Legnas: la profecía I

Prefacio

20 de mayo del 2000:

El reloj de la Torre Mayor marcaba las diez y treinta de la noche, se había pasado toda la tarde amenazando con llover y por fin comenzaban a caer las primeras gotas. Era algo natural teniendo en cuenta que aún era primavera, pero esa noche había algo raro en el ambiente.

La lluvia se desató.

Las personas corrían por todos lados buscando refugio; cafeterías, bares, portales, todo estaba lleno. El tráfico se estancó y se fue la luz, siendo los relámpagos la única iluminación de la ciudad de Nordella. Parecía como si la furia del Cielo se estuviese descargando sobre la tierra.

Un relámpago cruzó el firmamento y la silueta de un hombre con capucha, escondiendo algo entre sus brazos, quedó al descubierto.

—¡Ahí está, atrápenlo! —gritó una voz a casi setenta metros del encapuchado.

El hombre comenzó a correr hacia la zona baja de la Gran Avenida Norte y detrás de él, tres individuos le perseguían. Iban pisándole los talones cuando dobló la tercera esquina a la izquierda, dirigiéndose a la calle Florencia. Saltó hasta la azotea de una de las casas con la esperanza de despistarlos, pero sabía que eran buenos guerreros y que le resultaría difícil la tarea.

Su corazón latía desenfrenado y el profundo dolor que permanecía en su pecho desde hacía unas horas, amenazaba con ahogarlo. Pensar en América lo debilitaba, pero no podía detenerse; su amada estaba muerta y solo le quedaba una cosa: su hija. Tenía que salvarla, ella tenía que vivir.

Continuó corriendo, saltando de techo en techo; desde la azotea de una casa a la segunda planta de otra; distancias de más de veinte metros como si volara, hasta que por fin les perdió la pista a sus perseguidores.

Cuando estuvo seguro de que ya no le seguían, se dirigió nuevamente a la Gran Avenida Norte, hasta la casa número setenta y tres; esa en las que tantas horas había pasado junto a su esposa y sus amigos humanos.

Tocó el timbre dos veces y nadie respondió. Insistió durante varios segundos, hasta que escuchó unos pasos dentro de la vivienda.

—¿Quién está ahí? —preguntó una voz masculina desde el interior, pero él no respondió. Volvió a tocar la puerta.

—¿Quién es? ¿Qué quiere? —El encapuchado siguió sin contestar. Esa no era la voz que deseaba escuchar.

La puerta se destrabó. El hombre del interior abrió solo una rendija, lo suficiente como para alumbrar el rostro de su visitante.

El repentino foco de luz incidiendo sobre sus ojos, lo hizo dar unos pasos atrás y, segundos más tarde, la puerta se abrió completamente. Un joven de unos veintitrés años de edad lo recibió. Iba descalzo, llevaba pantalones de dormir y un evidente rostro de desconcierto. En una mano traía una linterna y en la otra un bate de beisbol.

El encapuchado descubrió lentamente su rostro mostrando a un joven de pelo negro y ojos verde azules con un brillo muy inusual. El dueño de la casa se apartó un poco de la puerta, puso el bate contra la pared y luego de pasarse las manos por el rostro, suspiró profundo.

Que ese hombre estuviera en su casa a esa hora, no podía significar nada bueno.

—¿Quién es, cariño? —Una joven en sus últimos meses de embarazo bajó las escaleras con otra linterna en la mano.

—Es para ti. —La chica, confundida, se acercó a la puerta y le alumbró el rostro al visitante.

—¿Nick? —preguntó con verdadero asombro—. Oh, Dios mío, ¡estás empapado! Pasa. Mike, trae algo para que se seque.

—No, gracias; no tengo tiempo —dijo Nick, apresurado—. Lo siento Em, América no lo ha conseguido y yo no voy a poder criarla.

—¿De qué estás hablando?

Nick miró a todos lados para asegurarse de que no hubiera nadie y luego retiró las mantas que traía en brazos.

—Su nombre es Jazlyn, es nuestra hija.

—¿Dónde está América? —preguntó Emily con las lágrimas amenazando con salir.

—Lo siento. —Se pasó una mano por el rostro como si con ese gesto pudiera olvidar las últimas horas—. Hace poco más de una hora que nació y no fue un parto sencillo, creo que tiene fiebre y me están siguiendo. No tengo a quién más acudir, Emily. Sé que tú la protegerás, que ustedes lo harán.

Miró a Mike y luego a la chica; colocó a su hija en sus brazos y le dio una pequeña bolsita roja. Luego se marchó bajo la lluvia sin dar más explicación.

 




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