Legalia: El Edicta de los tres esposos.

CAPÍTULO 45—La Noche de las Cuatro Aguas

El invierno regresó a Legalia con una ferocidad que los ancianos del Distrito del Azufre no recordaban desde hacía medio siglo. Una tormenta de nieve espesa y helada descendió desde las cumbres del norte, sepultando las agujas góticas de la capital bajo un sudario blanco y congelando las aguas del río subterráneo. En las calles, el tráfico de carruajes se detuvo por completo; ni siquiera la Guardia Imperial se atrevía a patrullar bajo el viento cortante que aullaba en los callejones.

​Pero en el interior de la Mansión de las Sombras, la tormenta del mundo exterior no era más que un murmullo distante.

​Los aposentos imperiales de la Matriarca se encontraban caldeados por el fuego incesante de dos chimeneas de piedra tallada. El aire olía a aceite de sésamo, a hojas de lavanda seca y al aroma profundo a sándalo que emanaba de las bujías de éter. Las pesadas cortinas de terciopelo borgoña aislaban el ventanal principal, transformando la enorme alcoba en un santuario dorado de protección y calor.

​Había llegado el momento.

​Vesta permanecía sobre la gran cama de seda negra, reclinada entre montones de cojines de pluma. Su rostro, bañado por el sudor de las primeras contracciones, lucía una pálida majestad. Las telas de su túnica blanca de lino fino se amoldaban a la pronunciada curva de su vientre, donde la pulsación de la energía del Éter se había vuelto tan intensa que filamentos de luz dorada y violeta traspasaban la tela, iluminando los pliegues de las sábanas con un resplandor místico.

​A diferencia de las parturientas nobles de la corte, que eran rodeadas por docenas de matronas y médicos imperiales que evaluaban el proceso como una cuestión de Estado, Vesta había expulsado a todo el personal externo. En la habitación solo se encontraban las tres fuerzas que habían engendrado la vida en su interior.

Alaric permanecía arrodillado en el lado derecho de la cama. El General se había despojado de toda su armadura; vestía únicamente una camisa de lino rústico con las mangas arremangadas hasta los codos. Sus manos enormes, acostumbradas a empuñar el acero en el barro de las fronteras, sostenían la mano derecha de Vesta con una delicadeza extrema, midiendo cada uno de sus movimientos para ofrecerle un punto de apoyo inquebrantable cada vez que una nueva ola de dolor recorría el cuerpo de la Matriarca.

​—Respire, mi reina —murmuraba Alaric, con su voz grave y rasposa resonando cerca de la oreja de Vesta—. Sostenga mi mano con toda la fuerza que necesite. El Hierro está aquí. No la dejaré caer.

​A la izquierda, Caspian permanecía sentado en el borde del colchón. El aristócrata financiero se había quitado la casaca de seda azul y los anillos de la casa bancaria. Con un paño de lino humedecido en agua de rosas, limpiaba con extrema ternura la frente y las sienes de Vesta, retirando los mechones de cabello oscuro que se le adherían a la piel húmeda. Sus ojos azules, habitualmente fríos y calculadores, reflejaban una devoción tan pura que no necesitaba palabras para confortarla.

​—Todo está preparado en el palacio, Vesta —susurró Caspian, besando los nudillos de la mano izquierda de la joven—. Las arcas están selladas, las puertas están aseguradas y el mundo exterior ha quedado afuera. Solamente concéntrese en este momento. Mi Oro y mi vida son suyos.

​En la cabecera de la cama, Dante trabajaba en el plano espiritual. El místico mantenía sus palmas extendidas a pocos centímetros de la cabeza y el vientre de Vesta. Los destellos violetas de sus ojos brillaban con una intensidad hipnótica, y una neblina de energía mística fluía desde sus dedos hacia el cuerpo de la Matriarca, actuando como un anestésico natural que suavizaba el impacto de las contracciones y mantenía los canales del Éter alineados.

​—El niño está listo para cruzar el umbral —anunció Dante, y su voz sonó con una resonancia ancestral que pareció calmar el aullido del viento fuera de la mansión—. La Alquimia del Vínculo ha completado su ciclo. Sienta cómo nuestras tres energías se entrelazan para guiar la salida de nuestro hijo, Vesta. No luche contra el impulso; déjelo fluir.

​Vesta apretó los dedos de Alaric y Caspian al mismo tiempo, dejando escapar un gemido hondo que resonó en las bóvedas de la alcoba. La presión en su vientre alcanzó su punto máximo cuando una ráfaga de luz dorada y violeta iluminó la estancia por completo, borrando por un instante las sombras de la habitación.

​La Matriarca se arqueó sobre la seda, guiada por el ritmo del Éter y el sostén físico de sus esposos. Un último esfuerzo, sostenido por la fuerza del Hierro, la claridad del Oro y el amparo del Alma, rompió la tensión de la noche.

​El llanto claro, fuerte y lleno de vida de un recién nacido rompió el silencio de los aposentos imperiales.

​Dante recibió al pequeño en sus manos limpias envolviéndolo de inmediato en una manta de lana blanca bordada con el escudo de los Valerius. El llanto del bebé cesó casi de inmediato al sentir la cercanía del calor místico de su padre.

​Alaric se inclinó hacia adelante, apoyando su frente contra la de Vesta, dejando escapar un largo suspiro tembloroso mientras las lágrimas surcaban la cicatriz de su pómulo. Caspian sonrió con una emoción que le empañó los ojos azules, apretando la mano de Vesta contra su pecho.

​Dante se acercó y depositó con cuidado al recién nacido sobre el pecho al descubierto de Vesta.




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