LeÓnidas I - Las últimas 300 espadas.

Capítulo 48:Antes de ser

El viento no existía allí. No como lo habían conocido. No había dirección, ni impulso, ni ese leve susurro que antes les había servido de guía o advertencia. Porque lo que estaban por atravesar… no pertenecía al mundo donde el aire se mueve.

Leónidas no avanzó.

No retrocedió.

Se sostuvo… en un punto que no tenía forma.

—Antes de ser… —repitió el joven, como si intentara darle sentido a algo que aún no podía comprender.

El silencio cayó.

Y en ese silencio…

todo lo conocido comenzó a desdibujarse.

—Eso no es un lugar… —murmuró el veterano.

Leónidas asintió.

—No.

Una pausa.

—Es un estado donde aún no somos lo que creemos ser.

El impacto fue inmediato.

Pero no se expresó en palabras.

Se sintió.

El aire dejó de tener peso.

El suelo… dejó de ser referencia.

Y por primera vez…

no había diferencia clara entre estar de pie… o no estar en absoluto.

—Esto… no es real… —susurró uno de los hombres.

Leónidas lo miró.

—Es lo único que lo es.

El silencio se volvió absoluto.

Porque esa afirmación…

no podía sostenerse desde la lógica que conocían.

La forma no desapareció.

Pero dejó de tener límites definidos.

No estaba frente a ellos.

No estaba alrededor.

Estaba… en el mismo plano que ellos ahora intentaban alcanzar.

—Nos sigue… —murmuró el joven.

Leónidas negó lentamente.

—No.

Una pausa.

—Está intentando llegar al mismo punto.

El impacto fue inmediato.

Porque eso…

eliminaba toda distancia posible.

—Entonces no podemos adelantarnos… —dijo el veterano.

Leónidas lo miró.

—No se trata de adelantarse.

Una pausa.

—Se trata de no ser alcanzados ahí.

El silencio cayó.

Pesado.

Irreversible.

Porque ese lugar…

no podía ser defendido como los anteriores.

No había forma.

No había estructura.

No había identidad fija.

—¿Cómo se protege algo que aún no es? —preguntó el joven.

Leónidas no respondió de inmediato.

Porque la respuesta…

no era una acción.

Era una renuncia.

Cerró los ojos.

Y en ese instante…

dejó de sostener lo que sabía de sí mismo.

No su historia.

No su nombre.

No su rol.

Todo.

Y por un momento…

no fue Leónidas.

No fue rey.

No fue guerrero.

Fue… decisión sin forma.

El impacto no fue visible.

Pero fue absoluto.

El espacio se contrajo.

No en tamaño…

en definición.

—¿Qué está haciendo…? —susurró el joven.

El veterano no respondió.

Porque lo sentía.

—Está… soltando todo lo que puede ser tomado…

El silencio se tensó.

Y en ese silencio…

algo cambió.

La forma…

no pudo ajustarse.

No pudo anticipar.

No pudo replicar.

Porque no había nada…

que pudiera identificar.

—No puede seguirlo… —murmuró el veterano.

Leónidas no respondió.

Porque en ese instante…

no había un “él” que respondiera.

El joven cerró los ojos.

Intentó hacer lo mismo.

Pero dudó.

Y en esa duda…

todo volvió.

Su nombre.

Su miedo.

Su necesidad de entender.

Y en ese instante…

la forma se ajustó.

—No… —susurró.

El aire se tensó.

El espacio vibró levemente.

—No puedo…

Leónidas abrió los ojos.

Y en ese instante…

lo comprendió.

No todos podían hacerlo.

—No intentes dejar de ser… —dijo—… deja de aferrarte a lo que eres.

El impacto fue inmediato.

El joven respiró.

No para calmarse.

Para soltar.

Y entonces…

por un instante…

no fue nadie.

El silencio cayó.

Y en ese silencio…

algo se abrió.

Un punto.

Más profundo que cualquier otro.

Más allá del origen.

Más allá del tiempo.

La forma no se movió.

No pudo.

Porque en ese lugar…

no había nada que pudiera tomar.

—Esto… —susurró el veterano—… esto no puede ser alcanzado…

Leónidas lo sintió.

Y en ese instante…

sabía que era cierto.

Pero no absoluto.

—No por ahora…

El silencio se tensó.

Porque esa frase…

no era definitiva.

La forma se reorganizó.

No intentando entrar.

Intentando… comprender ese estado.

—Está aprendiendo… —dijo el joven.

Leónidas no apartó la mirada.

—Sí.

Una pausa.

—Pero aquí… le llevará más tiempo.

El viento no sopló.

El mundo…

no existía como antes.

Porque en ese lugar…

no había referencia externa.

Solo… decisión pura.

—Entonces este es el límite real… —murmuró el veterano.

Leónidas negó lentamente.

—No.

Una pausa.

—Esto es lo que queda… cuando no hay límite.

El impacto fue inmediato.

El silencio se volvió insoportable.

Porque esa diferencia…

no tenía forma de sostenerse por mucho tiempo.

—No podemos quedarnos aquí… —dijo el joven.

Leónidas asintió.

—No.

Una pausa.

—Porque no estamos hechos para existir sin ser.

El viento regresó.

Leve.

Distante.

Como si el mundo…

estuviera esperando que volvieran.

La forma se movió.

Y esta vez…

no intentó entrar.

Esperó.

—Está esperando que volvamos… —murmuró el veterano.

Leónidas lo miró.

—Sí.

El silencio cayó.

Pesado.

Irreversible.

Porque sabían…

que no podían quedarse allí.

Y sabían…

que al volver…

todo cambiaría otra vez.

Leónidas abrió los ojos completamente.

Y en ese instante…

volvió a ser.

Pero no como antes.

Algo en él…

ya no podía ser tomado.

—Regresamos… —dijo.

El viento sopló.

El espacio volvió.

La forma…

también.




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