Los días pasaron y algo había cambiado en el Instituto Nuri High School.
Ya no eran dos. Ya no eran tres.
Eran cuatro.
Jungkook y Hoseok llegaban en sus patinetas, como siempre. Yoongi los esperaba en el mismo muro, con los audífonos puestos, como siempre. Y ahora había uno más.
Kim Seokjin.
No llegaba en patineta. No esperaba en ningún muro. Pero estaba ahí, corriendo detrás de ellos, con su uniforme impecable y una sonrisa que ya no era la de siempre.
Era más real.
—¡Jin, vas a llegar tarde otra vez! —gritaba Jungkook.
—¡Tú también llegas tarde todos los días!
—¡Pero yo tengo patineta!
—¡Yo tengo piernas!
—¡Eso es triste!
Yoongi los observaba desde atrás, negando con la cabeza. Pero no se iba.
Nunca se iba.
En algún rincón del instituto, alguien los observaba.
Kim Namjoon estaba apoyado contra la pared del segundo piso, con un bombón en la mano. Su cabello rosado caía con elegancia, y sus ojos café claro seguían el movimiento de los cuatro en el patio.
Los había visto antes.
A Jungkook y Hoseok, siempre en problemas.
A Yoongi, el chico de los audífonos que no hablaba con nadie.
Y ahora a Jin.
El mismo que me llamó patético, pensó Namjoon, recordando aquel encuentro en el pasillo. Y ahora anda con ellos como si nada.
Mordió el bombón con más fuerza de la necesaria.
No le importaba.
O eso intentaba decirse.
Se dio la vuelta y se alejó de la ventana.
Pasaron los días.
Y Namjoon no dejaba de mirarlos.
No era que quisiera unirse. No era eso.
Era que no entendía qué tenían ellos que él no.
Jungkook era un alborotador. Hoseok, un bailarín que reía de todo. Yoongi, un ermitaño con audífonos. Jin… un chico que solo sabía ser bonito.
¿Por qué ellos sí… y él no?
No me importa, se repetía.
No me importa.
En la clase de literatura, el profesor Kang Jaehyun le pidió que leyera su ensayo en voz alta.
Namjoon se levantó, tomó el papel y comenzó:
—«La escuela es una fábrica de obediencia. Nos enseñan a levantar la mano para pedir permiso para ir al baño, a memorizar fechas que olvidaremos al día siguiente, a callarnos cuando tenemos una idea diferente. No nos preparan para la vida. Nos preparan para seguir órdenes».
El salón quedó en silencio.
Jaehyun apretó los labios.
—Si eso piensa, Kim Namjoon —dijo con voz fría—, entonces no necesita estar aquí. Dígame: si la escuela no sirve, ¿qué propone?
Namjoon sostuvo su mirada.
—Libertad.
—¿Libertad para qué?
—Para pensar. Para equivocarse. Para no tener que pedir permiso para todo.
Jaehyun esbozó una sonrisa que no tenía nada de amable.
—¿Como sus amigos del patio? Los que llegan tarde, se escapan de clases y viven como si las reglas no existieran.
Namjoon frunció el ceño.
—No son mis amigos.
—No, claro. Pero los observa. Todos los días. Desde la ventana. Como si quisiera estar ahí.
Los murmullos comenzaron.
—No los miro.
—Entonces no le importará que les diga que fue usted quien provocó su castigo.
—¿Qué?
Jaehyun sacó su celular.
—El grafiti del baño: “la escuela es un fraude”. Los encargados de limpieza lo vieron. No tengo pruebas suficientes para sancionarlo… pero sí puedo castigar a quienes siempre están en problemas.
—No son mis amigos —repitió Namjoon, tensando la mandíbula.
—Lo serán cuando descubran quién los metió en esto.
El silencio fue absoluto.
Namjoon no dijo nada más.
Se sentó.
Y, por primera vez, sintió que había ido demasiado lejos.
Esa tarde, en el patio, los cuatro estaban juntos.
Jungkook hacía piruetas en el aire. Hoseok reía a carcajadas. Yoongi estaba apoyado en una columna, con los brazos cruzados. Jin hablaba con entusiasmo, gesticulando.
Namjoon los observaba desde la ventana.
Pero esta vez no era curiosidad.
Era culpa.
Dos días después, el profesor llamó a los cuatro a su oficina.
—Por la falta de respeto de su compañero Kim Namjoon hacia la institución, y por su comportamiento constante, quedan castigados. Limpiarán los murales del pasillo principal toda la semana.
Jungkook abrió la boca para protestar.
—Y si dicen algo más, será una semana adicional —interrumpió el profesor.
Salieron en silencio.
—¿Y nosotros qué hicimos? —preguntó Jungkook.
—Nada —respondió Hoseok.
—Por eso nos castigan —murmuró Yoongi.
Jin guardó silencio.
Pero sus manos temblaban.
Esa tarde, mientras limpiaban, Namjoon pasó por el pasillo.
Se detuvo.
No quería hacerlo.
Pero no pudo evitarlo.
Los cuatro estaban ahí: cansados, manchados, en silencio.
—¿Y bien? —dijo Jungkook, sin girarse.
Namjoon no respondió.
—¿Vas a disculparte o solo viniste a mirar? —preguntó Hoseok. Su voz no tenía rastro de risa.
—No fue mi culpa —dijo Namjoon, más duro de lo que pretendía.
Jin se giró.
—Entonces, ¿quién escribió en la pared? ¿Quién dijo que la escuela no servía? ¿Quién permitió que nos castigaran por su culpa?
—No los señalé.
—No —respondió Jin—. Solo dijiste que no éramos tus amigos.
Silencio.
Yoongi se quitó un audífono.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo en voz baja—. Que nosotros sí te habíamos notado.
Namjoon levantó la mirada.
—Jungkook decía que eras valiente —continuó—. Hoseok quería bailar contigo. Jin decía que escribías bien. Y yo… pensaba que eras diferente.
Algo se rompió dentro de Namjoon.
—No vine a disculparme —murmuró.
—Entonces, ¿a qué viniste? —preguntó Jungkook.
Namjoon no respondió.
Se dio la vuelta.
Y se fue.
Nadie lo detuvo.
Esa noche no durmió.
Las palabras de Yoongi se repetían en su mente.
Nosotros sí te habíamos notado.
Se dio cuenta de algo.