Su dedo índice acarició levemente mi mandíbula. Estaba hipnotizada; ese simple gesto atrajo aún más mis labios hacia los suyos. Jamás había besado a un hombre y ya parecía una experta en el tema, tal vez porque su boca experimentada entendía cómo endulzar la mía para que pudiera seguirle el paso. De repente, me encontré acariciando torpemente su pecho por encima de su camisa desabotonada. Mi respiración jadeante luchaba contra el desenfreno sensorial de mi cuerpo; aún podía sentir esa maldita rodilla rozando los lamentos amargos de mi zona sensible. Estaba llorando por dentro y por fuera de placer.
Recordaba a mis antiguas amigas del colegio y cómo narraban tristemente sus primeras veces. Casi ninguna tuvo una experiencia gratificante, ni siquiera con su primer beso. Sentí pena por ellas, porque yo estaba demasiado excitada como para tener una sola queja en ese momento.
Tenía razón en cada palabra… Él me gustaba. La mayoría de las veces me hacía perder la cabeza, pero otras, como ahora, solo me provocaba más ganas de tenerlo junto a mí. Hace unos minutos no podía pensar en otra cosa que no fueran las palabras de mi padre y, sin embargo, de repente me sentía bien conmigo misma.
Era consciente de que era una chica problemática, con demasiadas cosas por resolver. Durante este último mes ni siquiera entendía qué estaba sucediendo conmigo. Pero hoy estaba con este hombre debajo de su pecho, percibiendo, incluso con los sentidos más dormidos, cómo cada milímetro de mi cuerpo se rendía al suyo. Quería más. Estaba tan cerca de alcanzar algo y, justo antes de llegar al siguiente paso, se detuvo.
Dejándome con la mente nublada, las manos temblorosas y la respiración por los cielos.
— Marisol… —pronunció jadeante—. Perdón, he vuelto a romper la promesa de no tutearte. Pero… ¿en serio no quieres intentarlo conmigo?
Había un hombre muy alto, atractivo y ahora tierno, pidiéndome que lo intentara.
— Sé que es poco tiempo, quizás estoy apresurando las cosas, pero…
Apenas pude reconectar mis pensamientos. Cerré los ojos, intentando digerir lo que acababa de suceder, pero cuando volví en mí, el temor a lo incierto inundó mis adentros.
— Acabas de terminar una relación. No quiero ser la persona con quien te consueles —respondí tajante, aún con la vista ciega.
— Eres todo menos un consuelo para mí.
Pude sentir la decepción en su mirada después de escuchar mi respuesta. Cuando estuvo por levantarse, lo detuve tomándolo de la muñeca. Ese pequeño gesto me ocasionó una punzada de dolor, puesto que aún tenía una aguja atravesando mi vena.
— Yo… lo siento. Si acepto esto, quiero que sepas que no deseo algo pasajero ni que jueguen conmigo. Ya tengo suficientes problemas con los cuales lidiar como para que eso me suceda también.
Bajé la cabeza, todavía con aquellos pensamientos negativos rodando por mi mente.
Sus dedos levantaron mi quijada. Un segundo beso se depositó en mis labios, luego un tercero en mi frente y un cuarto terminó chocando contra mi mejilla. La calidez de cada uno me brindó una sensación de paz; acepté todos sus besos felizmente.
Con Keith todo era impredecible. Mi corazón se abrió con él gracias a todas las coincidencias que tuvimos.
— ¿Eso es un sí? —susurró.
— Es un sí.
Demonios, estoy condenada.
Keith soltó una risa baja e incrédula, como si todavía no terminara de creer que aquello acababa de suceder realmente.
—Entonces, oficialmente volviste a perder una apuesta contra mí.
La magia de hace unos segundos desapareció en el instante en que dijo eso. Odiaba lo arrogante que podía llegar a ser. Estuve a punto de responderle algo peor, defenderme por mi orgullo herido, pero entonces me tomó de la nuca y me atrajo hacia sus labios, estampándolos contra los míos.
Esta vez el beso fue más profundo. Sentí su mano subir peligrosamente por debajo de mi blusa; el calor se extendió de inmediato desde mis mejillas hasta mi cerebro y, entre sus besos, solté un jadeo involuntario.
—Te dije que tarde o temprano terminarías convirtiéndote en mi novia.
Su voz sonó grave y la forma en que lo dijo me hizo tragar saliva. Tenerlo tan cerca me provocaba una masiva oleada de contradicciones en el pecho. El corazón me zumbaba en los oídos. Realmente no estaba pensando en nada, porque mi mirada estaba perdida en el gris triste de sus ojos. La piel blanca de Keith contrastaba con la mía y aquella cercanía me permitía apreciar aún más su mandíbula fuerte y afilada. Mis dedos se enredaron entre su cabello negro; era suave y sedoso.
De repente, ya estaba atrapada nuevamente bajo el peso de su cuerpo. Mis piernas temblaron al sentir la yema de sus dedos fríos rozarlas sutilmente. La corbata de su traje se aflojó por mi constante agarre…
¿Iba a perder mi virginidad aquí y ahora?
Él terminó por quitarse la molesta corbata y empezó a desabotonarse la camisa hasta desprenderse de ella por completo. Incluso entre besos, mis ojos descendieron hacia aquella piel descubierta.
Dios…
¿Acaso ese tipo también tenía que tener…? ¿Por qué su cuerpo tenía que ser tan perfecto como su cara? ¡Era una completa injusticia!
Por supuesto, notó que mis pecaminosos ojos estaban ahí, observando sus marcados abdominales. Sentía el rostro ardiendo; estaba hecha un desastre por culpa de este idiota. Me lanzó una sonrisa egocéntrica y tomó mi mano para llevarla hasta él.
—No tengas pena, este cuerpo ahora te pertenece.
El roce me provocó escalofríos y mi mano se movió torpemente sobre aquella superficie dura.
—Sigues siendo muy inocente… voy a ser una muy mala influencia para ti.
—¡Keith, traje…!
La voz femenina atravesó la habitación como un disparo.
La madre de Keith permanecía elegantemente en el marco de la puerta, observándonos con absoluta sorpresa.
Mi alma abandonó mi cuerpo. Toda la presión descendió de mi carne, dejando un frío absoluto.