Capítulo 15:
❝Una boda y dos boletos❞
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ஜAshley Olsenஜ
—Llegan tarde.
Alice nos recibe en la puerta de la iglesia con los brazos cruzados y una sonrisa que parece ser de alivio. Se acerca hasta el vehículo y el chofer baja la ventanilla.
Llevamos diez minutos de retraso, aunque se siente menos.
—Había tráfico.
—Ya —Alice resopla bajando sus brazos y hace un gesto para que nos bajemos—. Venga, que el novio por poco y termina trepando las paredes.
Alzo una ceja, sorprendida y mi hermano se ríe antes de quitarse el cinturón de seguridad y bajarse del auto. Alice se aparta mientras me quito la seguridad y suspiro profundamente.
Cuando me bajo con la ayuda de mi hermano, puedo ver que a nuestro alrededor, los periodistas controlados por seguridad se agitan como un enjambre contenido, las cámaras apuntando desde la distancia, los flashes contados. No pueden acercarse, eso lo tengo claro. Pero igual siento la presión en la nuca mientras avanzo hacia la entrada de la iglesia y los dejo atrás; el peso de todas esas miradas que mañana —probablemente desde ya— escribirán sobre mí sin conocerme.
Bienvenida al mundo de los Teixeira.
El interior de la iglesia es un suspiro contenido. Blanco y violeta, mi color favorito, en cada rincón: las flores de los bancos, los lazos de las sillas, los pétalos que decoran el pasillo. La luz entra por los vitrales y tiñe todo de tonos cálidos, como si el edificio también estuviera esperando.
Empieza a sonar la melodía que he escuchado en muchas bodas ajenas, y que nunca imaginé que sonaría para mí. Pero suena, y es real. O debería serlo.
—¿Lista, capullita? —pregunta Asher a mi lado.
—Supongo —respondo, y él me ofrece el brazo.
Caminamos. Los bancos están llenos de caras conocidas, caras que he aprendido a reconocer en estas semanas a través de revistas. En los primeros asientos estaban los padres de Christian junto a mi madre, detrás estaban Emanuel y Benjamín junto a una señora que nos miraba con bastante emoción. Verónica siendo mi madrina de boda estaba junto al hermano de Christian, quien hace de su padrino. Y Priscila sostenía el pequeño cojín violeta bordado por encajes blancos con los anillos encima. Aparte de ellos habían algunos pocos invitados más, esos que reconocí como socios de Christian de Brasil, junto a sus esposas.
También estaba Alice por alguna emergencia con el vestido y además la invitamos, es una mujer agradable. Los periodistas se quedan fuera, Christian me lo notificó ayer en la noche y lo agradecí. No me sentiría cómoda con ellos aquí dentro. La única cámara que nos captura en cada toma es la de un empleado de la agencia Teixeira, para que quede de recuerdo.
No sé por qué, si al final nada de esto es real. Pensarlo escuece la herida invisible qué hay dentro de mí. ¿Por qué la tengo? ¿Por qué la niego? ¿Por qué no puedo notarla?
Y luego está él.
Christian.
De espaldas al principio, hablando algo con el cura, con la postura rígida de quien intenta parecer relajado; lo sé porque yo hacía igual, es algo que todos al menos una vez hacemos en nuestras vidas.
Hasta que se gira y nuestras miradas se encuentran. Por un segundo, solo uno, todo lo demás desaparece.
No pienso en el contrato. No pienso en las dudas. No pienso en lo que vendrá después. Solo lo veo a él con su traje impecable, unos gemelos que brillan bajo la luz natural que se cuela por las ventanas y la tenue ilumina del interior, la mandíbula tensa, los ojos clavados en mí como si no hubiera más nadie que nosotros dos.
Puedo equivocarme, pero esa idea no la sacaré fácil de mi mente. Porque yo… yo me siento de la misma forma cuando me mira.
El altar está a unos pasos. La alfombra violeta amortigua mis pisadas, el ramo tiembla un poco entre mis dedos, y de fondo, la melodía sigue sonando, envolviéndolo todo, haciéndolo más grande, más real.
Cuando llego, Asher me suelta. Me entrega a Christian con una mirada de advertencia, acompañado por unas palabras. Christian, por su lado, cuando mi hermano se acerca a los asientos junto a mi amigo, extiende su mano hacia mí.
No dudo en tomarla, por más nerviosa que esté. Solo que antes de dejarla sobre la suya, discretamente seco el sudor en la tela del vestido. La suerte es que no se ensució la tela; Alice me mataría. El suave tirón de su mano, nos hace quedar lo bastante cerca como para sentir nuestras respiraciones volviéndose una.
—Hola —murmura, solo para mí.
—Hola —respondo.
La ceremonia comienza cuando el cura abre el libro. No escucho cada palabra. Algunas sí: amor, respeto, fidelidad. Otras se pierden en el zumbido de mis propios pensamientos, en el latido que siento en las sienes, en el calor de la mano de Christian sobre la mía. Solo vuelvo cuando él habla.
—Acepto.
—Ashley Olsen —el cura se dirige a mí—. ¿Acepta usted, como legítimo esposo, a Christian Teixeira para cuidarlo, respetarlo y amarlo en la salud y en la enfermedad, en las buenas y en las malas, hasta que la muerte los separe?
El silencio se hace pesado. Lo noto. Las miradas, los susurros contenidos, la espera.
Podría decir que no. Podría dar media vuelta, y convertirme en la prometida fugitiva.
Pero entonces miro a mi madre con los ojos cristalizados, sonriendo como si este momento fuera real y que quedará por siempre en su memoria, aún sabiendo la verdad. Recuerdo la propuesta, el contrato, el sentimiento de estar en deuda que comenzaba a desvanecerse, el tratamiento de mi madre, y cada uno de los días en los que las cosas entre Christian Teixeira y yo empezaron a cambiar.
Y también recuerdo su voz esa noche: «¿Estaría mal que me gustaras?»
—Acepto.
La palabra sale antes de que pueda detenerme, sintiéndome extrañamente… aliviada. Christian me sonríe. Es una sonrisa pequeña, contenida, pero la veo.
Editado: 27.03.2026