguró de que cada uno supiera, antes de cruzar la verja, que sus fortunas dependían de la benevolencia del Oro de los Valerius.
Por su parte, Alaric desplegó dos compañías del Regimiento del Acero a lo largo del camino real que conectaba la capital con la propiedad. No colocó los cañones ni las tropas en postura de emboscada, sino en una exhibición impecable de disciplina militar: filas de hombres armados con corazas oscuras, en perfecto silencio, flanqueando el paso del carruaje imperial a modo de honor... y de advertencia implícita. El mensaje era evidente: la guardia privada de la Matriarca no era un grupo de escoltas, era un ejército veterano leal solo a la Tríada.
Dante, mientras tanto, trabajó en el interior del palacio. A lo largo del Gran Salón de los Pasos Perdidos —el espacio donde se recibiría a la comitiva imperial—, el místico trazó con tiza de plata y ceniza de sándalo un entramado de runas de contención a lo largo de los zócalos de mármol. Ninguna magia hostil, ningún artefacto de rastreo místico ni ninguna poción de los sanadores de la corona podría activarse dentro de ese recinto sin que la red del Éter la neutralizara al instante.
Llegada la tarde del tercer día, el cielo sobre Legalia se cubrió de nubes plomizas que amenazaban con una tormenta estival. El carruaje del Emperador —una mole de madera de nogal tallada, recubierta de láminas de oro y tirada por ocho corceles blancos— cruzó los portones de hierro de la Mansión de las Sombras, seguido por una reducida comitiva de seis consejeros de estado y el Canciller del Reino.
Vesta los esperaba no en una posición de sumisión, sino en el trono de roble negro del salón principal, elevado sobre una tarima de tres escalones. Vestía un jubón ajustado de terciopelo borgoña con mangas de brocado de plata, un corte augusto que resaltaba la sobriedad de su postura.
A su derecha, de pie con la mano apoyada en el pomo de su mandoble de campaña, se encontraba Alaric, vistiendo su armadura completa de oficial sin el casco, sus ojos de tormenta fijos en la comitiva. A su izquierda, Caspian, impecable con una casaca de seda azul noche y los anillos de la casa bancaria en los dedos, sostenía una carpeta de cuero con los balances del reino. Y a la espalda de Vesta, un paso por encima de la tarima, Dante permanecía en penumbra, con los destellos violetas de sus ojos brillando suavemente bajo la capucha de su túnica mística.
La puerta doble del salón se abrió de par en par, y los pasos del Emperador resurgieron sobre el mármol.
El Monarca de Legalia, un hombre de unos cincuenta años de mirada acerada y barba recortada con precisión de cirujano, avanzó flanqueado por su Canciller. Su túnica imperial de armiño y oro llamaba la atención por su magnificencia, pero al cruzar el umbral y sentir la densidad del aire en la estancia —cargado del peso del Hierro, el Oro y el Éter—, sus pasos se ralentizaron apenas una fracción de segundo.
—Lady Vesta Valerius —dijo el Emperador, deteniéndose a diez pasos de la tarima, omitiendo el saludo protocolario de reverencia—. Han invocado una cláusula que no se utilizaba en este imperio desde hace más de un siglo. Exigir la presencia del Trono en su propia casa es un gesto que bordea la insubordinación.
Vesta no se levantó. Mantuvo la mirada fija en los ojos del Monarca, con una calma helada que dominó de inmediato el espacio.
—No es insubordinación, Majestad —respondió Vesta, y su voz resonó limpia en las bóvedas del salón—. Es el ejercicio estricto del derecho que el Edicta de Sustento otorga a las Matriarcas de Legalia cuando llevan en su vientre la continuidad de un linaje de Estado. La Casa Valerius no ha faltado a sus impuestos ni a sus compromisos militares. Pero la protección del heredero de la Tríada es una responsabilidad que esta Sede Inviolable no delegará en ningún sanador de la corona.
El Emperador entrecerró los ojos, desviando la mirada por un segundo hacia Alaric, cuya presencia imponía un silencio absoluto, y luego hacia Caspian, quien le sostuvo la mirada con una leve e inexpresiva inclinación de cabeza.
—Los rumores que han llegado al Gran Consejo no hablan de una gestación ordinaria, Vesta —dijo el Emperador, dando un paso hacia adelante, intentando recortar la distancia de autoridad—. Hablan de una anomalía mágica. De una manipulación del Éter que pretende otorgarle a un solo niño la herencia de tres casas nobles. Si han alterado el orden de la naturaleza para consolidar poder, la corona tiene el deber de intervenir.