Legalmente mío #1

Capítulo 21

Capítulo 21:

❝Una cama, el suelo y un sofá❞

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ஜAshley Olsenஜ

Llegamos a la heladería cuando la tarde ya empezaba a inclinarse. Christian eligió una mesa al fondo, casi escondida detrás de una columna, y yo me dejé caer en la silla sin preguntar por qué. Él fue a pedir, y mientras esperaba, mis ojos recorrieron el lugar sin detenerse en nada en concreto: las cortinas de lino, el cartel de sabores escrito a mano, el brillo de las cucharas de metal sobre la barra.

La gente, claro, también estaba ahí. Algunos nos miraban con disimulo, otros ni siquiera se molestaban en ocultarlo, y una mujer llegó a sacar el móvil, como si estuviera presenciando el momento más importante de su semana. Yo ya estaba imaginando el pie de foto que pondría, pero entonces Christian volvió con dos vasos, dejó uno frente a mí, se sentó, y sin mediar palabra, se movió ligeramente para quedar justo delante de mi línea de visión.

Como si con ese gesto bastara para interponerse entre yo y el resto del mundo.

No supe si lo hizo a propósito o fue casualidad, aunque siento que fue lo primero. Pero en ese momento, con él justo delante, el resto del local se volvió borroso. Las miradas, los móviles, los murmullos… todo eso quedó detrás de su espalda, mientras pasaban los minutos y el helado se deshacía lentamente en las cucharas y luego en nuestra boca.

Cuando terminamos, salimos, y el aire de la calle nos golpeó con el ruido y los flashes que ya nos esperaban. Los periodistas estaban ahí, con sus cámaras y sus preguntas que no llegaban a oírse del todo, porque la seguridad apareció rápido, como si hubiera estado esperando detrás de alguna esquina.

Christian me tomó de la mano. No fue un gesto pensado ni estudiado. Fue natural, como si ya lo hubiera hecho cien veces. Y en medio de todo ese caos, esa mano me ancló a algo que no sabía nombrar, pero que por un momento me hizo sentir que no iba sola.

Subimos al auto, y el silencio del interior fue un alivio. Christian arrancó sin prisa, y yo miré por la ventanilla mientras las calles pasaban.

—¿Siempre es así? —pregunté, sin apartar la vista del cristal— Me refiero a ser interceptado por los periodistas en cualquier lugar.

—Depende del día —respondió—, pero sí, suele ser así. Para eso tengo un equipo de seguridad asignado por una agencia.

Me quedé callada, pensando en los guardias, en cómo aparecieron sin que nadie los llamara, en la forma en que se colocaron entre nosotros y los periodistas como si fuera algo ensayado. No era la primera vez que lo hacían. Creo haberlos visto en Madrid también, pero aquí fue más notorio.

—Sé que los famosos siempre tienen un grupo de hombres trajeados protegiéndolos —murmuro—. Puede también que mi pregunta sea tonta y obvia, pero igual la haré.

Me giro hacia él, justo a tiempo para verlo levantar la comisura de sus labios, sin despegar los ojos de la carretera.

—¿Los guardias es para prevención o es porque tienes enemigos?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla, y me di cuenta de que sonaba mejor en mi mente. Christian me miró un segundo, y luego volvió a la carretera.

Ya me empezaba a arrepentir de preguntar aquello cuando él habló.

—No tengo enemigos que yo sepa, pero como bien dices todo famoso o millonario debe tener un equipo de seguridad asignado para prevención —me explica—. Digamos que es tradición. Porque, ¿quién me asegura que no habrá un minúsculo por ciento del mundo que me odia y trate de joderme?

Sacude la cabeza ligeramente.

—Es imposible saberlo.

—Entiendo.

—Y no fue una pregunta tonta —me mira brevemente de reojo, con la misma mueca en sus labios de antes—. A propósito, te aconsejo no encender tu teléfono hasta que estemos en el hotel, porque te diría que hasta mañana para que puedas dormir bien sino supiera que hablas con tu familia antes de dormir.

Frunzo el ceño, el coche deteniéndose en un semáforos. Christian debe leer la confusión en mi rostro por lo que dijo, porque esclarece:

—Puede que haya salido algo del centro comercial. No quiero que te atormentes con eso.

Otra vez mi corazón aceleraba como motociclista y mi estómago formaba una rebelión de mariposas.

Pasé saliva, bajo su mirada atenta.

—Gracias.

Sonrió cuando el semáforo cambió de color y el resto del camino, me dediqué a mirar el paisaje que se deslizaba tras la ventanilla.

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El ascensor nos dejó en la planta de la suite. Christian caminó delante de mí, deslizó la tarjeta en la cerradura y la puerta se abrió con un clic seco. Entramos. Cerró la puerta y se quitó los zapatos casi al mismo tiempo, dejándolos al lado de la entrada.

Dejé mi bolso sobre una mesita auxiliar y me giré justo cuando el timbre de la suite sonó.

Christian y yo nos miramos. Él frunció el ceño, pero fue a abrir. Yo me quedé donde estaba, escuchando desde el recibidor la voz de un hombre con acento brasileño. Era el encargado del hotel. Se disculpó por las molestias, habló rápido y en portugués, y aunque no entendía todo, capté lo suficiente: había un problema con la cama de la habitación contigua.

—Es la cama —tradujo Christian, girándose hacia mí—. Dicen que tienen que retirarla para dársela a la suite de enfrente porque no tienen.

—¿Y? —pregunté, sin entender del todo.

—Que se la llevan.

Me quedé quieta un momento, procesando. La habitación contigua era donde yo había dejado algunas de mis cosas, donde estaba durmiendo.

—Ah —dije, y fue lo único que se me ocurrió.

Christian se volvió hacia el encargado y le dijo que no había problema, que podían llevarse la cama. Aunque bien pudiéramos habernos negado, no tendría sentido y nos pondríamos en un aprieto porque se supone que a Christian y a mí, nos une una perfecta y amorosa relación y estamos de luna de miel. ¿Qué pareja de recién casados duerme en su luna de miel en habitaciones distintas? Vaya, obviando que se hayan peleado. Igual eso sería sospechoso, por eso Christian prescindió de los servicios de limpieza en la suite hasta que lo necesitáramos con urgencia. No nos conviene que se sepa el contrato que nos une.




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