Lethe

Capitulo 2

Sangre, es lo primero que verás en los prados que una vez recorrí cuando era niño, Aethelgard estaba en una guerra constante, 4 clanes: Celestiales, demonios, hechiceros y humanos en busca de más poder, o tal vez solo ver quien era el mejor, nunca sabes cuando sera tu ultimo dia, si será cuestión de horas o días.

Había regresado del campo para ver como mi hogar, mi familia se reducía a cenizas, a un silencio tormentoso que solo me hizo caer y derramar lágrimas, ¿Que clase de castigo es este?, ¿Que hice para merecer esto?.

Durante dos días me quedé entre escombros llorando, pronto esas lágrimas se transformó en dolor y ese dolor en ira, una ira que me hizo pensar quien fue el que hizo esto, no fue hasta que vi aquellas armas del clan celestial que me di cuenta lo que realmente había pasado.

Mi pueblo jamás tuvo la intención de meterse en esta guerra. Nadie fue obligado, nadie levantó un arma por ambición o fe ciega. Vivíamos en paz, aferrados a una rutina sencilla, creyendo ingenuamente que la neutralidad bastaría para mantenernos a salvo. Éramos un lugar pequeño, olvidado, donde la vida seguía su curso sin pedir permiso a los dioses.

Todo cambió por la compasión de un anciano.

Había perdido a toda su familia en una epidemia que arrasó sin misericordia. Cuando encontró a aquel niño abandonado en los límites del bosque, marcado con el sello inconfundible de la raza demoníaca, no vio un presagio ni una amenaza… vio a un niño solo. Un reflejo de su propia pérdida. No tenía intención de lastimar a nadie; era tímido, silencioso, y temblaba cada vez que alguien alzaba la voz. El anciano lo cuidó como a un hijo, y el pueblo, pese a pertenecer a un clan que otros llamaban “peligroso”, decidió protegerlo. Lo alimentamos, lo vestimos, lo dejamos crecer entre nosotros. Creímos que eso era lo correcto.

Qué equivocados estábamos.

Según escuché de los viajeros que merodeaban el lugar cuando regresé demasiado tarde, la raza celestial se dio cuenta de nuestro “error”. No intentaron entender, no preguntaron, no escucharon. Para ellos, la misericordia fue traición. Nos juzgaron sin rostro ni nombre, y descendieron sobre el pueblo como un castigo divino.

No les importó quiénes éramos.

Adultos.

Ancianos.

Niños…

Bebés.

Para ellos, todos éramos culpables.

A veces aún puedo escuchar los gritos mezclados con el sonido del fuego, el olor de la sangre impregnado en la tierra que alguna vez llamé hogar. Y lo peor no es el recuerdo de la masacre… es el remordimiento. El pensar que, tal vez, si hubiéramos sido cobardes. Si hubiéramos entregado al niño. Si hubiéramos cerrado los ojos y el corazón… quizá seguirán vivos.

Golpe

Golpe.

Golpe...

Entrené hasta que mis manos sangraron y mis huesos crujieron. Hasta que el cansancio me robó el sueño y la vista se me nubló. Me fortalecí no por orgullo, sino por culpa. Cada movimiento era una disculpa que nunca pude decir, cada herida una penitencia. Poco a poco, el entrenamiento que yo mismo me impuse me permitió enfrentar incluso a bestias más grandes que yo, pero ninguna victoria lograba silenciar las voces de los muertos.

Mi meta era una sola, la única que me empujaba a seguir respirando: acabar con la raza celestial. No por justicia divina, sino por venganza humana. Incluso si eso significaba destruirlos desde dentro, pudrir su fe con sus propias contradicciones.

Me dediqué a cazar demonios, a proteger pueblos, a convertirme en un escudo para aquellos que aún creían en los cielos. Lo hice con un propósito retorcido: que la misma raza que nos exigía veneración y obediencia ahora necesitara de mí como su guardaespaldas. Que confiaran en mis manos manchadas, sin saber que cada latido de mi corazón era un recordatorio de lo que me arrebataron.

Porque mientras ellos me veían como un protector… con eso era más que suficnete para cubrir esos gritos de dolor en mi cabeza.

Yo nunca dejé de verme como un superviviente culpable.

No recuerdo cuantos años tuve que necesitar para que sus ojos se fijaran en mí, y sin dudar, con el propósito de “proteger a los buenos” decidí unirme a ellos como su escudo.

Mi plan…

Mi sangre, sudor, golpes, valdría la pena.

En este punto no me importaba si perdía una extremidad o mi propia vida, siempre y cuando cumpliera mi misión.

—Acompáñame— Habló aquel ser celestial, las leyendas contaban de 6 arcángeles que serían la élite de la raza celestial, quien me escoltaba era uno de ellos.

Era fácil de saberlo ya que sus alas eran más blancas que la nieve, y medían más de 2 metros, nadie sabía cuáles eran sus puntos débiles, así que sería cuestión de prueba y error…

—Estarás aquí junto a los guerreros proporcionados por Eldoria, esta purga divina la ganaremos nosotros, con la mano guía de la luz— Esbozo una sonrisa, al parecer se llamaba Oriel.

—Haré todo lo que esté en mis manos para proteger a los ganadores de esta guerra— Grite arrancando mi sed de sangre por una de esperanza, con mano en pecho me acerque a los soldados entrenados.




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