La nieve caía a montones, cubriendo el pueblo como una gran sábana blanca. El viento pasaba entre las cabañas, levantando remolinos helados. Una neblina densa hacía difícil distinguir las siluetas. Esa noche algo iba a suceder. Bueno o malo, daba igual. Algo sucedería.
Karner se ajustó el abrigo y miró a Tomás con seriedad.
Karner: ¿Estás listo, chico rayo?
Tomás levantó una ceja, visiblemente irritado.
Tomás: No me digas así, tú, chico…
Se quedó pensando unos segundos, pero negó con la cabeza.
Tomás: Da igual. Tenemos que apresurarnos.
Sus ojos brillaban con una mezcla de cansancio y esperanza. Miró por última vez a Trollb0t, inmóvil tras los barrotes congelados.
Tomás: Volveré por ti. Lo prometo.
La puerta chirrió con un sonido de metal oxidado mientras Karner se tiraba al suelo para comenzar con el plan.
Karner: Más te vale cumplir con el plan.
Fue lo último que dijo antes de que Tomás desapareciera entre la tormenta. La fuerte ventisca borró sus huellas en segundos.
Cuando los guardias llegaron, encontraron la celda hecha un caos. Trollb0t seguía inmóvil, cubierto de escarcha, y Karner fingía estar herido en el suelo. Los hombres lo socorrieron de inmediato. Él, jadeando y con voz temblorosa, les contó una versión alterada de lo ocurrido.
Frostborn estalló al enterarse.
Frostborn: Dense prisa, bola de brutos. Si ese sujeto no aparece antes de la medianoche, caerá sangre sobre todo Frostmount.
El miedo se extendió por el lugar como una plaga. Los aldeanos corrían por las calles buscando a Tomás, mientras Karner aprovechaba el caos para subir a su familia a la carreta.
Karner: Rápido. No sé cuánto tiempo tardarán en descubrirnos.
Los caballos relinchaban con fuerza, abriéndose paso por la nieve. El camino estaba lleno de piedras y ramas congeladas que hacían saltar la carreta.
Pero la libertad duró poco. A medio camino, silbidos cortaron el aire. Varios hombres del señor Frostborn aparecieron entre la ventisca, montados en lobos grises.
Karner: Que rápido no encontraron. No pensé que tendría que usar mis provisiones como arma tan pronto. ¡Tiren todos los barriles!
Sus hijos y su esposa comenzaron a lanzarlos sin dudar. Los barriles rodaban en la nieve, levantando polvo helado. Pero los lobos seguían acercándose. Los caballos ya no podían más.
De pronto, todo se detuvo. Una sombra cayó sobre ellos. El hombre con la piel cubierta de cuero de dientes de sable, aterrizó frente a la carreta, deteniéndola de golpe y sacando a Karner y a su familia por los aires.
Karner lo reconoció al instante.
Karner: Komar, no, por favor. Solo quiero un mejor futuro para mi familia. Te lo pido como hermano. Podemos escapar juntos y tener una mejor vid—
No alcanzó a terminar. Un golpe seco lo dejó inconsciente. Lo último que vio antes de caer fue a Tomás, escondido entre la neblina, tomando las riendas de la carreta y alejándose a toda velocidad, mientras su esposa y sus hijos gritaban al ser arrastrados entre la nieve, envueltos en redes y sogas heladas.
Komar observó cómo se escapaba en la tormenta.
Komar: Un traidor siendo traicionado. Qué patético.
Komar: Toda tu familia pagará el precio de tu traición.
Murmuró con una sonrisa helada.
Cuando Karner despertó, el dolor lo golpeó primero. Luego, el horror. Su familia estaba atada, herida, temblando bajo la nieve.
Frostborn estaba de pie frente a él, con una calma aterradora.
Frostborn: Bien, bien. No esperaba una traición así, Don Karner. Pero ya sabe lo que les pasa a los que nos traicionan. Supongo que tenía muchas ganas de ocupar el lugar del chico.
Karner bajó la cabeza, con lágrimas congelándose en su rostro.
Mientras tanto, lejos de allí, Tomás conducía la carreta con una sonrisa torpe.
Tomás: No pensé que fuera tan fácil engañarlo. A este ritmo podré largarme de este lugar. Ya quiero llegar a mi hogar y…
La risa se le apagó de golpe. Bajó la mirada y una sensación amarga le recorrió el pecho.
Tomás: Volver a lo mismo de nuevo… No tengo ningún propósito real para volver, más que ser amante de lo ajeno como siempre. Solo causo problemas por donde quiera que voy.
Detuvo la carreta frente a la frontera entre Frostmount y Neon City. Detrás, la ventisca seguía golpeando su espalda con fuerza y el horizonte era oscuro e incierto.
Tomás bajó lentamente. Caminó unos pasos, levantó una rama caída y, con una piedra filosa, comenzó a tallarla. Las astillas volaban con cada golpe.
Tomás: Quizás, solo quizás, pueda hacer algo bien por una maldita vez.
Alzó la vista, con la nieve cayéndole sobre el rostro.
Tomás: No quiero ser un inútil. No esta vez.
Apretó la lanza improvisada y miró hacia la neblina.
Detrás de él, la frontera lo llamaba. Pero por primera vez, decidió no cruzarla.