LeÓnidas I - Las últimas 300 espadas.

Capítulo 7:La grieta del destino

El cuerpo aún yacía sobre la tierra fría cuando el amanecer decidió imponerse, como si el mundo ignorara deliberadamente la ruptura que acababa de ocurrir. Ninguno de los trescientos habló. No hubo lamentos. No hubo rituales. Solo una quietud tensa, cargada de una verdad que ninguno quería nombrar: aquello no era una muerte… era una alteración. Leónidas permanecía de pie frente al cuerpo, inmóvil, como si observarlo pudiera devolverle sentido a lo que había sucedido. Pero no lo hacía. Porque lo que había ocurrido no encajaba en ninguna ley que él conociera.

—No fue el enemigo —dijo Dorieo finalmente.

Leónidas asintió apenas.

—No.

—Entonces… ¿qué fue?

El silencio respondió.

Porque la respuesta… estaba allí.

Pero aún no podía ser dicha.

—Lo enterramos aquí —ordenó Leónidas.

No por tradición.

No por honor.

Sino porque algo en su interior le decía que mover ese cuerpo… alteraría algo más.

Los hombres obedecieron. Cavaron con precisión, sin hablar, como si cada movimiento fuera una forma de contener el miedo que comenzaba a expandirse.

Cuando terminaron, Leónidas colocó su mano sobre la tierra recién removida.

Y por un instante…

sintió un pulso.

Retiró la mano de inmediato.

Nadie más lo notó.

Pero él… sí.

—Debemos avanzar —dijo con firmeza.

No podían quedarse.

Porque quedarse… significaba observar.

Y observar… significaba comprender.

Y aún no estaban listos para eso.

La marcha continuó.

Pero ya no era la misma.

El ritmo había cambiado.

El silencio era más profundo.

Más pesado.

Más… consciente.

Cada hombre sentía que algo invisible caminaba entre ellos.

No como amenaza directa…

sino como una presencia que evaluaba.

Que esperaba.

Que… contaba.

Leónidas avanzaba al frente, pero su mente no estaba en el camino.

Estaba en la grieta.

Porque eso era lo que había ocurrido.

Una grieta en lo que debía ser.

Y si una muerte podía ocurrir fuera del orden…

entonces nada estaba asegurado.

Ni siquiera el sacrificio.

Ni siquiera la historia.

—Lo has sentido —dijo una voz a su lado.

Leónidas no necesitó girarse.

—Sí.

Dorieo lo observó con atención.

—No hablas de la muerte.

—No —respondió Leónidas—. Hablo de lo que vino con ella.

Dorieo frunció el ceño.

—No entiendo.

Leónidas lo miró.

—Eso es lo que me preocupa.

El camino comenzó a estrecharse aún más. Las paredes de roca se alzaban a ambos lados, como si la tierra misma los guiara hacia un punto inevitable.

—El desfiladero… —murmuró uno de los veteranos.

Pero Leónidas negó.

—Aún no.

Sin embargo…

lo sentía cerca.

Demasiado cerca.

Al mediodía, el viento cambió.

No en dirección…

sino en intención.

Ya no soplaba.

Observaba.

—Deténganse —ordenó Leónidas.

Los hombres se detuvieron de inmediato.

El silencio que siguió no fue natural.

Fue impuesto.

Como si algo… hubiera decidido que ningún sonido debía existir.

Leónidas avanzó unos pasos.

Y entonces…

la vio.

Una grieta en la roca.

No grande.

No profunda.

Pero… incorrecta.

No pertenecía a ese lugar.

No pertenecía a ese tiempo.

Se acercó lentamente.

Extendió la mano.

—No lo hagas —dijo Dorieo.

Pero Leónidas ya estaba tocando la superficie.

Y en ese instante…

todo cambió.

El mundo no desapareció.

Se fragmentó.

Los hombres.

El cielo.

La tierra.

Todo se multiplicó en versiones incompletas, como reflejos rotos de una misma realidad.

Leónidas estaba en medio de ellas.

Y en cada una…

algo era distinto.

En una… los trescientos estaban completos.

En otra… ya eran menos.

En otra… el desfiladero estaba vacío.

En otra… él no estaba.

El aire se volvió imposible de respirar.

—Esto… no es real… —susurró.

—Es lo que puede ser —respondió la voz.

La figura apareció frente a él.

Su otra versión.

Más clara.

Más sólida.

Más inevitable.

—Has tocado la grieta —dijo.

—¿Qué es esto?

—El lugar donde el destino deja de ser único.

Leónidas apretó los puños.

—Esto no debería existir.

—Y sin embargo… existe.

Un paso.

—La primera muerte abrió esto.

—Entonces la cerraré.

La figura sonrió levemente.

—No puedes cerrar lo que ya ha sido elegido.

Leónidas lo miró con furia contenida.

—No acepto eso.

—No necesitas aceptarlo.

Una pausa.

—Solo vivirlo.

Las visiones cambiaron.

Ahora veía a los trescientos en el desfiladero.

Luchando.

Cayendo.

Pero algo era distinto.

El orden.

El ritmo.

El significado.

Algunos caían antes.

Otros no caían nunca.

Y en una…

Dorieo…

—No… —susurró Leónidas.

La figura lo observó.

—Ese es el segundo nombre.

El impacto fue inmediato.

—No… eso no está escrito.

—Ya no hay escritura —respondió la figura—. Solo elecciones.

Leónidas retrocedió.

—No lo permitiré.

—Entonces cambiarás todo.

—Entonces lo haré.

El silencio cayó.

Pesado.

Definitivo.

La figura inclinó la cabeza.

—Entonces prepárate…

—¿Para qué?

La respuesta no llegó en palabras.

Llegó en visión.

El desfiladero.

La batalla.

El momento exacto.

Leónidas… tomando una decisión.

Una que no pertenecía a la historia.

Una que rompía el orden.

Y con ella…

todo se desmoronaba.

La visión se rompió.

El mundo volvió.

Los hombres.

El camino.

El viento.

Todo.

Leónidas cayó de rodillas.

Dorieo corrió hacia él.




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