Legalmente mío #1

Capítulo 12

Capítulo 12:

❝El broche❞

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ஜAshley Olsenஜ

—Entonces, ¿quién será la afortunada? ¿Quién es la mujer que ha conquistado al soltero más codiciado del país?

La voz de la periodista taladra la sala mientras su imagen aparece en la pantalla, seguida de un collage de fotografías de Christian en eventos, galas, portadas de revistas. El titular en la parte inferior no deja lugar a dudas: "EMPRESARIO CRISTHIAN TEIXEIRA CONTRAERÁ MATRIMONIO".

Verónica alarga el brazo y apaga el televisor antes de que puedan mostrar una sola foto mía. Menos mal. Porque si mi cara apareciera ahí, con mi nombre debajo, creo que saldría corriendo y no pararía hasta perderme en algún lugar donde nadie me conociera.

—¿Y bien? —Mi amiga me observa con las cejas arqueadas, esperando.

—¿Y bien qué?

—Que llevas diez minutos mirando la tele apagada. ¿En qué piensas?

En que mi vida dio un vuelco y aún no sé si podré enderezarlo.

—En nada —miento, pasándome una mano por el rostro—. En todo.

Verónica resopla con esa mezcla de exasperación y cariño que solo una amiga de años puede permitirse. Se levanta del sillón, camina hacia la cocina y regresa con dos tazas humeantes. Me coloca una en las manos y el calor del café me devuelve al presente.

—Toma. Café cargado, como te gusta.

—Gracias.

El silencio se instala entre nosotras, pero no es incómodo. Es de esos que permiten pensar. Y yo necesito pensar. O más bien, necesito dejar de pensar, porque mi cabeza no para desde anoche.

—¿Sabes qué es lo peor? —digo al fin, sosteniendo la taza sin beber—. Que esto va a estar en todas partes. En redes, en revistas, en programas de chismes. Van a investigar quién soy, de dónde vengo, van a hablar de mi familia, de mi madre...

—¿Y eso te preocupa?

—¿A ti no te preocuparía?

Verónica se encoge de hombros.

—Yo no voy a casarme con un millonario.

—Ni yo debería.

Esa frase queda flotando en el aire. Verónica da un sorbo a su café y me mira fijamente.

—Oye, Ash, ahora que estamos solas... ¿Por qué aceptaste? De verdad, quiero entenderlo.

Bajo la mirada. La pregunta que todos se harán, la que yo misma me hago desde que esas palabras salieron de mi boca en el hospital.

—No lo sé —susurro.

—Vamos, tienes que saber algo.

—Quiero creer que fue por mi madre —digo, y noto cómo mi voz tiembla apenas—. Christian se ofreció a pagar el tratamiento, los cuidados, todo. Y yo no podía... no podía verla así otra vez y sentir que no hacía nada. Que dejaba pasar la oportunidad de darle lo que necesita por orgullo o por miedo.

Verónica asiente despacio, procesando.

—¿Y esa es la única razón?

La miro. Me conoce demasiado.

—¿Qué quieres que te diga, Vero? —Dejo la taza sobre la mesa y me recojo el cabello con ambas manos, como si eso pudiera ordenar también mis ideas—. Que no me pregunté si había otras razones porque no podía permitírmelo. Que me da miedo pensar demasiado porque quizá descubra que sí, que hay algo más, y entonces todo será más complicado. Que Christian me miró anoche, en el hospital, y por un segundo...

—¿Por un segundo, qué?

Niego con la cabeza.

—No importa.

—Claro que importa.

—Importa, pero no puedo analizarlo ahora. No con mi madre enferma, no con una boda que ni siquiera sé cuándo será.

—Ah, eso —Verónica se reclina en el sillón—. ¿No han hablado de fechas?

—Quedamos en que nos veríamos para detallar. Con todo lo de mamá, no hemos tenido ni un momento.

—¿Y cuándo será eso?

—No lo sé. Supongo que pronto. Hoy, mañana... Christian dijo que me avisaría.

—Vaya —murmura—. Así que tu boda podría ser en una semana y ni lo sabrías.

—No me lo recuerdes.

Un escalofrío recorre mi espalda al pensarlo. Casarme. Esa palabra sigue sonando irreal, como si perteneciera a la vida de otra persona y yo solo estuviera ocupando su lugar temporalmente.

Verónica parece querer añadir algo, pero se detiene al ver mi expresión. En lugar de eso, cambia de tema con la naturalidad que solo una amiga de verdad tiene.

—¿A qué hora viene la enfermera?

Miro el reloj en la pared antes de responderle que para la tarde. Christian no solo se encargó de los gastos del hospital de mi madre, también consiguió darle comodidad a mi madre para que recibiera tratamiento aquí en casa, con la condición de que —Dios no lo permita— si empeoraba habría que ingresar al hospital. Mamá estuvo sumamente agradecida y terca, al igual que nosotros, y aunque le parecía extraño que de la nada nos ayudara tanto no dijo nada al respecto. Soraya Olsen se limitó a hacernos caso por una vez en su vida y se dejó tratar en casa; Verónica se encarga de su tratamiento cuando está de descanso y cuando no, la enfermera que Christian también incluyó en el paquete «ayudar a la futura suegra» se ocupa del resto del tiempo.

—¿Le vas a contar lo de Christian?

—Tengo que hacerlo, ¿no? —Me encojo de hombros, derrotada—. Ya es bastante difícil ocultarle que estuvo en el hospital, que pagó todo. Si además voy a casarme y no le digo nada... No, tengo que hablar con ella.

Suspiro.

—Ojalá lo tome bien. Ojalá no le afecte la presión, porque el médico dijo que debe evitar sobresaltos.

Verónica asiente, comprensiva.

—Bueno, ahí me irás contando. Mientras, voy a la cocina a terminar de preparar el almuerzo antes de que Benja vuelva del trabajo —mira el reloj en la pared—. Asher se demora mucho con las compras y no me dará tiempo echarle lo que le mandé a buscar.

—Es un poco lento, pero te lo traerá.

Se ríe.

—Pasaré a verla —añado, levantándome—. Quiero asegurarme de que está cómoda.

—Vale. Si necesitas algo, me pegas un grito.

Sonrío débilmente y camino hacia el pasillo. Escucho de fondo cómo Verónica se mueve entre ollas y sartenes, y por un instante agradezco que vivamos juntas aquí, con Benja.




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