LeÓnidas I - Las últimas 300 espadas.

Capítulo 35:El instante en que dudas de ti mismo

El tiempo no se detuvo. Pero dejó de fluir como antes. Cada segundo parecía extenderse más de lo necesario, como si el mundo dudara antes de continuar. Y en esa duda… algo se infiltraba.

Leónidas no apartó la mirada del hombre que tenía frente a él.

No porque lo reconociera…

sino porque no podía estar seguro de hacerlo.

El rostro era el mismo.

La postura, idéntica.

La respiración… correcta.

Pero había algo…

una mínima ausencia…

un vacío que no podía nombrar, pero que no podía ignorar.

—Respira —dijo.

El hombre obedeció.

Inhaló.

Exhaló.

Perfecto.

Demasiado perfecto.

El silencio cayó.

Pesado.

Porque en esa perfección…

no había vida.

—Otra vez —ordenó Leónidas.

El hombre repitió el gesto.

Sin variación.

Sin error.

Sin… intención.

El veterano dio un paso adelante.

—No es él…

Pero su voz…

no era firme.

Porque en el fondo…

no estaba completamente seguro.

Y eso…

era lo más peligroso.

—Dime por qué estás aquí —dijo Leónidas.

El hombre lo miró.

Y respondió.

—Porque debo estar.

El impacto fue inmediato.

No por las palabras.

Por la ausencia en ellas.

—Eso no es una razón —dijo Leónidas.

El hombre no respondió.

Porque no tenía otra.

El viento sopló.

Pero esta vez…

no trajo claridad.

Trajo confusión.

Los hombres se miraron entre sí.

No con sospecha abierta…

pero sí con una duda que comenzaba a crecer.

—Si puede parecerse tanto… —murmuró el joven—… ¿cómo sabemos que no hay más?

El silencio se tensó.

Leónidas lo sabía.

No había forma de asegurarlo.

—No podemos confiar en lo que vemos… —dijo.

El veterano asintió lentamente.

—Entonces solo nos queda… lo que sentimos.

El aire se volvió más denso.

Porque sentir…

no era exacto.

No era medible.

Y ahora…

era lo único que tenían.

Leónidas dio un paso más cerca del hombre.

Lo observó.

No su forma.

Su presencia.

Y en ese instante…

lo percibió.

No estaba sosteniéndose a sí mismo.

Solo… estaba siendo sostenido por algo más.

—No eres tú… —dijo.

El hombre inclinó la cabeza.

—Soy lo que debe ser.

El silencio se rompió.

No en sonido.

En comprensión.

—No —respondió Leónidas—… eres lo que queda cuando alguien deja de ser.

El aire se comprimió.

El instante se tensó.

Y por primera vez…

el hombre reaccionó.

No con emoción.

Con ajuste.

Sus ojos cambiaron.

No en expresión.

En profundidad.

—Eso… no es relevante —dijo.

El impacto fue absoluto.

Porque esa frase…

no pertenecía a ningún hombre.

—Lo es todo —respondió Leónidas.

El viento se levantó.

Los hombres retrocedieron un paso.

No por orden.

Por instinto.

Porque comprendían…

que ese momento…

no podía compartirse.

Leónidas avanzó.

Sin dudar.

Pero esta vez…

no con certeza.

Con… riesgo.

Extendió la mano.

Y en ese gesto…

no hubo seguridad.

Hubo… decisión sin garantía.

El contacto ocurrió.

Y en ese instante…

todo cambió.

No el espacio.

No el tiempo.

La percepción.

Leónidas sintió algo atravesarlo.

No como antes.

No como resistencia.

Como… interferencia.

Un eco.

Una réplica.

Una forma que intentaba sostenerse a través de él.

—No… —susurró.

El silencio se tensó.

El veterano dio un paso adelante.

—¡Leónidas!

Pero él no respondió.

Porque en ese instante…

no estaba seguro de ser quien era.

El aire se volvió irrespirable.

El espacio… se distorsionó.

Y por primera vez…

el límite no estaba afuera.

Estaba… en él.

—Sostente… —murmuró el veterano.

Pero la palabra…

no tenía fuerza suficiente.

Leónidas cerró los ojos.

No para escapar.

Para… encontrarse.

Y en ese instante…

todo lo que había sido…

se presentó.

El desfiladero.

El instante.

La lanza.

La decisión.

El límite.

Y entonces…

lo eligió.

No como antes.

No como acto heroico.

Como… ancla.

Abrió los ojos.

Y el mundo volvió.

El aire regresó.

El espacio se estabilizó.

El hombre frente a él…

ya no estaba.

No disuelto.

No eliminado.

Desconectado.

Como si hubiera perdido aquello que lo sostenía.

El silencio cayó.

Y en ese silencio…

no hubo alivio.

Hubo… advertencia.

Leónidas dio un paso atrás.

Respiró.

Y por primera vez…

sintió algo que no había sentido antes.

No miedo.

No duda.

Fragilidad.

—Esto… ya no es externo… —dijo en voz baja.

El veterano asintió.

—No.

Una pausa.

—Ahora… pasa a través de nosotros.

El viento sopló.

Pero esta vez…

no trajo amenaza.

Trajo… certeza.

—Si dudamos… —añadió Leónidas—… abrimos la puerta.

El silencio se tensó.

Porque esa verdad…

no podía evitarse.

El joven bajó la mirada.

—Entonces no podemos permitirnos dudar…

Leónidas lo miró.

Y en esa mirada…

no había respuesta simple.

—No…

Una pausa.

—Pero tampoco podemos dejar de cuestionarnos.

El impacto fue inmediato.

Porque esa contradicción…

no tenía solución clara.

El viento se detuvo.

El espacio… se volvió inmóvil.

Y en ese instante…

algo ocurrió.

No visible.

No directo.

Uno de los hombres…

sonrió.

Levemente.

Un gesto mínimo.

Pero suficiente.

Leónidas lo vio.

Y en ese instante…

lo comprendió.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.