Otro día normal en el Instituto Nuri High School.
Los estudiantes ya estaban preparados. Sabían lo que venía. Porque, a la misma hora, en la misma calle, el mismo chico aparecía con su patineta a toda velocidad.
Pero esta vez no era una.
Eran dos patinetas.
—¡Más rápido, Hoseok! ¡Vamos!
Jungkook iba adelante, con su maleta de Iron Man ondeando al viento, su cabello negro volando desordenado y los ojos brillando con esa adrenalina que lo definía. A su lado, Hoseok reía a carcajadas, su cabello castaño oscuro saltando al ritmo de la velocidad, las manos firmes en el manubrio.
—¡El primero en llegar paga la comida!
—¡Corre, corre, corre!
Los dos avanzaban como si el asfalto les perteneciera. Esquivaban autos, estudiantes y postes con una precisión que solo la costumbre podía dar. La gente ya no se asustaba; simplemente se apartaba y rodaba los ojos.
Hasta que, en la entrada del instituto, apareció él.
El profesor Kang Jaehyun estaba plantado en medio del camino, con los brazos cruzados y un palo en la mano. Su expresión era la de un juez que ha visto el mismo crimen demasiadas veces.
Los dos chicos abrieron los ojos.
—¡Profe, quítese!
—¡Frena, frena, frena!
Frenaron con todas sus fuerzas. Las patinetas chirriaron contra el suelo.
Pero algo falló.
El freno de Jungkook se rompió.
El de Hoseok también.
Ambos siguieron directo hacia el profesor.
Jaehyun intentó esquivarlos con un giro imposible, pero la inercia lo arrastró y terminó cayendo dentro de los mismos arbustos donde Jungkook ya era cliente frecuente.
Silencio.
Jungkook y Hoseok asomaron la cabeza entre las hojas, con las patinetas a los costados.
—Profe… ¿está bien?
—¿Se golpeó?
Desde el arbusto, Jaehyun intentaba acomodarse, con hojas en el cabello y ramitas en los hombros. Su dignidad de profesor estaba por el suelo.
En ese momento, un estudiante pasó corriendo, rozó el arbusto y lo empujó aún más hacia adentro.
Los dos chicos señalaron al culpable que huía.
—¡Él fue!
—¡Nosotros no hicimos nada!
Jaehyun intentó salir otra vez, pero ya era tarde. La vergüenza era demasiado grande.
Jungkook y Hoseok intercambiaron una mirada cómplice.
Y salieron corriendo.
—¡Los voy a castigar todo el año! —gritó el profesor desde el arbusto, pero ellos ya estaban lejos, riendo como niños que se han salido con la suya.
Corrieron por los pasillos, esquivando estudiantes, hasta que chocaron de frente con alguien.
Min Yoongi.
Los tres se miraron.
Jungkook y Hoseok, agitados, con las risas aún en los labios. Yoongi, con los audífonos puestos, la mirada fría y el cabello azul desordenado.
Pero había algo distinto en su expresión.
No era indiferencia.
Era… curiosidad.
Detrás de ellos, el profesor Jaehyun salía del arbusto con hojas en la cabeza y el palo en alto, gritando promesas de castigo eterno.
Yoongi observó la escena.
Y una pequeña sonrisa se escapó de sus labios.
No dijo nada. Solo los miró un segundo más y siguió caminando.
Pero Jungkook y Hoseok lo notaron.
—¿Viste eso? —susurró Jungkook.
—Sonrió —respondió Hoseok, con los ojos abiertos—. Ese chico frío… sonrió.
El día transcurrió entre clases, miradas y susurros.
Pero, al salir, Jungkook y Hoseok ya tenían un plan.
Habían escuchado que en un callejón cercano al instituto se organizaban competencias de rap. Y la curiosidad los llevó hasta allí.
Llegaron cuando el sol comenzaba a ocultarse. El callejón estaba lleno de estudiantes de distintas escuelas, todos rodeando un pequeño escenario improvisado.
Y en el centro, con un micrófono en la mano, estaba él.
Min Yoongi.
Rapeaba con una fluidez que dejaba sin aliento. Cada palabra golpeaba como un puño; cada verso tenía un peso que no esperaban. Su rostro, siempre frío, ahora estaba encendido. Sus ojos, antes distantes, brillaban con una pasión desconocida.
Jungkook y Hoseok se quedaron inmóviles.
—¿Cómo…? —murmuró Hoseok.
—¿Pensabas que era aplicado? —respondió Jungkook, sin cerrar la boca.
—Nunca imaginé que rapeaba así…
La competencia terminó. Yoongi bajó el micrófono y se giró.
Los vio.
Se acercó con las manos en los bolsillos. Su mirada seguía siendo seria, pero había algo diferente.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó, como si no le importara.
Jungkook y Hoseok se miraron. En un segundo, Jungkook señaló a Hoseok.
—¡Él tuvo la idea!
Hoseok lo miró, indignado.
—¡Pero tú la pensaste!
—¡Yo solo dije “qué raro” y tú dijiste “vamos”!
—¡Porque tú me miraste con esa cara de emoción!
—¿¡Qué cara!?
Yoongi los observó discutir sin intervenir. Ambos seguían señalándose, moviendo las manos, intentando justificarse.
Entonces soltó una risa corta.
No era burla.
Era diversión.
—Ustedes son patéticos.
Jungkook y Hoseok se quedaron en silencio.
—¿Te unes? —preguntó Hoseok, sin pensarlo.
Yoongi los miró. Sus ojos pasaron de uno a otro, evaluando.
—¿A qué?
—A esto —dijo Jungkook, señalando el callejón, la música, la noche que apenas comenzaba—. A lo que sea.
Silencio.
Yoongi bajó la mirada un instante. Parecía buscar una excusa.
Pero cuando levantó la cabeza, algo había cambiado.
—Bien —dijo, con la misma frialdad de siempre, pero con un brillo nuevo en los ojos—. Pero no esperen que sea fácil.
Jungkook y Hoseok sonrieron como si hubieran ganado la lotería.
Esa noche no eran solo tres chicos en un callejón.
Eran tres que, sin saberlo, acababan de encontrar algo que ninguno sabía que necesitaba.
Los días siguientes, el profesor Kang Jaehyun los buscaba por todo el instituto.
—¡Hoseok! ¡Jungkook! —gritaba desde la entrada, con el palo en alto y la paciencia agotada—. ¡Ya sé que andan con Yoongi! ¡Los tres van a pagar!