Los primeros pasos al cruzar el supermercado se callaron con el zumbido en mis oídos.
El silencio… no era normal. Era como si el aire mismo evitara hacer ruido por miedo a despertar algo.
Luis tomó la lista de insumos y se desvió por el primer pasillo junto al Arquero.
Hunter se quedó, vigilando desde dentro, mientras el resto de los hombres de Eliot se dispersaban entre los pasillos.
—Dame la linterna y espérame aquí. Volveré pronto... Iré por el insecticida que pidió Alisson —dije.
Y Hunter me detuvo antes de avanzar.
—¿Para qué? Ya vimos que la primera vez no funcionó.
—Alisson notó algo…— Respondí, intentando sonar seguro—. Quizá yo no lo vi, o tal vez solo le pareció extraño ver tantas latas tiradas en las calles.
La verdad, temía que estuviera equivocada.
Mientras tanto, Eliot y los suyos llegaron a la otra la salida. Entrandon sin romper fila
—Traigan la camioneta. El resto ya sabe qué hacer —ordenó Eliot.
Aquellas órdenes se movieron entre las bodegas y pasillos del personal para encontrar los paneles de luz.
Yo tomé rumbo al fondo, por el pasillo de las prendas de marcas que ahora solo valían menos que nada.
Cubría la linterna con la palma cada cinco segundos.
Iluminaba, cuatro pasos, volvía a taparla. Así, continuamente.
Como si una luz muy constante pudiera llamar la atención.
Llegué al pasillo siete encontrando la mayoría de cosas por los suelos.
La linterna iluminó por fin los anaqueles de insecticidas. Había docenas, daba igual si cumplían el mismo objetivo.
Y entonces lo sentí.
Un olor ácido, penetrante.
Como metal húmedo con pus, y algo más... podrido. Rosaba mi nariz.
Me quedé inmóvil.
La linterna bailó al temblarme el pulso.
Dirigí la visita hacia abajo... y allí estaban.
Unas raíces negras, retorcidas, como venas gordas e hinchadas, salían de entre las baldosas rotas del piso.
Palpitaban… como si respiraran.
A un lado, justo entre dos estantes, se alzaba un capullo. Adentro... algo se movía y colgado en una asquerosa placenta con partes humanas incubando lo que se alimentaba allí dentro.
La luz lo tocó…
Y el movimiento aumentó.
Era como si el embrión sintiera la linterna, como si la buscara.
Las formas dentro comenzaron a retorcerse, la membrana temblaba…
Liberando pequeñas burbujas de líquido amarillento. El olor aumentó.
Me encontraba en medio del nido. Hasta donde alcancé a contar, había más de cien huevecillos moviéndose frente a mí.
Mientras tanto, en el centro comercial, Alisson observaba cómo la gente, acalorada y sofocada, se detienen alrededor de las hieleras para tomar agua fría.
—¿Qué no pueden encender el aire acondicionado? —molesto preguntó un sujeto a uno de los guardias.
—La plaza se quedó sin energía. Ahora retírese —respondió el guardia.
En ese momento, Alisson notó a una señora sola, tendida en uno de los camastros, tratando de controlar su respiración. Se acercó con cuidado, agachándose a su altura.
—¿Estás bien? ¿Necesitas algo? —preguntó con gentileza.
La mujer desvió la mirada, algo ida, pero alcanzó a responder:
—Sí... estoy bien.—
Alisson asintió y estuvo a punto de marcharse, cuando la mujer la detuvo con un leve gesto.
—Tengo... mucha sed. — dijo, apenada, alzando la botella vacía que alguna vez contuvo su ración diaria.
Alisson miró alrededor. No solo ella, todos se veían igual de exhaustos.
—¿Cómo te llamas?— pregunta.
—Luisa. Me llamo Luisa.—
El nombre no la sorprendió; en un sitio tan pequeño como ese, no era raro conocer a todos, al menos de vista.
—Voy a traerle más agua, Luisa... ¡Para todos! —agregó, elevando la voz.
Sin perder tiempo, ordenó a los ayudantes de Eliot que llevaran más hielo y agua a los refugiados. Pero por su propia tranquilidad, fue ella misma por otra botella para Luisa.
Al atravesar las puertas hacia la zona de refrigeradores, notó algo: los congeladores y refrigeradores funcionaban con normalidad. Como si la electricidad nunca se hubiera ido.
El resto del personal cruzaba por los pasillos, con la certeza de que lo sabían.
Nadie hacía preguntas.
Pero Alisson sí.
—“Si todo sigue refrigerado... ¿por qué rayos Eliot fue al supermercado?” — Se preguntó en silencio.
De vuelta en el supermercado.
No lograba entender lo que estaba viendo. ¿Quién... o qué colocó esos huevecillos aquí?
Solo podía pensar en los infectados... vomitando restos humanos semi masticados, y dentro de esos vómitos, estas cosas... No podía ni nombrarlas.
Se me revolvía el estómago.
Intenté retroceder, pero justo detrás de mí algo crujió: uno de los huevecillos reaccionó a la linterna y comenzó a romperse.
Iluminé con más fuerza. Dentro, una figura se movía, viva... y me estaba mirando. Eso no fue lo peor.
Seis patas velludas rompieron la membrana transparente, y sin previo aviso salió disparada hacia mí, moviéndose con una velocidad repugnante, como una cucaracha mutada.
No podría darle con el dispensador... Solo el insecticida.
Rocié de inmediato, tanto que pude formar una nube de esa cosa.
El gas actuó como ácido sobre la criatura, que se retorció y liberó un chillido agudo, un zumbido espeso que me heló la sangre.
Me resultó más facil dispararle con el dispensador; a pesar de eso lo seguí con la linterna viendolo escapar entre los corredores.
No esperé a que esa cosa se desquitara conmigo.
Corrí por el pasillo, y aunque el ruido ya me había delatado, comencé a rociar todos los capullos a mi paso con la esperanza de detener lo que fuera que incubaban.
Mientras tanto, Eliot llegaba a los paneles de luz, acompañado por dos de sus hombres.
—Activa el sistema, rápido —ordenó.
Uno de sus asistentes dudó.
—Eliot... nuestros aliados aún están adentro.
Pero Eliot no respondió. Presionó el interruptor.