Capítulo 17:
❝Cercanía❞
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ஜAshley Olsenஜ
A la mañana siguiente, cerca de las ocho, volvimos a la playa. El sol aún no pegaba fuerte y el viento mantenía el agua en calma. Había menos gente que otros días, solo algunos surfistas repartidos por la orilla y un par de turistas en las tumbonas.
Christian caminaba delante de mí hacia el puesto de alquiler de tablas. Llevaba un rash guard negro de manga larga, pegado al torso, y yo no podía dejar de mirarle la espalda. O los hombros. O la forma en que se movía.
Basta de mirarlo de esa forma, Ashley.
El encargado del puesto era un chico joven. Mientras Christian explicaba que quería alquilar dos tablas y que ya había hablado el día anterior con otro empleado, el chico me miró. De arriba abajo. Con esa lentitud que no sabes si es descaro o despiste.
Christian lo notó.
—¿Necesitan instructor? —preguntó el chico, y sus ojos se desviaron hacia mí.
—No necesitamos instructor —respondió Christian, cortante. Su tono no dejaba lugar a réplica.
El chico asintió, algo más serio, y se limitó a preparar las tablas.
Yo me quedé callada, observando todo desde atrás, sintiendo el sol empezar a calentar mis hombros descubiertos. Me había puesto protector solar antes de salir de la habitación, pero no me fiaba mucho.
Caminamos hacia la orilla. El agua estaba tibia cuando por fin entramos y estaba más tranquilo que otros días, con olas pequeñas y espaciadas, ideales para alguien que nunca había tocado una tabla en su vida. Sí, yo misma, parece que el día se puso en complot para hoy.
Christian me explicó lo básico: cómo acostarme, cómo remar, dónde colocar las manos. Lo escuchaba con atención, pero la verdad es que me costaba concentrarme con él tan cerca, con la voz grave y paciente, con los dedos señalando la tabla y luego ajustándome los brazos sin pedir permiso.
—Así —dijo, colocando mis manos en la posición correcta—. Cuando la ola venga, te impulsas y te pones de pie. No lo pienses demasiado.
—Claro —respondí, con una seguridad que no sentía.
La tabla flotaba debajo de mí, inestable, y mis piernas no sabían muy bien qué hacer. Las primeras olas me empujaron hacia atrás antes de que pudiera siquiera intentarlo. La segunda vez, me levanté mal y caí de lado. La tercera, directamente me enredé con la tabla y salí a la superficie tosiendo agua y riéndome de mí misma.
—No puedo. —murmuro.
—Estás tensa —dijo Christian, que me observaba desde su tabla, flotando a un par de metros.
—Estoy empapada —respondí— y salada. Y creo que me tragué medio mar.
Sonrió. Esa media sonrisa suya que no sé cómo interpretar nunca.
En un momento dado, después de varios intentos fallidos, Christian se bajó de su tabla y se montó en la mía, detrás de mí. Sentí su peso, el calor de su pecho contra mi espalda, sus manos rodeándome para ajustar mi postura.
—Respira —dijo cerca de mi oído—. No luches contra la tabla. Muévete con ella.
Asentí, sin atreverme a hablar. Mis manos sudaban sobre el fibra, y mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía sentirlo.
—Ahora —dijo—. Levántate.
Lo intenté. Me impulsé, estiré las piernas, busqué el equilibrio… y en menos de un segundo, la tabla se fue de lado y los dos terminamos dentro del agua, enredados, riendo.
—Lo siento —dije, entre risas, mientras me secaba la cara.
—No te preocupes —respondió él, con el pelo pegado a la frente y una sonrisa que esta vez sí supe interpretar—. El primer día nadie aprende.
Nos quedamos un rato más en el agua, flotando para descansar unos minutos y luego seguir intentando en vano.
¿Cómo puedo ser tan mala en el surf?
Cuando el sol empezó a subir y el hambre se hizo notar, salimos del agua. Caminamos hacia el puesto de alquiler con las tablas bajo el brazo, y Christian se encargó de devolverlas y pagar el tiempo extra. Yo esperaba a un lado, sintiendo cómo la piel me tiraba un poco por el sol.
—No trajiste nada para cubrirte —dijo Christian, mirándome los hombros.
—Me eché protector solar —respondí, encogiéndome de hombros.
No dijo nada más. Se miró su propia rash guard empapada. La agarró por el dobladillo y se la quitó en un solo movimiento, dejando al descubierto sus brazos, sus hombros, el torso tonificado pero sin exagerar.
Ay, madre.
No fui la única que lo notó. A mi alrededor, varias chicas que pasaban por allí se detuvieron a mirar. Una se rio con sus amigas, cuchicheando. Otra levantó el móvil y le hizo una foto de lejos. Christian, ajeno a todo, se dedicó a escurrir la prenda entre sus manos con una concentración que me pareció exagerada.
—¿Qué haces? —pregunté, sin entender.
No respondió. Cuando la tela estuvo lo suficientemente escurrida, la estiró y se acercó a mí.
—Christian, no hace falta…
—Tu piel está roja —dijo, y sus dedos ya estaban levantándome el brazo para meterme la manga—. No voy a dejar que te pase algo.
Me quedé paralizada. Él me fue vistiendo como si fuera una niña pequeña, pasándome la cabeza por el cuello de la camiseta, acomodando la tela sobre mis hombros, bajándola hasta que me cubrió medio muslo. Todo con una naturalidad que me desarmó.
—Pero si es tuya —protesté, intentando quitármela—. Prefiero que la uses tú.
—No vas a ganar esta discusión —dijo, sin dejar de ajustar la prenda.
Y no gané.
Cuando terminó, quedamos frente a frente. La prenda me quedaba enorme, claro, porque él es mucho más alto que yo. El dobladillo me llegaba casi hasta la mitad del muslo, y las mangas me cubrían medio antebrazo. Me sentía ridícula. Pero también… no sé. Protegida.
Christian me miró entonces. No dijo nada. Solo me miró. Y en esa mirada hubo algo que no supe nombrar, pero que me recorrió entera, desde la nuca hasta los pies. Fue rápido, un segundo, pero me dejó sin aire.
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Editado: 18.04.2026