Me dolía el pecho con cada intento por respirar.
Juraría que acababa de correr el último kilómetro en menos de tres minutos.
La avenida Insurgentes estaba infestada.
Cuerpos malformados, hinchados, huevecillos sin eclosionar, se amontonaban.
El hedor era peor que dentro del supermercado, tanto que me dieron náuseas.
—¿El insecticida funcionó? —me pregunté, pero era imposible saberlo.
Los insectos no eran un indicio claro... y tampoco podía llevarme todo el mérito.
Al menos, las malditas latas habían servido de algo.
Al llegar al estacionamiento vimos que la entrada al centro comercial seguía despejada. Allí nos alcanzaron Hunter y los demás.
Hunter cargaba a Luis sobre los hombros, dándole un respiro que permitió al Arquero avanzar sin detenerse.
—¡¿Qué carajos pasó allá dentro?! —exigió el Arquero con la voz ronca.
Todos intentamos explicarnos al mismo tiempo. Pero cuando Alberto mencionó lo del revólver... todo encajó.
Entramos al centro comercial.
El murmullo de la gente se colaba desde los pasillos del área de empleados.
Una reunión improvisada.
Eliot estaba allí, al centro, como si nada hubiera ocurrido. Su voz dominaba la charla.
La asamblea se interrumpió de golpe al vernos llegar.
—Vaya, ahí están. ¿Dónde se habían metido? ¿Trajeron la despensa? —preguntó con cinismo.
No lo pensé dos veces.
Me lancé hacia él y le solté un puñetazo directo a la nariz.
La sangre saltó, manchando el suelo y mis nudillos.
Los murmullos de la multitud se dividieron de inmediato.
—¿Qué crees, Eliot? —le escupí—. El revólver no tenía balas.
Se quedó agachado, con la mano en la cara... y sonrió.
Una sonrisa breve, falsa, que borró al instante.
—¿De que hablas wey?, el arma estaba cargada. No sé qué pasó —dijo levantando las manos, calmando a sus guardias con un gesto casi teatral.
Alzó la voz hacia Alberto.
—Déjame ver el arma...—
—Vamos, carajo. No te la voy a quitar.—
Finalmente Alberto cedió.
Eliot abrió el cilindro... y las balas estaban allí. Todas.
Su sonrisa volvió, más cruel que antes.
—¿Que no había balas? —se burló, mostrándonos la recámara llena—. ¿Qué es esto? ¿Paranoia?
Puedo entenderlo de este imbécil... pero de ti, Yetzel... ¿en serio?
Alberto explotó, con la voz quebrada.
—¡Alguien encendió las luces cuando estábamos dentro del supermercado!
Eliot tomó una toalla y se limpió la sangre con calma.
—Sí. El anciano. No veía nada en la oscuridad. Necesitábamos luz. No imaginé que se complicara tanto.
Todos dieron por hecho que el viejo había muerto.
Pero yo sabía que Eliot mentía.
—¿Sabes cuántos murieron allá dentro? —le pregunté, buscando inclinar la balanza.
El silencio no duró.
Alguien gritó desde la multitud:
—¡No importa! Ese cabrón robó la mitad de los postres y se acabó el alcohol.
Una chica añadió:
—Se lo merecía! Él y el otro sujeto... Los mismos que siempre me acosaban... murieron.
Entonces lo entendimos.
No veían a los muertos como pérdidas, sino como basura que se había eliminado sola.
Parásitos.
Peores que los infectados.
Algunos salieron tambaleando de un bar improvisado, botellas en mano, celebrando. Hasta que callaron cuando sintieron la tensión de todo el mundo.
No iba a permitir que la moral torcida de Eliot y su rebaño nos arrastrara.
Nosotros no éramos como ellos.
Y si lo éramos... no me importaba.
Nos alejamos, directos a la habitación del hotel del centro comercial.
—Perdí la señal de nueve jugadores más —anunció Hunter al entrar en la habitación.
—La última fue Amanda Noble, de Chile. Su Droit era Venator, ¿recuerdas? Una fusión de velociraptor con tejón de miel.—
El silencio cayó. Aunque Amanda no estuviera aquí, su ausencia pesaba en todos como si fuese una sombra en la sala.
—Venator, eh… vaya. Amanda tenía talento —murmuré, casi para mí mismo.
—Yetzel, tenemos que irnos —insistió el Arquero.
—¿Ahora sí quieren largarse? ¿No eran ustedes los que aseguraban que aquí estábamos más seguros? —solté con rabia contenida.
—¿Te encanta tener siempre la razón, no? —replicó Alberto.
No me molestaba huir. Lo que me consumía era el recuerdo de que casi me matan. Peor aún: me tomaron por sorpresa. Eliot lo sabía, él se sentía amenazado, no por lo que podía hacer yo… sino por la lealtad que mi grupo me tenía.
—Si seguimos aquí, encontrarán la manera de deshacerse de nosotros. Y no creo que tengamos tanta suerte la próxima vez —advirtió el Arquero, con esa calma que ocultaba urgencia.
Hunter salió un momento. Cuando volvió, arrastraba de un brazo a Alisson, que forcejeaba con todas sus fuerzas.
—¡Estúpida mocosa! ¿Qué escuchaste? —bramó Alberto, alzando la voz, hasta que Luis se lanzó sobre él y lo apartó.
—No quiero problemas, pero necesito que me lleven con ustedes. A mí y a mi hermano… —suplicó Alisson temblorosa.
Todos me miraron. La decisión recaía sobre mí, como siempre. Dudé, claro que dudé, pero sabía que tarde o temprano esto iba a suceder.
—Puedes venir —respondí
No hubo tiempo para celebrar la decisión. Las luces se apagaron de golpe y, de pronto, un coro evangélico irrumpió en la plaza con un canto que desgarraba el silencio.
El aire se volvió espeso, sofocante. Esa sensación me heló la sangre.
Frente a todos estaba Eliot, sosteniendo una vela, dirigiendo una especie de ceremonia.
—Tranquilos —dijo con una sonrisa torcida—. Nadie podrá hacernos daño. Mi palabra los guiará hacia la salvación.
Llantos y lamentos se mezclaban en la multitud. Desde la distancia, observábamos con horror a los que caían bajo sus palabras.
—Las vidas que se perdieron hoy son los pilares de nuestro nuevo comienzo. No lo vean como una amenaza, sino como un regalo —proclamaba Eliot, casi en trance.