Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 44: La Asfixia de las Sombras

El invierno comenzó a replegarse sobre las colinas de Legalia, cediendo su lugar a una primavera húmeda que cubría los muros de piedra de la Mansión de las Sombras con musgo fresco y brotes silvestres. Sin embargo, en el interior del palacio, el clima no obedecía a las estaciones del mundo exterior; la atmósfera estaba definida por la calma vigilante de una fortaleza en pie de guerra silenciosa.

​Las órdenes que Vesta había dictado en el estudio privado se ejecutaron con una precisión implacable. En menos de cuarenta y ocho horas, la red comercial de las provincias del sur sufrió un colapso deliberado. Caspian no se limitó a bloquear las líneas de crédito de la Casa Thorne; aplicó una estrategia de estrangulamiento bancario sobre las navieras que transportaban el grano y los minerales desde las costas hacia los mercados de la capital. Cuando los comerciantes intentaron recurrir a los prestamistas menores del Distrito del Azufre, descubrieron que el Consorcio Central de los Valerius ya había comprado el noventa por ciento de sus pagarés, dejando a Lady Elara y a sus aliados sin un solo canal de financiamiento activo.

​Al mismo tiempo, la presencia del Regimiento del Acero en las calles bajas sofocó cualquier intento de insurrección antes de que pudiera consolidarse. Alaric no desplegó tropas de choque ni ordenó arrestos masivos que pudieran llamar la atención del Ministerio de Guerra. En su lugar, distribuyó a sus veteranos más experimentados en puntos clave de los muelles y las herrerías, estableciendo puestos de control disfrazados de inspecciones rutinarias de impuestos. Los agitadores contratados por la nobleza del sur fueron neutralizados en la oscuridad de los callejones, sin ruido, sin juicios públicos y sin dejar rastro que pudiera ser utilizado contra la Matriarca.

​Mientras el mundo exterior se ahogaba en la parálisis económica, el embarazo de Vesta avanzaba hacia su quinto mes.

​La transformación física era ya evidente. La curvatura de su vientre comenzaba a ser notoria bajo las faldas de brocado pesadas, y la luminosidad de su piel se había intensificado. El niño no era una carga para su organismo; al contrario, la energía del Éter que el pequeño irradiaba creaba un campo de protección alrededor de la estancia que hacía que cualquier signo de fatiga desapareciera en cuestión de minutos.

​Una noche de tormenta, mientras el viento golpeaba con fuerza las vidrieras de los aposentos imperiales, Vesta descansaba recostada sobre un diván de terciopelo verde, con un libro de historia antigua abierto sobre las rodillas. A sus pies, sobre la alfombra de piel de lobo, Alaric se encontraba sentado, puliendo las hebillas de cuero de su armadura ligera. A la izquierda del diván, Caspian leía un pliego de correspondencia comercial, sosteniendo una copa de vino que apenas había probado, mientras Dante permanecía de pie junto al ventanal, observando el descenso de la lluvia a través del cristal.

​Caspian dejó la carta sobre la mesa auxiliar y se volvió hacia Vesta. Extendió la mano con una lentitud llena de afecto y posó la palma sobre el vientre de la Matriarca. La calidez que emanaba de la seda de su vestido hizo que el aristócrata sonriera con una suavidad que habría dejado atónitos a los ministros del Banco Central.

​—Lady Elara ha puesto en venta su residencia de verano en la costa —comentó Caspian, y su voz melódica resonó suavemente en la habitación—. Mañana por la mañana, los apoderados del Consorcio Valerius comprarán la propiedad por una tercera parte de su valor real. La Casa Thorne es oficialmente una ruina, Vesta. No tienen fondos ni para pagar a los sirvientes de su palacio en la capital.

​Vesta cubrió la mano de Caspian con la suya, sintiendo la presión afectuosa de sus dedos.

​—Se lo advirtió el Consejo el día de la gala —respondió Vesta, mirando al banquero con unos ojos ámbar que reflejaban una paz profunda—. Intentaron usar el pasado de mi madre para destruir nuestro linaje, y ahora no tienen un solo rincón en este imperio donde esconder su fracaso.

​Alaric levantó la mirada, dejando a un lado las tiras de cuero que limpiaba. Su mano grande y llena de cicatrices se posó al lado de la de Caspian, cubriendo la parte inferior del vientre de Vesta con una firmeza protectora.

​—Mis hombres interceptaron esta tarde a tres mensajeros que intentaban salir de la ciudad hacia las provincias del sur —añadió el General, y su voz grave vibró con una satisfacción contenida—. Llevaban cartas firmadas por los lores de la frontera pidiendo una tregua a la Casa Valerius. Tienen miedo, Vesta. Saben que si el Regimiento del Acero marcha hacia el sur con el respaldo del dinero de Caspian, no quedará un solo castillo en pie que pueda oponernos resistencia.

​Dante se alejó del ventanal y caminó en silencio hacia ellos. La túnica negra del místico fluía sin hacer ruido sobre la alfombra, y el brillo violeta de sus ojos se reflejaba en la penumbra de la estancia. Se arrodilló al lado de Alaric y colocó su mano sobre el vientre de Vesta, completando la figura del triángulo místico alrededor de la Matriarca.

​En el instante en que los tres hombres mantuvieron el contacto físico sobre el cuerpo de Vesta, una vibración suave de luz dorada y violeta brotó de la piel de la joven. El bebé dentro de su vientre respondió al estímulo, dando un leve pero claro movimiento que hizo que Caspian contuviera el aliento y Alaric apretara los dientes para frenar una emoción que le llenó los ojos de humedad.

​—El niño los siente —susurró Dante, con una devoción reverencial—. Siente la fuerza del Hierro que lo defiende, la inteligencia del Oro que construye su imperio y la conexión del Alma que protege su espíritu. Este hijo no crecerá en la sombra de los celos que destruyeron a sus antepasados. Crecerá en el centro de una fortaleza insuperable.




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