La Catedral de los Siete Decretos, el epicentro litúrgico donde durante siglos se habían ratificado los contratos matrimoniales más severos del Edicta de Sustento, amaneció flanqueada por una doble hilera de estandartes de seda negra y plata. El viento gélido de finales de otoño soplaba desde las cumbres del norte, haciendo ondear las insignias del cuervo de los Valerius por encima de las águilas doradas del viejo Imperio.
Desde las primeras horas de la madrugada, las gradas de piedra caliza de la plaza mayor estaban abarrotadas. No solo habían acudido los señores de la corte y los magistrados del Gran Tribunal de Cuentas; miles de artesanos, herreros del Distrito del Azufre y campesinos de las provincias meridionales se apiñaban tras las vallas de contención custodiadas por el Regimiento del Acero. Los soldados de Alaric no portaban armas desenfundadas ni escudos de choque; vestían sus corazas de gala pulidas y mantenían una formación inmóvil, transmitiendo una seguridad que la ciudad no experimentaba desde hacía generaciones.
En el interior de la nave central de la catedral, el aroma a incienso de cedro y resina de mirra se mezclaba con el frío de las losas sepulcrales de mármol. Los vitrales góticos, restaurados tras años de desidia institucional, proyectaban haces de luz violeta, carmesí y cobalto sobre el pasillo central, donde se habían dispuesto los asientos para los representantes de las siete provincias.
Vesta Valerius ocupaba el estrado de honor situado a la derecha del altar mayor. A sus treinta y ocho años, su presencia seguía imponiendo un silencio absoluto entre los asistentes. Vestía una túnica de corte imperial confeccionada en terciopelo azul noche, con mangas acuchilladas forradas en brocado de plata y un cuello alto rígido que enmarcaba su perfil sereno. En su regazo, sus manos enguantadas en seda descansaban con la quietud de quien ha aprendido a dominar cada pulso de su cuerpo.
A su derecha, Alaric Ironwood permanecía de pie con las piernas ligeramente abiertas y la mano enguantada apoyada sobre el pomo de su pesada espada ceremonial. Su cabello oscuro, veteado ahora de hebras grises en las sienes, no restaba un ápice a la presencia intimidante de su figura. La cicatriz de su mejilla izquierda, lejos de afear su rostro, servía como un recordatorio visible para todos los oficiales presentes de que el mando militar del reino no residía en los despachos del Ministerio, sino en el hombre que había defendido las fronteras con su propia sangre.
A la izquierda de Vesta, Caspian Aurelian revisaba con discreción los últimos pliegos notariales de la transición de poder. Su casaca de paño fino gris perla, adornada con botones de hematita y el sello de oro del Consorcio Central en el pecho, denotaba la sobriedad calculadora que había asfixiado las finanzas de las casas rivales. Caspian no necesitaba alzar la voz; su sola presencia en el estrado recordaba a los nobles del sur que cada acre de tierra y cada barco mercante en sus puertos dependían de las líneas de crédito abiertas por su mano.
Y un paso por detrás del trono de Vesta, casi fundido con la sombra de las columnas góticas, Dante Silvanis mantenía los ojos entrecerrados. Una vibración sutil de energía violeta recorría los bordes de su túnica negra, actuando como un manto imperceptible que purificaba el aire de la catedral, disolviendo cualquier residuo de magia hostil que los antiguos adivinos del Sagrario hubieran intentado ocultar en las criptas.
El sonido hueco de tres golpes de báculo sobre el suelo de piedra anunció la entrada de la procesión principal.
El viejo Emperador de Legalia avanzó por la nave central con pasos lentos y pesados. Ya no vestía el manto de armiño ni la corona de siete puntas; sobre sus hombros descansaba únicamente una capa corta de lana oscura, desprovista de insignias reales. A su lado, el Gran Canciller del Reino sostenía un cojín de terciopelo escarlata donde reposaba la Corona del Vínculo Supremo, forjada en una aleación única de hierro del norte, oro refinado y una gema central de amatista pura extraída de los yacimientos del Éter.
Detrás de ellos, con paso firme y la barbilla en alto, caminaba Valerian.
A sus dieciocho años, el heredero de la Casa Valerius atraía todas las miradas del recinto sagrado. Su complexión física combinaba la imponente anchura de hombros y la solidez muscular de Alaric con la elegancia innata y los rasgos aristocráticos de Caspian. Su cabello, negro y ligeramente ondulado, caía sobre un cuello despejado, y sus ojos —de un matiz gris pizarra con destellos azulados y un fondo violeta— recorrían la asamblea con la templanza de un gobernante que no teme el juicio de sus súbditos.
Al llegar al pie del altar, Valerian no se arrodilló ante el viejo Monarca ni ante el Canciller. Se detuvo en el centro del círculo de runas trazado en el suelo y volvió la mirada hacia el estrado donde su madre y sus tres padres lo observaban.
El Gran Canciller tomó el pergamino de abdicación con manos temblorosas y carraspeó antes de leer en voz alta:
—Por decreto del Gran Consejo de Legalia, y en conformidad con las leyes ancestrales previas a la instauración del Edicta de Sustento, se hace constar ante los señores de las siete provincias que el linaje de la Corona cede la soberanía total e indivisible a Valerian Ironwood Aurelian Valerius, reconocido por la asamblea como el Heredero del Vínculo Perfecto. A partir de este instante, el poder militar, el tesoro público y la custodia del Éter quedan unificados bajo una sola voluntad.