El Aeropuerto de Heathrow tenía ese aire elegante y hostil al mismo tiempo, como si incluso las paredes juzgaran silenciosamente a quienes caminaban por ahí.
Charlotte Beaumont avanzaba con paso firme, arrastrando su maleta como si fuera un arma de defensa personal. Estaba cansada, desubicada y atrapada en otro continente con el hombre que más se esforzaba por sacarla de quicio.
Perfecto.
Jeshua Torres caminaba a su lado, demasiado relajado para alguien que acababa de cruzar el Atlántico.
-Londres te queda bien -comentó, observándola de reojo.
Charlotte ni siquiera giró la cabeza.
-Todavía no ha tenido tiempo de decepcionarme -respondió-. No cantes victoria.
En migración, el oficial tomó ambos pasaportes y los examinó con lentitud exagerada.
-Motivo del viaje.
-Trabajo -dijeron al mismo tiempo.
Charlotte frunció el ceño. Jeshua sonrió apenas.
-¿Viajan juntos? -preguntó el oficial.
-No por elección -respondió Charlotte.
-Por obligación profesional -añadió Jeshua.
El hombre los miró con detenimiento.
-¿Pareja?
Charlotte abrió la boca de inmediato.
-No.
-Colegas -corrigió Jeshua-. Únicamente colegas.
Silencio. El sello golpeó el pasaporte.
-Bienvenidos al Reino Unido.
Unos pasos atrás, Harper Lin ya susurraba con entusiasmo en su grabadora:
Nuevo país.
Misma tensión.
Negación nivel internacional.
El taxi negro avanzó entre calles mojadas, luces reflejadas y un silencio espeso que no tenía nada de cómodo.
Charlotte miraba por la ventana, enfocándose en cualquier cosa que no fuera el reflejo de Jeshua en el vidrio.
-¿Siempre ignoras a la gente o es algo personal conmigo? -preguntó él.
-Solo ignoro a quienes hablan demasiado después de un vuelo largo.
-Vaya. Y yo que pensaba que estabas feliz de compartir experiencia internacional conmigo.
-Torres, si hablas un minuto más, voy a considerar pedirle al chofer que me deje rodar del auto.
Él soltó una risa baja.
El taxi frenó de golpe.
Charlotte perdió el equilibrio y, sin tiempo para reaccionar, apoyó la mano sobre el muslo de Jeshua.
El contacto fue breve.
Pero devastador.
Ambos se quedaron completamente quietos.
Charlotte retiró la mano de inmediato, como si se hubiera quemado.
-No fue intencional -dijo, demasiado rápido.
-Nunca dije que lo fuera -respondió él, con voz tranquila-. Tranquila.
Pero sus miradas se encontraron por un segundo más largo de lo necesario.
Demasiado largo.
El hotel parecía sacado de una postal: elegante, silencioso y peligrosamente íntimo.
Charlotte ya estaba agotada cuando escuchó las palabras malditas.
-Tenemos un pequeño inconveniente...
-Claro que lo tienen -murmuró ella.
-Solo contamos con una suite disponible.
Charlotte respiró hondo.
-¿Cuántas camas?
-Una.
Silencio absoluto.
Charlotte giró lentamente hacia Jeshua.
-Ni se te ocurra decir algo estúpido.
-No iba a-
-Ni una palabra.
Harper pasó detrás de ellos rumbo al ascensor, sin levantar la vista del celular.
Confirmado: el universo quiere que estos dos se maten... o se besen. Todavía no sé cuál.
La suite era amplia.
Demasiado.
La cama estaba justo al centro. Demasiado visible.
Charlotte dejó su maleta con brusquedad.
-Necesitamos reglas -dijo.
-De acuerdo.
-No tocar.
-Aceptado.
-No invadir espacios personales.
-Lógico.
-No comentarios insinuantes.
-Eso va a ser difícil.
Charlotte lo fulminó con la mirada.
-Dije reglas, no chistes.
-Estoy siendo completamente serio.
Ella cruzó los brazos.
-Dormiré de este lado. Tú del otro.
-Perfecto.
-Y no intentes nada raro.
-Beaumont, si intentara algo raro, ya lo sabrías.
Charlotte fue al baño, cerró la puerta y apoyó las manos en el lavabo.
Esto es temporal.
Esto es trabajo.
No pasa nada.
Cuando salió, Jeshua estaba sin corbata, acomodando su maleta. Nada indebido. Nada fuera de lugar.
Aun así, su presencia llenaba la habitación.
-¿Siempre ocupas tanto espacio? -preguntó ella.
-Solo cuando alguien intenta ignorarme con demasiada intensidad.
La noche cayó lentamente sobre Londres. La lluvia golpeaba el ventanal.
Charlotte se acostó en su extremo de la cama, rígida, mirando al techo.
Jeshua hizo lo mismo, respetando la distancia acordada.
Silencio.
-Torres -dijo ella al fin.
-Beaumont.
-Esto no cambia nada.
-Coincido.
Pero ninguno de los dos dormía.
Porque odiarse nunca había sido tan incómodo.
Y tan peligroso.
En otra habitación del hotel, Harper cerró su laptop con una sonrisa.
Mini-blog de Harper:
Capítulo 6 terminado.
Cero besos. Cien por ciento tensión. El slow burn está oficialmente encendido.