Legalmente mío #1

Capítulo 8

Capítulo 8:

❝Invitación❞

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ஜAshley Olsenஜ

Ya estaba por salir cuando su voz me detuvo.

—Cambio de planes.

Me giré despacio, todavía con la puerta abierta, sin entender muy bien a qué se refería. Christian estaba de pie detrás de mí, más cerca de lo que esperaba, con esa calma suya que a veces parecía calculada y otras simplemente… peligrosa para mi concentración.

—¿Qué? —pregunté, genuinamente confundida.

No respondió de inmediato. Dio un paso más, lo justo para que yo sintiera la presencia de su cuerpo sin que llegara a tocarme. Instintivamente retrocedí medio paso y mi espalda rozó la madera de la puerta. No fue algo buscado, ni teatral, pero el espacio entre nosotros se redujo lo suficiente como para hacerme consciente de cada detalle: su altura, su perfume, el leve fruncir de sus cejas mientras pensaba qué decir.

—Vamos a almorzar —dijo al fin—. Tú y yo.

Parpadeé. Una vez. Dos.

No supe qué decir al principio. No porque no tuviera palabras, sino porque ninguna parecía encajar con lo que estaba pasando. Sentí cómo el desconcierto se mezclaba con una incomodidad suave, extraña, de esas que no sabes si te ponen en alerta o simplemente te sacan de tu eje.

—No puedo —respondí al fin—. Estoy trabajando y eso… no creo que sea correcto.

—Solo será un almuerzo.

El tono fue firme, pero no autoritario. Aun así, algo en su postura, en la forma en que no se apartaba de la puerta, me hizo alzar el mentón. Y me ví aceptando sin decirlo explícitamente:

—Tengo que avisarle a Jennie.

—Soy tu jefe.

Lo miré con una ceja alzada.

—Eres el hijo de mi jefe.

—El hijo, el jefe… da igual —replicó, encogiéndose apenas de hombros—. Estarás conmigo a fin de cuentas.

Ahí lo sentí. No fue arrogancia abierta, fue algo más sutil, pero igual de evidente.

—Jennie es mi supervisora directa —le dije, sin perder la calma—. Y Diego Teixeira es mi jefe. No tú.

Se quedó callado.

Por primera vez desde que lo conocía, no tuvo una respuesta inmediata. Solo me sostuvo la mirada durante un segundo largo, demasiado largo, antes de apartarse para dejarme pasar.

No dijo nada más, pero su gesto sí.

Caminé hasta el puesto de secretaría. La empresa estaba casi vacía; era hora de almuerzo y muchos empleados ya se habían ido. Jennie estaba concentrada frente a la pantalla, tecleando con rapidez, ajena a todo lo que no fuera su trabajo. Dudé un segundo, pero al verla tan absorta, seguí caminando sin interrumpirla.

Salimos del edificio.

La cafetería frente a la empresa era sencilla, con mesas de madera clara y un aroma constante a comida recién hecha. Nos sentamos junto a la ventana. Pedimos el menú del día: él, pollo a la plancha con verduras; yo, pasta con salsa ligera. Agua para ambos.

El silencio que se instaló no fue incómodo, pero sí expectante. Como si ambos estuviéramos midiendo hasta dónde podía llegar una conversación sin cruzar una línea invisible.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo entonces.

Asentí, apoyando el antebrazo en la mesa.

—¿Cómo terminaste en ese puesto?

La pregunta no sonó condescendiente ni inquisitiva. Fue simple, directa, nacida de una curiosidad genuina. Aun así, me tomé unos segundos antes de responder.

—Cuando terminé la carrera busqué trabajo de lo mío —expliqué—. Pero nadie quería contratar a una recién graduada. Aquí ofrecían mejores condiciones y… —me encogí de hombros— atravesaba una situación un tanto difícil en ese momento.

No entré en detalles. No porque me diera vergüenza, sino porque no le debía una explicación completa. Él pareció entenderlo.

Asintió despacio, respetando ese límite sin necesidad de palabras.

—¿Y nunca pensaste en irte?

—Al principio sí —admití—. Luego dejé de hacerlo.

El camarero trajo los platos, rompiendo la quietud con el sonido de los cubiertos. Comimos un par de minutos en silencio, hasta que decidí devolverle la pregunta.

—¿Y tú? —lo miré con una leve sonrisa—. El “Golden Brain de São Paulo”.

La reacción fue inmediata.

Soltó una risa corta, abierta, que le relajó los hombros y le cambió por completo el gesto. No fue una sonrisa de compromiso ni una de esas que se usan en entrevistas. Fue real. Tan real que me quedé observándola más de la cuenta, siguiendo inconscientemente la curva de sus labios, la forma en que se le marcaban las mejillas.

Me obligué a volver al presente cuando habló.

—Odio ese apodo —dijo—, pero supongo que ya no puedo escapar de él.

Me habló entonces de “Teixeira Tech Solutions”, una empresa fundada por él hace cuatro años, dedicada al desarrollo de software empresarial, soluciones de ciberseguridad y plataformas tecnológicas adaptadas a grandes marcas internacionales. Me habló sin grandilocuencia, como quien cuenta algo que forma parte de su vida, no como quien presume un logro. Explicó cómo el mundo del modelaje nunca le interesó del todo, salvo por la parte técnica, la infraestructura que lo sostenía desde detrás. Cómo estudió administración mientras se formaba en ingeniería informática. Cómo, con apoyo de su familia, empezó desde abajo, equivocándose más veces de las que admitiría en público.

—Supongo que siempre fuiste la excepción —comenté, refiriéndome a lo de preferir su pasión antes que el modelaje y el manejo de este.

—Supongo —respondió—. Pero no llegué solo, tuve mucho apoyo.

—Eso es lo que importa.

El almuerzo continuó con comentarios más sueltos. Hablamos del trabajo, del departamento de marketing, de los documentos que había llevado esa mañana. Me sorprendí a mí misma explicando procesos, defendiendo ideas, notando cómo él escuchaba de verdad, sin interrumpir, sin subestimar. No era una conversación profunda, pero sí distinta a todo lo que había tenido con él hasta entonces.

Y, sin darme cuenta, la tensión inicial y esa niebla que me obstruía la mente, se fue disipando hasta el punto de extinguirse. Estaba relajada. Lo admito.




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