Legalmente ciegos

Capitulo 3: El Maravilloso Incidente del Café

El bufete Quinn & Asociados despertó aquella mañana con la energía caótica de un lunes disfrazado de martes. Los pasantes corrían con expedientes, las impresoras escupían hojas sin piedad, y alguien en la oficina de contabilidad ya lloraba en silencio.

Entre todo ese ruido, Charlotte Beaumont avanzaba con paso decidido, su café en mano y una carpeta gruesa bajo el brazo. Vestía una blusa blanca de seda y una falda lápiz color vino que combinaba con su tono de labios: firme, elegante y peligrosamente encantadora.

Tenía esa belleza que no era solo física -aunque lo era, demasiado- sino magnética. Su mirada podía ser dulce o letal según el caso. Y esa mañana, emanaba una mezcla de concentración y furia contenida.

-Buenos días, Charlotte -dijo Harper Lin, la interna más joven, mientras tecleaba frenéticamente-. Le traje los documentos del caso Delgado.
-Gracias, Harper. Y por favor, recuerda: si ves a Jeshua, dile que no toque mis expedientes. Ni mis clips. Ni mi café.
-Anotado -dijo Harper, aunque sabía que eso era como pedirle al sol que no saliera.

Porque si algo había quedado claro desde la semana pasada, era que Jeshua Torres y Charlotte Beaumont no podían coexistir sin discutir, mirarse demasiado, o ambas cosas a la vez.

Y justo en ese momento, como si el universo disfrutara del drama, Jeshua apareció en el pasillo.

Camisa celeste arremangada, chaleco gris oscuro, mangas que dejaban ver sus antebrazos -lo que, según Harper, era "un crimen visual perfectamente legal"-. Su cabello negro, ligeramente despeinado, y esa sombra de barba de dos días lo hacían ver peligrosamente relajado.

-Beaumont -saludó con una media sonrisa-. Llegas tarde.
-Y tú sigues siendo insoportable. Veo que nada cambia.
-Depende de la perspectiva -replicó él, inclinándose apenas hacia ella-. Algunos dicen que soy encantador.
-¿Encantador? -Charlotte arqueó una ceja-. Eso explicaría por qué las impresoras te odian.

Harper carraspeó.
-Yo solo... me voy... a imprimir algo en otro continente.

Charlotte se dio vuelta para entrar a su oficina, pero el destino tenía otros planes. Al girar, chocó directamente con Jeshua, y su café -su amado, caliente, caro café- voló por el aire en cámara lenta antes de aterrizar sobre la camisa celeste del abogado.

El silencio fue inmediato.

Charlotte abrió los ojos con horror.
-¡Ay no! ¡Mi café!
Jeshua bajó la vista.
-¿Tu café? Me lo acabas de lanzar encima.
-Bueno, si te hubieras movido...
-Si no caminaras como si el pasillo fuera una pasarela, esto no habría pasado.

Harper, desde la distancia, susurró:
-Esto es arte.

Charlotte intentó limpiarle el pecho con una servilleta, pero al hacerlo notó algo que la descolocó por completo: Jeshua estaba muy cerca. Demasiado cerca. Y aunque su camisa estaba manchada, su perfume seguía intacto, ese aroma cálido a cedro y vainilla que le desordenaba el pensamiento.

-Déjame ayudarte -murmuró sin pensarlo.
-Tranquila, puedo hacerlo yo.
-No seas ridículo, fue mi culpa.
-Exacto, y eso me preocupa más.

Ella lo fulminó con la mirada, pero su mano seguía en su pecho. Por un segundo, todo se detuvo. El bullicio del bufete, los pasos, los teléfonos. Solo estaban ellos, en ese momento suspendido entre enojo y algo más.

Hasta que una voz interrumpió la tensión:

-¡Jeshua! -llamó Leo Vidal, entrando con su sonrisa luminosa y un café nuevo en mano-. Te traje otro, por si el destino te jugaba una mala pasada.

Charlotte se separó de golpe, fingiendo interés en sus papeles.
-Qué considerado, Leo.
-Siempre a tus órdenes, Charlotte -respondió él, guiñándole un ojo-. Si me dejas, también puedo salvar tu día.

Jeshua lo observó con frialdad, ajustándose la camisa.
-¿Tú siempre apareces en el momento más inoportuno o es un talento natural?
-Una mezcla de ambos -respondió Leo, aún sonriendo.

En ese instante, Vanessa Moreau pasó junto a ellos, con su perfume francés y una carpeta bajo el brazo.
-Oh là là, Jesh... Veo que el café no era solo para beber.
Charlotte apretó los dientes.
-Lo siento, Vanessa. El accidente fue involuntario.
-Claro, querida. Los accidentes... siempre lo son.

Vanessa se alejó con una sonrisa que decía "te estoy vigilando".

Charlotte, molesta, se cruzó de brazos.
-¿Sabes qué? Me largo a trabajar antes de arrojarte algo más caliente.
-Gracias por la advertencia -dijo Jeshua, sonriendo con esa calma que la exasperaba-. Pero la próxima vez, usa espresso. Mancha menos.

Ella bufó y se marchó, dejando tras de sí el aroma a café y frustración.

Leo la siguió con la mirada, divertido.
-Esa mujer podría incendiar Roma con solo hablar.
-Sí -dijo Jeshua, con un tono más bajo de lo normal-. Y yo sería el idiota que se quedaría a mirar.

Harper, desde su escritorio, escribió en su tablet:

Capítulo 3: El café fue solo una excusa. Lo que realmente se derramó fue la cordura.

Esa tarde, el bufete tuvo reunión general. La sala estaba llena: Lena Quinn presidía la mesa, con Jeshua, Charlotte, Leo, Vanessa y los demás alrededor.

-Bien -anunció Lena-, para el caso Delgado necesitaremos equipos mixtos. Beaumont, trabajarás con Torres.

Charlotte levantó la vista.
-¿Perdón?
-Ya me oíste. Quiero resultados, no competencia.

Jeshua sonrió.
-De acuerdo, jefa. Prometo no lanzarle más café encima.
-Y yo prometo no demandarlo -replicó Charlotte.

Todos rieron, excepto Leo, que no le quitó la mirada a Charlotte. Y Vanessa, que no le quitó la mirada a Jeshua.

Harper volvió a anotar:

La batalla está servida. El amor, el ego y el café son las armas.

Mientras todos salían de la sala, Charlotte y Jeshua cruzaron una última mirada.
No decían nada, pero sus ojos lo gritaban todo.



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En el texto hay: romance, leyes, romance lento y profundo

Editado: 17.06.2026

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