Legalmente mío #1

Capítulo 24

Capítulo 24:

❝Aclarando chismes❞

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ஜChristian Teixeiraஜ

—Esa fue la última.

Miro las cajas, antes de volver a mirar al encargado.

—¿No hay más?

Niega.

—Dos cajas nada más —lleva su mano a la nuca—. Sin ofender, señor Teixeira. La paga es muy buena y nos conviene, pero se hubiera ahorrado contratarnos por dos cajas.

Definitivamente, ese par de cajas caben muy bien en los asientos traseros de mi deportivo.

Asiento hacia el encargado de la mudanza y tras acordar el pago y verlo marcharse, vuelvo a mirar las pertenencias de mi esposa.

Son pocas cosas.

Es imposible que no sienta el dolor atravesándome al creer que por su cabeza está pasando el pensamiento de que esto no va a durar mucho y que se quedará en un recuerdo. ¿De verdad no lo ve?

Me quedo pensando en ellos unos largos segundos.

No lo ve. Eso está claro.

Por más que le doy señales no las ve. Incluso fui claro en un instante, diciéndole que me gustaba cuando ya la amaba. La pregunta es: ¿no las ve o no quiere verlas? ¿O quizás estoy haciendo mal las cosas?

Suspiro, ante el recuerdo de anoche.

ஜFlashbackஜ

—No hagas eso. —le digo suavemente, llevando esa molestia por dentro.

¿Por qué demonios tiene que compararse con Jane Milton? No le hace falta. Ashley es preciosa, es una mujer increíble con cualidades que me traen loco y que ella no lo vea aún por su inseguridad me hace sentir impotente. A estas alturas —aunque no hubiera comentado que Sebastián Davis le contó—, sé que ya sabe de mi ex relación con esa mujer. No tuve que deducirlo, lo vi con mis propios ojos cuando Jane la siguió segundos después hasta el baño con una absurda excusa.

Quise ir tras ellas, evitando que provocara un desastre entre Ashley y yo, pero sería bastante raro ir al baño de mujeres con todo el mundo mirando. No obstante, poco después, fingí tener una llamada y me acerqué un poco.

A los dos minutos Jane salió, me miró y dijo «de nada». No pregunté al respecto. No tenía nada que hablar con ella. Preferí que Ashley me dijera si quisiera, por más nervioso que estuviera por lo que sea que ella le haya dicho.

Pero no fue así.

Mi esposa salió del baño con la mirada un poco baja y tan metida en sus pensamientos que tropezó conmigo. Cuando su mirada gris azulada conectó con la mía, perdí el aliento y los nervios me abrazaron más fuerte. Sus manos estaban frías cuando las tomé entre las mías.

Le pregunté si estaba todo bien. Solo atinó a asentir y fingir que las dudas en sus ojos no eran visibles para mí. Cuando volvimos a la mesa, las ganas de irnos a donde planeé llevarla me agarraron y por suerte, los temas en que entraron los inversionistas ya no involucraba a los Teixeira. Tan pronto como lo supe, nos fuimos de allí casi corriendo a mi auto por la necesidad urgente de sacarla de ese momento asfixiante. No tuvo que decírmelo, lo noté.

Y honestamente, a mí también.

Ahora estábamos en el auto, tras una revelación sobre mi pasado. Todo porque a Davis se le ocurrió buena idea atormentar a mi esposa con eso antes de entrar al restaurante, lo que la hizo sentir incómoda y dudosa toda la cena. Sumándole lo que sea que le haya dicho Jane en el baño.

Maldita sean las ganas de saberlo.

Mi esposa se había quedado en el limbo de sus pensamientos, y mi voz, pidiéndole que no hiciera eso, parece traerla de vuelta al presente. Parpadeó repetidas veces, frunciendo ligeramente el ceño. Aproveché la oscuridad de la noche y la ausencia de tráfico para estacionar mi auto. Me desabroché el cinturón de inmediato, bajo su mirada dudosa y me le acerqué, llevando mi mano hacia su mejilla.

Joder, que me maten si no extrañaba tocar su piel.

Contengo la respiración al verla disfrutar de mis caricias. Una diminuta sonrisa se asoma brevemente en sus pequeños labios.

El corazón se me va a salir por la boca.

—No hagas eso —repetí, susurrando, casi en un tono de súplica—. No le des importancia a mi pasado, yo no lo hago. No va a afectar nuestro presente, te lo prometo.

A toda costa quise que no se atormentara más por un pasado que ni siquiera me importaba. Pero en su mirada noté cuán difícil le era olvidar el asunto. ¿Qué más podía hacer al respecto? ¿Hablarle de ese pasado? ¿No decir nada? Cualquiera de las dos opciones siento que la llevarían seguir pensando. Quizás el doble.

Se sintió como un cuchillo atravesando la piel cuando sus lágrimas se asomaron en sus preciosos ojos, sin caer. Tuve la sospecha de que se sentía muy vulnerable y lo odiaba con toda su alma.

—Christian... —murmuró en un hilo de voz, mi nombre. Estaba temblorosa, reteniendo un llanto que parecía acumulado por mucho tiempo.

No quiero ser el motivo de sus lágrimas. Joder, que no.

—¿Si?

Lo que menos esperé fue que me preguntara si todavía amaba a esa mujer, cuando Jane y yo terminamos.

—Esa mujer... ¿todavía la amas?

Su pregunta me tomó tan desprevenido que me quedé unos segundos en silencio, sintiendo el latido de mi corazón en la garganta. Si le digo, ¿de verdad me vería como el hombre que la ama con locura, y no como el hombre que la ayudó a sentirse en deuda por la salud de su madre?

Ni siquiera me creyó cuando, en el hospital, pregunté si estaba mal que ella me gustara. ¿Quién me asegura que me creerá si le digo que la he amado en silencio por tres años? ¿O que no me odiará si sabe en lo que estoy metido por la necesidad de protegerla y querer una oportunidad con ella?

Ese silencio, esa duda, y mi respuesta honesta pero incompleta, mató otro hilo de esperanza entre nosotros.

—Todavía la amo... —le dije, e hice una pausa, mirándola directamente a los ojos, rogando que se diera cuenta.

Y como si mi mano quemara, se apartó con cierta dilación y se acomodó en el asiento copiloto, mirando la ventanilla.

Me quedé con la mano extendida y el dolor atravesándome por el rechazo. Me sentí culpable por lo que ocultaba y miserable por seguir albergando esperanzas de que me ame.




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