Capítulo 5:
❝Fiesta de fundación❞
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ஜAshley Olsenஜ
—Para su desgracia —Su voz me paraliza—, vamos juntos a la fiesta, señorita Olsen.
Mierda.
—Señor Teixeira…
—Vuelva a llamarme como a mi padre y no me hago responsable de lo que suceda. —Interrumpe mi balbuceo, lanzándome una mirada afilada.
—¿De qué forma lo llamo entonces, señor Teixeira?
Cierra los ojos por un instante, resoplando y murmurando sabrá Dios qué. Sonrío con disimulo.
—Christian.
Un cosquilleo en mi estómago me hace desviar la mirada hacia la ventanilla del auto. Seguro son deseos de ir a baño, por lo que ignoro esa extraña sensación y me dedico el resto del viaje a mirar el paisaje.
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El auto se detiene y veo al chófer bajarse con mucha rapidez. Christian se baja sin siquiera mirarme y lo veo rodear el vehículo, para después quedarse de pie, acomodando su saco, de espalda aquí.
—Señorita. —El chófer me habla, abriendo la puerta y ofreciéndome su mano.
—Gracias.
Acepto su mano para bajar del vehículo, no vaya ser que con la de cosas que me suceden últimamente, también el universo conspire en mi contra y acabe tropezando y cayendo.
Lo cierto es que me sentí un poquito decepcionada cuando el hijo de mi jefe ni siquiera me miró cuando se bajó. ¿Qué esperaba? ¿Que me ofreciera su mano para bajar del auto?
En realidad, sí esperaba eso.
Tonta, Ashley, tonta.
—Joder —No evito exclamar por lo bajo, ante la grandeza y belleza que desprende este lugar—. Qué bonito.
—Ciertamente lo es —Volteo hacia él cuando confirma mis palabras—. Antes de entrar, tenga en cuenta algo.
—¿Qué? —Abro mis ojos como platos cuando se voltea a verme y se inclina hacia mí— ¿Conoce lo que es el espacio personal? Aléjese un poquito, está invadiendo el mío.
—¿Conoce el concepto de «no hablar con nadie si no estoy presente»?
—¿Qué?
—Eso —Se endereza, como si nada, ignorando mi confusión y ceño fruncido—. No puedes hablar con nadie si no estoy yo presente.
—Ja, pero que descaro el suyo, señor… —Me callo abruptamente cuando alza una ceja en mi dirección, me aclaro la garganta— Disculpe, usted, Christian, pero me parece exagerado y tonto que me prohíba hablar con cualquier persona si usted no está presente.
A ver, qué tampoco es que tenga ganas de entablar una conversación con todos los presentes. Pero si alguien se me acerca, o en el peor de los casos, tengo la necesidad de defenderme de comentarios filosos (no será la primera vez), ¿debo quedarme callada? Además, ¿pretende dejarme sola?
—No.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—No la disculpo.
Abro y cierro la boca varias veces, como idiota, mientras se acomoda el saco por última vez y se adelanta. En cambio, yo no me muevo donde estoy y cuando se da cuenta un par de pasos más, se voltea, alza una ceja en mi dirección y resopla, lanzándome la misma mirada del auto.
—No tengo toda la noche. —Masculla, acercándose con una rapidez un tanto extraña para mí, pero no más extraño que me tome de la mano sin ser brusco y tirar de la misma hacia la fiesta.
—¿Qué mosco le picó? —Murmuro para mí misma, con la mente en blanco, sin saber cuál es el siguiente paso de mi vida y dejándome guiar por él.
Hay muchísimas personas en este lugar y me cago de nervios cuando se dan cuenta de nuestra presencia, provocando murmullos y miradas para nada disimuladas. Una cosa es asistir sola anualmente como la de los recados y pasar desapercibido por la mayoría de los empleados. Y otra cosa muy distinta es venir no solo como la empleada, sino como la acompañante del hijo del jefe vistiendo incluso mejor que otros años. Por eso antes no me importaba la cantidad de personas que estarían aquí, porque no me prestarían atención, pero ahora… Ahora es totalmente distinto. Aunque de seguro lo olvidarán mañana, como mucho… espero.
—Iré a saludar, no me tardo.
Su voz me saca de mis pensamientos, alejándome de la pequeña bruma anterior.
—¿Pretende dejarme sola? Eso no es muy cortés de su parte.
Bien, tal vez mi voz y comentario sonaron a reclamo. Tal vez no debí soltar eso. Pero joder, mis nervios me superan, a veces actúo y luego pienso. Como ahora.
—¿Quiere venir conmigo a saludar a Karolina?
Involuntariamente hago una mueca de desagrado al oír ese nombre. Me arrepiento al instante murmurando «lo espero aquí» Y me lanza una última mirada antes de alejarse.
Honestamente no sé qué hacer o cómo actuar. Me siento como un robot sin instrucciones. Años anteriores intercambiaba un par de frases con algún que otro empleado y al rato me iba, nadie me notaba. Pero ahora no puedo hacer eso. No puedo acercarme a nadie de algunos de los presentes a hablar o siquiera saludar. No es porque Christian me haya (literalmente) prohibido hablar con cualquier persona de la fiesta sin su presencia, más bien es porque no sé qué decirles cuando me pregunten lo inevitable: ¿Qué hago llegando con Christian en la fiesta? ¿Por qué estoy vistiendo ropa, joyas y zapatos exclusivos y estúpidamente cara de la marca Teixeira? ¿Qué estoy escondiendo? ¿Estoy saliendo con el hijo del jefe? ¿Cómo una chica como yo, teniendo ese puesto en la empresa, conseguí acompañar al aclamado Christian Teixeira?
Es estúpido, porque al final a ninguna de las personas aquí presente le interesa mi vida, ni lo que hago y dejo de hacer. Realmente la opinión de ellos me la suda mientras sigan siendo chismosos que hablan a espaldas de uno cuando no estoy escuchando, porque si fuera de otro modo créanme que seria distinto. Como dice mi mamá: «Quien su vida hace, no se hace de boca ajena». Es vivir tu vida a tu manera, sin preocuparte por lo que digan los demás, pero sin darles material para hablar de ti.
Me entretengo un rato hablando con Verónica y Benjamín en el grupo que tenemos, ignorando lo patética que me debo ver sola metida en el teléfono en plena fiesta siendo el murmullo de todos. Maldita sea la hora en la que a Diego Teixeira se le ocurrió semejante cosa.
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Editado: 15.01.2026