Legalmente mío #1

Capítulo 18

Capítulo 18

❝Inercia❞

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ஜAshley Olsenஜ

El coche se detuvo frente a un edificio de cristal y acero que parecía haber crecido ahí sin pedir permiso. No era desmesuradamente alto, pero sí imponente. Una estructura moderna, de líneas limpias, con el nombre de la empresa grabado en la entrada en letras plateadas.

Teixeira Tech Solutions.

Me quedé mirando las letras un par de segundos más de lo normal. No sé por qué. Tal vez porque nunca había visto ese edificio en persona, solo en fotos de revistas o en vídeos de entrevistas que veía embobada sin querer admitirlo. Tal vez porque ahora estaba ahí, al lado de Christian, y él iba a enseñarme su mundo. El mundo que yo conocía solo por titulares y suposiciones.

Christian bajó primero, rodeó el coche y me abrió la puerta. Justo entonces levantó la vista hacia la entrada y sus hombros se tensaron.

—Hay periodistas —dijo en voz baja—. Sonríe y no digas nada, porque si les extiendes tu dedo meñique van a decorar tu mano entera.

Me reí un poco, viéndolo sonreir. Asentí, con el corazón ya empezando a latirme más rápido de lo normal por los nervios producidos por los periodistas y bajé con su ayuda, su mano firme bajo la mía. Cerró la puerta, pulsó el mando del seguro, y un empleado del parking apareció casi corriendo a su lado. Christian le lanzó las llaves sin mediar palabra. El hombre las atrapó al vuelo y se subió al coche.

Los periodistas ya nos habían visto. Un grupito de unos cinco o seis, con cámaras y micrófonos, se acercaron a la vez que los guardias de seguridad de la entrada se interponían con educación, pero firmeza.

—¡Christian! ¿Una declaración sobre Teixeira Tech Solutions?

—¿Cómo está siendo su luna de miel?

—Señora, ¿qué opina del matrimonio?

No respondí. Christian tampoco. Esbozó una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos —yo la noté, aunque los flashes y las voces me desconcertaban— y me tomó de la mano. Caminamos hacia la entrada sin decir una palabra, mientras los guardias mantenían a los periodistas a raya.

Mis nervios se calmaron en segundos, cuando ingresamos al vestíbulo. Este era amplio, silencioso, con una luz natural que entraba por los ventanales y se reflejaba en el suelo de mármol. El recepcionista nos saludó en portugués y Christian respondió, antes de darle lo que parecíauna indicación.

Antes de llegar al ascensor, un hombre de unos treinta y siete años, moreno, de complexión normal, vestido de forma relajada pero decente, salió a nuestro encuentro con una sonrisa.

—Christian —dijo, con un acento portugués marcado.

—Rafael —respondió Christian, soltando mi mano solo para estrechar la suya.

El apretón fue breve, cordial. Luego, sin apenas separarse, Christian volvió a pegarme a su costado. Su mano se deslizó por mi espalda, recorrió la curva de mi hombro y se detuvo en la parte alta de mi brazo. Allí, me acarició la piel de arriba abajo con una suavidad que me dejó sin respiración.

No era un gesto posesivo. Era… natural. Como si llevara toda la vida haciéndolo.

—Te presento a Ashley, mi esposa —dijo, con una tranquilidad que me desarmó—. Ashley, él es Rafael, mi mano derecha en la empresa.

—Encantada —atiné a decir.

—El placer es mío —respondió él, con una sonrisa amable.

—¿Cómo están tu esposa y tu hija? —preguntó Christian.

—Bien, bien —respondió Rafael, asintiendo—. ¿Y tu familia? ¿Todos bien?

—Sí, todos bien, gracias.

Hubo una pausa corta, cálida. Luego Rafael empezó a comentar algo sobre los avances de la empresa, pero Christian lo interrumpió con educación, casi con un tono cómplice.

—Eso me lo envías por correo —dijo, con una leve sonrisa—. Ahora estoy en mi luna de miel con mi esposa. Vinimos como turista.

Rafael soltó una carcajada corta. Yo también sonreí, sin poder evitarlo, y por un momento los ojos se encontraron con los míos. Los de Christian brillaban con un destello de humor que no le había visto antes. Fue un segundo, nada más. Pero lo percibí.

—Que disfruten el recorrido —dijo Rafael, despidiéndose con un gesto de cabeza—. Cualquier cosa, ya sabes dónde encontrarme.

Caminamos hacia el ascensor. Christian aminoró el paso hasta quedar a mi altura y desde entonces fuimos uno al lado del otro.

El ascensor subió en silencio hasta la penúltima planta. Cuando las puertas se abrieron, me quedé un momento en el umbral. La sala era enorme, con ventanales que ocupaban toda la pared y dejaban ver la ciudad allá abajo. El suelo era de madera clara, las mesas amplias, y la luz entraba a raudales.

Había gente trabajando. No mucha, pero la suficiente para que me sintiera observada. Algunos levantaron la vista, nos miraron y saludaron con un gesto de sus manos, luego volvieron a sus pantallas. Otros saludaron con la mano sin levantar la cabeza.

Christian caminaba con seguridad, saludando aquí y allá. Yo iba a su lado, con la mirada perdida en cada rincón, sintiendo que aquel lugar me devolvía una versión de él que no había conocido hasta ahora.

Definitivamente, sin intenciones de ofender a nadie, este es un mejor ambiente laboral que el de la empresa de su padre. No es por Diego, y me gusta mi trabajo a pesar de no ser el soñado, pero el ambiente está lleno de víboras envidiosas y arrogancia extrema en comparación con Teixeira Tech Solutions; lo único rescatable es la eficiencia de trabajo y unos pocos empleados como Jennie.

El espacio estaba dividido en áreas: una zona con pantallas enormes donde supuse que monitoreaban datos, otra con mesas más pequeñas y ordenadores, y al fondo, un pasillo acristalado que llevaba a las oficinas privadas.

—Esta es el área de desarrollo —explicó Christian, señalando la zona de las pantallas—. Aquí trabajan los equipos de software. Los que están al fondo son los de ciberseguridad.

—¿Todos trabajan para tu empresa?

—No todos. Algunos son de proyectos externos. Colaboramos con otras compañías.




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