Capítulo 6:
❝Primeras disculpas❞
•═•═•═•═•═•═•ஜ۩۞۩ஜ•═•═•═•═•═•═•
ஜAshley Olsenஜ
—¡Ash! —La voz de Verónica me hace levantar la mirada de mi copa. Mis sienes laten con un pequeño cosquilleo, mezcla de emoción y la música que retumba en la sala.
—¡Aquí! —Le levanto la mano y me localiza al instante.
—Diablos, te veo triple —arruga la nariz, divertida.
—El alcohol —respondo, tomando un chupito que el chico acaba de servirme.
—Mira quién lo dice, ¡ya llevas varios!
—¡Venga ya! —replico, riendo—. Sólo estoy probando estas cosas nuevas.
—Ajá —rueda los ojos, pero sonríe—. ¿Sabes? No creí que vendrías al final, ni que me arrastraras contigo. Pero neta, que me la estoy pasando bien.
—Bueno… Priscila nos invitó y no podía decir que no. —respondo con naturalidad, levantando un poco la copa.
Priscila Teixeira y Javier Teixeira, los hermanos de Christian. La primera es la anfitriona de esta fiesta, no es amiga mía, pero nos llevamos bien las pocas veces que coincidimos y aún así me sorprendió su invitación enviada con su padre en el trabajo, incluyendo a mi mejor amiga. No pude decirle que no, tampoco quería negarme, me merecía salir un poco de la rutina. Lo que no esperé es ver a Karolina con Sabrina aquí también, tampoco es que ellas sean tan amigas de la anfitriona hasta donde sé, pero supongo que las relaciones entre sus familias la orillaron a invitar a ambas. ¿Pero yo? Ni siquiera he entablado una charla de más de media hora con ella, y por la familia tampoco era. Por eso me sorprendió, pero no me ahogué en un vaso de agua y acepté.
Y a quien sí esperaba encontrarme aquí en el apartamento de no sé quién, fue a Christian, pero tampoco estaba. No sé si alegrarme o decepcionarme, porque tengo sentimientos confusos desde la noche de la fiesta de la fundación en que no lo he visto más, luego de que me dejó en el apartamento. Quizás de antes ya estaba de ese modo.
En el presente, Verónica y yo nos reímos de algo sin sentido y nos mezclamos un poco con la música. La fiesta de Priscila es agradable; no hay tensión, ni dramas, sólo gente que conversa, baila y se divierte. Al menos en estos momentos sí, ya que no tengo a una rubia loca y tóxica detrás de mí para molestar.
—Que buen ambiente, ¿no? —Emanuel me habla, sonriente, deteniéndose a mi lado.
—Es un buen ambiente. —le digo, soltando una risita.
Un rato más tarde, la fiesta empieza a mermar un poco, la mayoría de invitados ya se ha ido pasada las once y algo de la noche. Sólo quedamos Emanuel, Javier, Priscila, Karolina, Sabrina, Verónica y yo. El grupo se siente un poco incómodo cuando me acerco con Verónica, en tanto Karolina como Sabrina nos miran. Pero deciden ignorarlo, sobre todo Javier.
—Chicos, ¿quién se apunta a verdad o desafío? —pregunta Javier, con una sonrisa.
—¡Yo! —contestamos todos, levantando nuestros vasos para brindar antes de sentarnos.
Quizás sí esté un poco borracha.
—Bien, ahí vamos —dice Javier, girando la botella—. Priscila, ¿verdad o desafío?
—Desafío. —responde con naturalidad, guiñando un ojo.
—Haz una imitación de alguien de este círculo —propone Javier—. Y recuerda: los retos se cumplen, las verdades se admiten. No hay excepción.
—Lindo lema —susurra Verónica a mi lado, disfrutando la ligereza del momento.
Priscila sonríe y hace un gesto exagerado imitando a Karolina, provocando risas generales. Claro, excepto la propia Karolina y Sabrina.
En algún momento de la noche me fijo en Manu, que se queda un segundo más mirando algo de manera distraída, en mi dirección.
—¿Qué pasa? —le pregunto en broma—. ¿Estoy en tu radar?
—Eh… bueno… —tartamudea un poco, divertido—. Solo estaba… mirando.
Me río, algo mareada.
La botella gira de nuevo y se detiene frente a Karolina. Javier propone un desafío inofensivo y algo ridículamente infantil: que haga un gesto gracioso hacia alguien del grupo. Karolina se ríe con cierta malicia y me observa. Pienso que va a tomarme como blanco de su desafío, pero suspiro aliviada (no quiero lidiar con ella ahora mismo) cuando se voltea a Priscila y cumple el reto.
—¿Lo notaste? —me susurró Verónica, inclinándose un poco hacia mí.
Asentí, como si estuviéramos sincronizadas, mientras miramos como Priscila finge una sonrisa por el desafío de la Karolina.
—¿Otra ronda?
La tensión en el aire se había disipado para cuando marcó las doce y media de la madrugada. Justo cuando sentí un picor en mi nuca, y me volteé por instinto.
Y ahí estaba.
Christian.
—Mira quién llegó —comentó Manu en voz alta, rompiendo el silencio incómodo—. Pensé que te habías arrepentido.
—Se alargó una reunión —respondió Christian, sin apartar la mirada de mí.
Javier palmeó el suelo a su lado.
—Siéntate, hombre. Ya casi estamos acabando con el juego.
Christian negó despacio.
—Gracias, paso. A esta edad ya no estoy para sentarme en el suelo… y menos así vestido.
Las risas fueron suaves, relajadas.
No supe cuánto tiempo llevaba observándome, sólo que cuando nuestros ojos se encontraron, el ruido alrededor se volvió irrelevante. No sonreía. Tampoco parecía molesto. Era esa expresión neutra suya, contenida, como si estuviera evaluando algo que sólo él entendía.
Intenté seguir prestando atención al juego, pero me fue imposible. Cada vez que levantaba la vista, lo encontraba ahí, de pie, con una mano en el bolsillo del pantalón, sin disimular que me miraba.
Noté a Priscila que me lanzó una mirada como si disfrutara haberme atrapado mirando a su hermano. Desvié la mirada, sonrojada, ignorando el cosquilleo leve en mi nuca.
El juego de verdad o desafío continuó unos minutos más, aunque ya sin entusiasmo. Las preguntas se volvieron triviales, las risas menos escandalosas. En algún punto, dejamos de girar la botella y empezamos simplemente a conversar. Sobre cualquier cosa. Sobre nada importante.
#8033 en Novela romántica
#1809 en Chick lit
matrimonio por contrato, empleada y millonario, el cliché de los teixeira
Editado: 15.01.2026