Un mes después de la noche de la tormenta, la nieve de la capital se había derretido por completo, dando paso a una primavera brillante que cubría las colinas de Legalia con un sol cálido y despejado. La Mansión de las Sombras abrió sus pesados portones de hierro forjado no por una orden del Ministerio de Guerra ni por un requerimiento del Tribunal de Cuentas, sino por decisión absoluta de la Matriarca.
El Gran Salón de los Pasos Perdidos había sido acondicionado para recibir a la nobleza de la capital. Los estandartes de la Casa Valerius —el cuervo sobre el fondo de plata y azabache— colgaban de las galerías superiores, flanqueados por las banderas del Regimiento del Acero y los blasones de las casas financieras asociadas al Consorcio Central.
Los lores del Gran Consejo, los magistrados de las provincias y los diplomáticos del Trono de Cristal asistieron vestidos con sus mejores galas. Ninguno de ellos se atrevió a faltar a la convocatoria; la parálisis económica que Caspian había ejecutado sobre las familias rivales y el despliegue militar que Alaric mantenía en las rutas de la ciudad habían dejado claro que ignorar a los Valerius equivalía al aislamiento político y financiero en el reino.
En el centro del salón, sobre la tarima de roble negro elevada a tres escalones, la Tríada esperaba la entrada de la comitiva.
Vesta ocupaba el trono principal. Vestía una túnica de corte imperial en seda color borgoña con bordados en hilo de oro que se amoldaban con elegancia a su figura recuperada. Su rostro lucía una serenidad absoluta, desprovista de la frialdad defensiva del pasado; la luz de sus ojos ámbar reflejaba la autoridad de una gobernante que sabía que su posición era inalcanzable.
A su derecha, Alaric lucía el uniforme de gala del Regimiento del Acero, con la capa de piel de lobo negro sobre el hombro y la empuñadura de su espada ceremonial reluciendo bajo la luz de las arañas de cristal. A su izquierda, Caspian, impecable en una casaca de terciopelo azul noche con los sellos del Consorcio Central en los puños, sostenía la carpeta con los nuevos acuerdos comerciales del reino. Y a la espalda de Vesta, Dante permanecía en su posición de guardián místico, con la túnica negra flotando suavemente y una serenidad violeta en la mirada.
En los brazos de Vesta, envuelto en una mantilla de lino blanco bordada con hilo de plata, el pequeño descansaba plácidamente.
El Gran Canciller del Reino avanzó por el pasillo central de mármol, seguido por los representantes de las familias nobles más antiguas. Al llegar ante la tarima, el Canciller se detuvo y realizó una inclinación de cabeza profunda y respetuosa, un gesto que jamás se había otorgado a una Matriarca sin la presencia directa del Monarca.
—Lady Vesta Valerius —anunció el Canciller, y su voz resonó limpia en todo el salón—. El Gran Consejo de Legalia y las familias nobles aquí congregadas acuden para atestiguar la continuidad de su linaje. Exigimos el registro formal del nombre del heredero de la Sede Inviolable.
Vesta miró a su hijo y luego levantó la mirada hacia la multitud de lores que esperaban en silencio.
—El heredero de la Casa Valerius no requiere la aprobación de este Consejo para validar su legitimidad —declaró Vesta, su voz llenando cada rincón de la estancia con una firmeza impecable—. Este niño lleva la sangre, el vigor militar y la luz mística de los tres hombres que gobiernan a mi lado. Su nombre es Valerian Ironwood Aurelian Valerius, Heredero del Vínculo Perfecto.
Un murmullo de asombro y respeto recorrió las filas de los nobles.
Caspian dio un paso al frente sobre la tarima y desplegó un documento oficial.
—Para conocimiento de las casas comerciales y del Tesoro Imperial —intervino Caspian con voz clara y cortante—, el Consorcio Central asigna a partir de este momento el cincuenta por ciento de los activos del Banco de la Capital al fondo de protección del heredero. Cualquier intento de alterar los derechos de este linaje significará la cancelación inmediata de la moneda en circulación en las provincias.
Alaric apoyó la mano en el pomo de su espada, dando un paso adelante que hizo que los oficiales de la guardia imperial en la retaguardia dieran un paso atrás de forma instintiva.
—Y para conocimiento del Ministerio de Guerra —añadió Alaric con su tono grave y firme—, el Regimiento del Acero ha jurado lealtad personal al Heredero del Vínculo. La frontera norte y la seguridad de esta capital responden únicamente a la orden de esta Sede.
Dante permitió que una ráfaga suave de energía violeta recorriera el ambiente del salón, una demostración mística sutil que selló las palabras de Alaric con el testimonio del Éter.
El Canciller miró a los lores del Consejo, quienes inclinaron la cabeza uno a uno en señal de aceptación absoluta. No había espacio para la duda, ni para las denuncias del Tribunal de Cuentas, ni para las intrigas del pasado. La Casa Valerius había dejado de ser una dinastía bajo sospecha para convertirse en el verdadero centro de poder de Legalia.
Vesta miró a sus tres esposos —al hombre de hierro que la defendía con la vida, al aristócrata que había puesto el comercio a sus pies y al místico que velaba por su espíritu— y supo que la historia de su madre había quedado enterrada para siempre. La jaula del Edicta se había transformado en un imperio propio, y junto a su Tríada y su hijo, gobernaría el futuro de Legalia sin volver a inclinarse ante nadie.