Capítulo 19:
❝Paseo por el muelle❞
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ஜAshley Olsenஜ
Llevábamos unos minutos paseando por el muelle, sin prisa. El plan era simple al llegar de nuevo a Salvador de Bahía: bajar del coche, caminar un rato, y luego volver al hotel para cenar en el restaurante. El muelle, este es el lugar al que Christian me quería traer luego de su empresa, y no se equivocó al decir que me iba a gustar; es precioso y tranquilizante. Me gusta.
Horas antes estábamos en su oficina, con mi ropa enganchada en el tiro de la puerta, mi cuerpo pegado al suyo, sus manos en mi cintura, su mirada clavada en la mía como si el tiempo se hubiera roto. Habían pasado solo unos minutos, pero se sintieron como una eternidad. Luego él se apartó, carraspeó, y continuamos el recorrido como si nada hubiera pasado.
Sin mencionarlo.
Sin mirarnos igual.
¿Cómo podríamos?
Seguimos viendo otras áreas de la empresa. Más pantallas, más equipos, gente trabajando en silencio. Christian me explicó cosas que no entendí del todo, pero se notaba que aquello era suyo. Todo suyo. No una oficina más. No una empresa más. Un imperio, aunque él nunca lo llamaría así.
Y ahora estábamos aquí, en el muelle.
La luz ya no era la del mediodía ni la de la tarde. Era ese momento intermedio en el que el sol se ha ido, pero las estrellas empiezan a aparecer de a poco, como si pidieran permiso para salir. Las farolas del muelle aún no se encendían del todo, solo parpadeaban a ratos.
El suelo de madera crujía bajo nuestros pies. Las olas golpeaban las bases debajo de la plataforma de madera, con un sonido constante, hipnótico. Había dos o tres personas más a lo lejos, pero estaban en su propio mundo. Nada de periodistas o fanáticos queriendo sacarle fotos a Christian.
El viento era leve, apenas el suficiente para moverme el cabello, así que el frío no era molesto.
Inhalé el olor al salado mar y sonreí.
Me encanta esto.
Christian caminaba a mi lado, sus manos metidas en los bolsillos de sus pantalones playeros. Como yo, él también se veía tranquilo y relajado. Aunque sin duda caeré redonda en la cama apenas recueste la cabeza en la almohada, pero todavía aguantaba una pequeña caminata aquí y la cena en el restaurante del hotel.
El silencio lo rompió Christian.
—Es bonito, ¿no? —dice, mirando el mar.
En lugar de mirar al mar, cosa que he estado haciendo, mis ojos recaen en su figura que parece esculpido por la pluma divina de los dioses.
—Es precioso —murmuro—. Gracias por traerme aquí.
Gracias por elegirme, pero ¿por qué lo hiciste?
Basta, Ashley. Ahora no es momento.
—Podrías venir más seguido —me guiña un ojo, con una media sonrisa y vuelve su mirada al horizonte—. Tu sonrisa lo vale.
—Christian… —desvío la mirada hacia el mar, con el calor acariciando mis mejillas—. No digas esas cosas.
—¿Por qué? —pregunta, y su tono suena curiosamente interesado, como si de verdad quisiera saberlo.
Pienso en mi respuesta por unos segundos, pero planeo quedarme en silencio al no saber como decirlo.
—A propósito —dice, cambiando de tema—. ¿Recuerdas el día que nos conocimos?
Me quedé mirándolo un segundo.
Claro que lo recuerdo. Porque, ¿cómo olvidar la vez que hablé de sus perfectas pestañas frente a él?
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ஜFlashbackஜ
Cuando el ascensor se abre, entro y tras marcar el piso destinado, me sitúo frente a las puertas, apoyando los documentos contra mi pecho. Apenas si reparo en que hay alguien más. No le presto atención.
—Buenos días —digo sin mirar, por educación.
Sigo rencorosa con esa maldita. Karolina Leal. Sus indirectas, su sonrisa falsa y el lío que casi me cuesta el trabajo ayer. Me cambió unos papeles de sitio sin avisar, y yo los llevé mal a una reunión. Diego no se enfadó conmigo ni con Jennie, pero el susto de provocar el despido a mi compañera de trabajo o el mío, me lo llevé. Y ella lo sabía.
Maldita seas, Karolina.
—Buenos días —responde una voz grave, al cabo de pocos segundo.
Me quedo quieta al reconocer esa voz. Es la misma que he escuchado en entrevistas, en galas, en las revistas que compro cuando nadie me ve.
Demonios.
Me giro un poco hacia atrás, solo lo justo para verlo de reojo. Paso saliva, volteando la mirada al frente e ignorando al hombre que mira distraídamente el techo del ascensor, en una pose relajada, enfundado en un impecable traje de marca y peinado perfectamente hacia atrás.
Christian Teixeira, el hijo de mi jefe.
Es la primera vez que lo tengo tan cerca. Incluso la primera vez que hablamos, aunque bueno, fue un intercambio de saludo mañanero. No más que eso. ¿Eso cuenta como conversación?
Mi mirada recaen en el panel con botones y me fijo que sigue en el mismo número. Frunzo el ceño, confundida, acercándome para volver a presionar el botón del piso.
El panel marca el mismo número.
No hay movimiento que indique que esté subiendo.
Que raro.
—¿Se habrá atascado el botón? —murmuro para mi misma, volviendo a presionar.
Vuelvo a intentarlo dos o tres veces más, obteniendo nada como resultado. Estoy por presionar el botón de emergencia cuando sucede.
La luz blanca queda reemplazada por una roja, tenue, que tiñe todo de un color extraño. Miro hacia arriba, instintivamente, al mismo tiempo que el ascensor se sacude fuertemente, haciéndome perder el equilibrio hacia atrás. Los documentos se me resbalan de las manos. Suelto un pequeño grito, ahogado. Cierro los ojos.
Pero no me caigo.
Un brazo me rodea por delante, justo donde la cintura se estrecha, y la mano queda apoyada en mi costado, sujetándome con firmeza. Mi espalda se pega a su pecho, y todo su cuerpo me sostiene. El ascensor cruje, vibra un par de segundos más, y luego se queda quieto.
Repiro agitada.
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Editado: 07.06.2026