Capítulo 9:
❝Nostalgia❞
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ஜAshley Olsenஜ
—Hola. —Intenté sonreír y que sonara natural, aunque sentía los nervios burbujeando en el pecho.
—¡Ay, mi niña! —Mi madre me abrazó con fuerza, y sus mejillas se rozaron contra las mías en un gesto que me hizo sonreír. La quiero mucho… sobre todo cuando no me está apretando como si fuera a romperme los huesos.
—Yo también te extrañé, mamá. —Rodé los ojos, juguetona, aunque con cariño.
—Sólo llamas una vez a la semana y casi nunca vienes a visitarme. —Alzó una ceja, con esa mezcla de reproche y afecto que siempre me desarma.
—He estado ocupada con el trabajo… —dije con un hilo de voz.
—Siempre hay excusas, Ashley. —Su tono era firme, pero no hiriente. Sabía que no podía argumentar demasiado, y asentí en silencio.
Llegué por la noche a Marbella, y mi corazón latía más rápido de lo normal. No era que no quisiera verlos; al contrario, siempre me sentía feliz al volver a casa. Pero sabía que tarde o temprano vendría la inevitable pregunta: “¿Por qué sorpresa vienes?”.
—No son excusas. —Intenté reafirmarlo, aunque sabía que mi madre lo escuchaba de otra manera.
Por suerte, antes de subir al coche, mi hermano Asher apareció corriendo, con esa sonrisa traviesa que no había cambiado en años.
—¡Ashley! —Me abrazó sin avisar y terminé entre risas mientras me incorporaba para no caerme sobre la acera.
—¡Cuidado, estás sudado! —le reproché suavemente, mientras él soltaba una risa nerviosa.
—Estaba en el gimnasio. —Encogió los hombros, indiferente a mi queja.
—Ustedes dos… —Mi madre me lanzó una mirada que mezclaba diversión y reproche.
Nos acompañó a la casa, y mientras cargaba la maleta hacia mi antigua habitación, sentí una punzada de nostalgia. Todo estaba casi igual: los pósters, los muebles, incluso ese aroma familiar que parecía detenido en el tiempo.
—¿Estás lista? —Asher deja la maleta recostada a la cama y me observa con diversión.
—¿Para qué? —Pregunto sentándome en el borde de la cama, aún con la nostalgia del aroma familiar flotando en el aire.
—Ya sabes —Suelta una risita—, para el interrogatorio de… ¡Soraya Olsen!
—¡Te escuché, niño! ¡Para ti soy «mamá»! ¿Entiendes? ¡Mamá! —Le grita ella desde la cocina, y no puedo evitar reírme ante su manera de controlar todo desde allí.
—¡También te amo, mamá! —Le gritó de vuelta mientras nos reímos.
—Decirle que vine a verla nada más no se lo creerá, siempre aviso antes de venir.
—¿Entonces por qué viniste?
—La verdad es que no… no sé cómo se lo tomará —murmuro, ignorando su pregunta.
—¿Qué cosa? —Me mira con la curiosidad pintada en la cara, inclinándose un poco hacia mí.
Intento responder, pero justo en ese momento la voz de mamá interrumpe desde la cocina:
—¡A la mesa, chicos!
—Vamos. —Me levanto y agarro su brazo, para arrastrarlo hacia el comedor.
Mientras cenamos, charlamos animadamente sin tocar temas como el motivo por el que vine. Estoy segura que tras pasar el último bocado, sin importarle la digestión a mi madre, me preguntará. Sabe que algo pasa, y no quiere luchar contra la ansiedad que le produce la incertidumbre, por eso aguantará hasta la última cucharada. La conozco.
Le pregunto a Asher como le va con su amigo y el proyecto ese que tenían, recuerdo que días antes de la fiesta de fundación se quedó en mi apartamento porque la reunión que tendría con los inversionistas para ese proyecto, era cerca de allí.
Mamá me cuenta un poco sobre sus días aquí en Marbella, sus amistades, chismes, y los pequeños trabajos que hace junto a Margarita en la floristería.
Tanto mi hermano como yo le hemos dicho que no tiene que preocuparse por trabajar. Mi salario es bueno y suficiente —a pesar de estar en un cargo bastante bajo—; me alcanza para enviarle una parte y la otra la alterno entre los gastos compartidos del apartamento con mis amigos, además de darme algún capricho de vez en cuando. A Asher le va bien, a pesar de que no tiene un trabajo fijo, siempre anda haciendo algo —legal, por supuesto— que le genera ingresos y también ayuda a mamá, más que viven juntos. De hecho, le gustaría trabajar de lo que estudió, pero le pasó cómo a mí que nadie quería a un recién graduado sin experiencia para contratar. Y aunque el tiempo ha pasado, no ha vuelto a intentar trabajar lo que estudió. Ahora anda con ese proyecto con su amigo, y todo parece ir marchando viento en popa.
Como decía, a mi madre no le hace falta trabajar para mantenerse porque sus hijos, nosotros, muy gustosos nos encargamos de eso; de que se sienta cómoda, que no le falte nunca las tres comidas del día, de que tenga un lugar donde dormir —y mucho amor, pero no hablo de eso ahora—. Pero entiendo su necesidad de sentirse útil y despejar la mente, de interactuar con el mundo de otras maneras.
Ella solo quiere vivir su vida normal, aprovechar la segunda oportunidad que la vida le regaló cuando en ese examen el resultado dió negativo y su doctor afirmó que podría volver a casa definitivamente, solo mantener su chequeo programado de por vida, para gestionar y cuidar su salud.
Por eso aceptó el ofrecimiento de Margarita, la vecina, de ayudarla algunos días en las mañanas y otros en las tardes en la floristería. Al final de la jornada, aunque se niega alegando que nada más está ayudando con mucho gusto y es solo para matar el rato, Margarita tan amable y bondadosa le paga por las horas trabajadas.
En el presente, mamá se ríe abiertamente de un chiste malo de Asher, y sonrío instintivamente.
Me agrada verla reír, que tenga esa expresión relajada en su rostro, y por un momento siento una punzada en mi pecho haciendo que me replantee desde el día en que ví la oferta de trabajo en la empresa Teixeira. Aunque la distancia entre ciudades no nos ha alejado como familia, me siento un poquito culpable por tomar esa decisión que me llevó a dónde estoy hoy: rentada en un piso compartido con mis dos mejores amigos, trabajando en una empresa que me paga un sueldo bastante decente y viviendo en la capital.
Editado: 20.02.2026