EMPIEZA EL JUEGO
Todos comienzan con fichas. Yo empecé con cicatrices
—¡De todos los lugares que tenías en el mapa, tenía que ser mi casa! —exclamó Kendall, frustrada, con ese tono que usaba cuando sentía que le estaba fallando a su conciencia. Me di la tarea de reírme. Es decir, cuando ella se colocaba de ese modo, ¿cómo no hacerlo?—. ¿Puedes explicarme qué tiene esto de gracioso, Arabella? —bufó, del todo indignada.
Estaba tirada en su sofá, como si el hecho de que dos malditos clavos sueltos me estuvieran rastreando por todo Londres no fuera más que una nota al pie en mi día. Su apartamento, a las afueras de Liverpool, era mi refugio improvisado mientras esperaba que los fragmentos de mi encargo se fusionaran para que así mi trabajo llegara a su fin.
—Era el único lugar que tenía cerca, cariño —me guardé una sonrisa breve al escucharla resoplar.
—Es el único lugar en donde esconderte no te es una opción y estas cuatro paredes están cercadas por una sola vía de escape que, para tu favor, es la misma que la vía de entrada —corrigió entre dientes.
Sí. Amaba lo inteligente y perspicaz que esa mujer era. Por algo era mi única mejor amiga.
—Aun así fuese en la plaza que está abajo, no tengo por qué esconderme. El noventa y ocho por ciento de mi tarea salió tal y como se esperaba, Kends. No tengo culpa que el otro dos por ciento resultaran no estar en el lugar cuando hice la limpieza.
—Ahora resulta —volvió a resoplar de muy mal humor.
Me crucé de piernas mientras le regalaba un guiño coqueto.
—No entiendo de qué te quejas. No es como si fuera la primera vez que pasamos por esto.
—Exactamente que no sea la primera vez que haces esto es la razón por la cual me molesto, Arabella —abrí la boca para refutar, pero ella fue más rápida—. Bien. Olvida que siempre que algunos de tus porcentajes se te escapa de las manos, decides no seguir buscando y esparses pistas para que te consigan y te haces la vida más fácil. Olvida incluso que dejas mi casa patas arriba cada vez que te da la gana de soltar la carnada aquí. Dios, incluso olvida el hecho de que sé que me vas a soltar tu estúpido discurso de cómo Harrison tendrá algún personal para sacarnos a ambas de aquí y arreglar el desastre que se dejó si te dejo abrir la boca —sus ojos se estrecharon a tal punto que me hicieron suspirar de fastidio. Ya sabía la conversación que se avecinaba y no era una de mis favoritas—. ¿Qué tanto más tiempo piensas seguir sumergida de cabeza en toda esta mierda, Bells? ¿Qué tanto...?
—Kendall —advertí, dándole un sorbo a mi copa medio llena de alcohol transparente.
—"Kendall" ni mierdas, Arabella —replicó enfadada—. ¿Qué esperas para salir del horrible hueco en donde estás? ¿Qué tantas matanzas a sueldo piensas seguir aceptando hasta que te des cuenta de que lo que estás haciendo algún día va a terminar dejándote bajo tierra? Entiendo tus razones, pero sencillamente no puedes estar por siempre haciendo el trabajo sucio, Bells.
¿No? Como el infierno que sí. Un trabajo bien pagado y sin complicaciones podía continuar ejerciéndolo hasta que Harrison decidiera que ya no me necesitaba. Era un oficio que me permitía la libertad que necesitaba, la distracción a la que recurría y la venganza que anhelaba.
Y justo por eso y unas cuantas razones más, no tenía planes de dejarlo. Tampoco cuando mi cuenta bancaria sonreía tanto.
—Kendall —repetí una vez más, siendo consciente como el estrés de tener la misma conversación por los últimos años seguidos comenzaba a nublar mi escasa cordura.
—Toda esa mierda va a traerte muchos más problemas de los que ya tienes, Arabella —siguió, ignorándome.
—Kendall.
La bendita mujer sabía que no era bueno joder con lo mismo por tanto tiempo. Ella sabía que no debía empujar. No demasiado.
—¡Es la verdad! Algún día todo esto será demasiado para ti y ni tú vas a poder hacerle frente —explotó, con esa exasperación que solía usar cuando necesitaba que entendiera su punto de vista.
Lástima que ese punto de vista yo había decidido enterrarlo por completo hace dos años, si es que sacábamos la cuenta.
La conversación era vieja. Habíamos tenido y discutido el mismo tema cientos de veces. Ella decía, yo decía, y acabábamos peleadas por diferentes opiniones por un par de horas. Sin embargo, —y esto podría nunca salir de mi boca—, en el fondo, en ese rincón oscuro de mi conciencia que rara vez escuchaba, sabía que tenía razón. Lo sabía. Pero no iba a dársela. Era más fácil morir con la mandíbula apretada que vivir admitiendo que a veces, solo a veces, el trabajo me exigía darle experiencias de mi vida que nunca tuve la oportunidad de experimentar.
—¡Basta! —corté de golpe, girando mi rostro hacia ella—. Ya sabes cómo va a terminar esta conversación y no tengo las ganas de pelear contigo justo ahora, Kendall.
Incluso si tenía razón, me negaba a concederle la victoria. Además, que yo estuviera sumergida hasta el cuello en este mundo era culpa de "papá". En él recaía toda la responsabilidad de que yo hubiese acabado haciendo lo que hacía, así que, ¿por qué no estar bien con toda la situación? Después de todo, que él tuviese a su legítima y única hija siguiendo sus pasos —y de vez en cuando hundiendo su culo— no debería ser una completa desgracia.
Aparté la vista de los ojos furiosos color miel de Kendall solo para enfocarme unos segundos en el celular desechable que el jefe me había enviado al aceptar el trabajo, tan solo para encontrar ni un solo mensaje de su parte. Le había dejado saber cómo estaban las cosas justo antes de trazar mi camino a casa de Kendall, cosa que debo de añadir que a él no le gustó ni un poco la idea, por lo que me informó que se pondría en contacto conmigo una vez que llegara al lugar.
Había pasado casi una hora de eso y aún nada de su parte.
Editado: 14.02.2026