Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 53 (Epílogo) —La Primera Reina de la Nueva Era

Tres primaveras después de la gran coronación en la Catedral de Ébano, las reformas impulsadas por el joven Emperador habían florecido en cada rincón del reino. La disolución del Edicta de Sustento permitió que las familias nobles reorganizaran sus patrimonios sin la intervención del Estado, mientras que la apertura de los caminos del norte impulsada por el Regimiento del Acero y el Consorcio Central convirtió a Legalia en el centro mercantil más próspero del continente.

​En los salones del Palacio Imperial, la atmósfera ya no estaba cargada de la opresión burocrática del viejo régimen. Valerian gobernaba con una combinación formidable de disciplina militar, prudencia económica y sensibilidad hacia las corrientes del Éter. A sus veintiún años, su figura inspiraba respeto y admiración en igual medida; los embajadores extranjeros elogiaban su capacidad para resolver litigios territoriales con una sola audiencia, y el pueblo del Distrito del Azufre lo reconocía como el soberano que había garantizado salarios justos y protección en las fundiciones.

​Sin embargo, a pesar de la estabilidad del imperio, una interrogante persistía en los círculos de la corte: el destino del corazón del nuevo Monarca.

​Durante tres siglos, cada gobernante de Legalia había estado obligado a desposar a tres cónyuges para balancear las fuerzas del linaje. Pero Valerian llevaba en su sangre la totalidad del Hierro, el Oro y el Alma. No necesitaba complementar su poder; su sola presencia representaba la plenitud. Los lores del Consejo presentaban listas interminables de candidatas aristocráticas, intentando forzar alianzas tradicionales, pero el joven soberano había rechazado cada propuesta con una cortesía tajante que no admitía réplicas.

​Una tarde despejada de primavera, Valerian decidió recorrer a caballo los límites del Bosque de los Sauces Blancos, una vasta reserva natural situada entre las colinas de la capital y las tierras agrícolas del este. Iba acompañado únicamente por una pequeña escolta de cuatro legionarios veteranos, vistiendo una túnica de cuero ligero y una capa corta gris, lejos de los ropajes ceremoniales del trono.

​Al llegar a un claro atravesado por un arroyo de aguas cristalinas, el sonido de una conversación tranquila llamó su atención.

​Junto a la orilla, una joven de cabellos castaños claros recogidos en una trenza sencilla y ojos de un verde profundo examinaba con cuidado unos brotes de plantas medicinales raras que crecían entre las piedras húmedas. Vestía un traje de viaje confeccionado en lino verde musgo, con un bolso de cuero terciado al hombro donde guardaba pergaminos botánicos y frascos de cristal. No llevaba joyas ostentosas ni criados a su alrededor, pero la rectitud de su porte y la serenidad de sus movimientos delataban una cuna noble y un intelecto educado.

​Se trataba de Elira Vane, la hija menor de una antigua familia de naturalistas y custodios de los bosques del este, una casa que durante décadas se había mantenido al margen de las intrigas corruptas de la corte imperial.

​Cuando el caballo de Valerian pisó la grava de la orilla, Elira levantó la mirada. Al reconocer los rasgos del joven Emperador —la estatura imponente, la mirada penetrante de matiz gris y azul, y la marca sutil del Éter en su presencia—, no mostró el pánico ni la sumisión exagerada de los nobles de la capital. Se puso de pie con tranquilidad, limpió con delicadeza la tierra de sus guantes de cuero y realizó una reverencia respetuosa y pausada.

​—Majestad —saludó con una voz clara y serena—. No esperaba encontrar a la guardia imperial en esta sección del bosque.

​Valerian desmontó con soltura, haciendo un gesto a sus escoltas para que mantuvieran la distancia junto a los árboles. Caminó hacia la orilla del arroyo, observando los frascos y las notas botánicas que descansaban sobre una roca plana.

​—Estaba inspeccionando los canales de riego que conectan el río con las granjas del valle —respondió Valerian, con un tono calmado que buscaba disipar cualquier tensión—. Veo que conoce bien las propiedades de la raíz de luna. Los boticarios de la capital suelen tardar semanas en identificarla en este estado de floración.

​Elira sonrió levemente, sosteniendo la mirada del Emperador con una franqueza desarmante.

​—Los boticarios de la capital suelen buscar el beneficio rápido en los mercados, Majestad. Mi familia estudia estas tierras para comprender cómo sanar el suelo después de las heladas del invierno. La tierra no responde a los decretos; responde al cuidado y al conocimiento.

​Valerian sintió un impacto inmediato ante sus palabras. No había adulación en su tono, ni el cálculo interesado de las damas de la corte que buscaban posicionar a sus familias en el trono. Había inteligencia, independencia de criterio y una calma que resonó de inmediato con la parte más profunda de su ser. Por primera vez en su vida, el joven que había nacido con el peso de tres linajes sobre sus hombros encontró a alguien que lo miraba simplemente como a un hombre.

​Durante más de una hora, el Emperador y la joven naturalista caminaron a lo largo del arroyo, conversando sobre la geografía de las provincias, la restauración de las tierras del este y el futuro de un reino que apenas comenzaba a respirar en libertad. Valerian descubrió en ella una mente brillante y un espíritu indomable que no temía cuestionar sus ideas, mientras que Elira vio en el soberano la humildad y la determinación de un líder que anteponía el bienestar de su pueblo a cualquier ambición personal.




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