Legalia: El Edicta de los tres esposos.

CAPÍTULO 47—La Consolidación del Dominio

Las semanas posteriores a la presentación formal de Valerian convirtieron a la Mansión de las Sombras en el verdadero corazón administrativo de Legalia. La corte del Palacio de Cristal quedó relegada a un papel puramente ceremonial; los embajadores de las provincias del sur, los diplomáticos de los reinos vecinos y los directores de los gremios comerciales ya no solicitaban audiencias con el Canciller del Monarca, sino que enviaban sus peticiones directamente a los secretarios de la Casa Valerius.

​En el ala oeste del palacio, los despachos habían sido reorganizados para permitir una gestión unificada. La mesa de nogal del salón principal ya no contenía mapas de defensa contra ataques del Imperio, sino los registros de las nuevas rutas comerciales que unían las minas del norte con los puertos del sur, bajo la supervisión directa de la Tríada.

​Una mañana de sol radiante, Vesta caminaba por los jardines privados del palacio llevando al pequeño Valerian en sus brazos. El niño, que crecía con una vitalidad asombrosa alimentada por el calor del Éter, observaba las flores de jazmín con unos ojos vivos que combinaban la intensidad gris de Alaric, el matiz azulado de Caspian y el brillo sutil de Dante.

​A pocos pasos de ella, Caspian la acompañaba vistiendo una casaca ligera de lino blanco. Sostenía en la mano un pliego de pergamino con el sello del Consorcio Central, pero su atención estaba completamente fija en la tranquilidad de la Matriarca y de su hijo.

​—Los consejeros del Emperador han firmado esta mañana el nuevo tratado de aranceles —comentó Caspian, ajustando las mangas de su camisa—. La corona ha aceptado la condonación de la deuda a cambio de ceder el control definitivo de las aduanas del norte a la Casa Valerius. Jurídicamente, Vesta, el Imperio ya no tiene potestad para auditar las finanzas de nuestro linaje.

​Vesta se detuvo junto a una fuente de mármol, acunando suavemente al bebé contra su pecho.

​—El Emperador ha comprendido que su única opción para mantener la corona es aceptar nuestra coexistencia, Caspian —respondió Vesta, mirando al aristócrata con una sonrisa pausada—. Intentaron aislarnos usando las leyes del Edicta, y ahora son esas mismas leyes las que garantizan nuestro dominio absoluto sobre la capital.

Alaric se unió a ellos desde el sendero del vivero, vestía su túnica militar de diario sin la coraza pesada, mostrando la soltura de un hombre que se sentía completamente seguro dentro de sus propios dominios. Se acercó a Vesta y inclinó su imponente figura para rozar con la comisura de sus labios la frente del pequeño Valerian, quien dejó escapar una risa suave al sentir la barba recortada del General.

​—Mis capitanes han completado el relevo de la guardia en las puertas de la ciudad —anunció Alaric, rodeando la cintura de Vesta con su brazo enorme—. El Regimiento del Acero controla ahora las torres de vigilancia principales. Si algún lord de la antigua facción de las Puristas intenta organizar una resistencia en las sombras, mis hombres sabrán neutralizarlo antes de que pueda reunir a diez seguidores.

Dante surgió de la penumbra de los arcos del jardín, con la túnica negra flotando suavemente sobre el césped. Los hilos de luz violeta que habitualmente lo rodeaban se mantenían en un flujo sereno, entrelazándose de forma sutil con el aura del bebé.

​—El equilibrio místico del palacio es inquebrantable —añadió Dante, colocándose al lado de Caspian—. Los adivinos del Sagrario han reconocido la autoridad de Valerian como el receptáculo legítimo del Éter. No hay grietas en nuestra barrera, mi reina. La paz de esta casa es ahora la paz de todo el reino.

​Vesta contempló a sus tres esposos reunidos en la calma de los jardines. La angustia que durante años había moldeado sus pasos, el temor a repetir el trágico destino de su madre y la desconfianza hacia la estructura del matrimonio compartido habían desaparecido por completo. El Hierro, el Oro y el Alma se habían fusionado en un escudo indestructible que no solo garantizaba la supervivencia de su linaje, sino que había reescrito el destino político de Legalia.

​Caspian le tomó la mano libre, Alaric apretó su abrazo protector alrededor de sus hombros y Dante cubrió la espalda de la Matriarca con un aura de serenidad mística. En el centro de ese abrazo colectivo, Vesta supo que su historia ya no pertenecía a las sombras del pasado, sino a la gloria de un nuevo comienzo




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