NUNCA ACEPTES UN PAQUETE AL AMANECER
Si el infierno tenía agenda, claramente yo estaba incluida
—¿Estás bien?
La voz de Kendall me sacó de mis pensamientos. Bastó con girar con lentitud el rostro hacia el reloj de la pared para darme cuenta de que llevaba más de diez minutos con la mirada fija en los cuerpos desplomados frente a mí.
Kendall dejó de caminar como si pisara huevos en cuanto sacudí la cabeza con disimulo, intentando sacudirme la estática del peso de la declaración. Le dediqué una sonrisa breve y asentí. Fue suficiente. Inspiró profundo, como si al hacerlo pudiera despejar el hedor a pólvora y sangre, y comenzó a escanear la sala con el gesto de quien ve su casa arder en cámara lenta.
—Otro apartamento más a la lista —suspiró, pasándose una mano por el rostro antes de posarme la mirada encima—. Ahora puedes tachar Liverpool de tu mapa. ¿Qué otro nos queda? ¿Miami, tal vez?
Eso me arrancó una sonrisa real. Algo cínica, pero auténtica.
—El apartamento de Moscú tampoco ha visto desastre alguno —me encogí de hombros, divertida, cuando ella resopló—. Tampoco es para tanto, cariño. Un poco de cloro, cambio de alfombras, tapar unos agujeros y listo. Quedará como nuevo —señalé las paredes, el sofá medio desastroso y las manchas carmesí aún húmedas con total naturalidad.
—El apartamento puede que quede como nuevo, pero estoy segura que no voy a poder pegar el ojo en toda la noche sabiendo lo que pasó aquí —murmuró, frunciendo sus labios—. Esta era una de las viviendas más bonitas que había tenido...
No dije nada. Solo solté aire y me dejé caer en un espacio seguro del sofá con un suspiro, volviendo a fijar los ojos en los cadáveres, preguntándome una vez más qué diablos tenía que ver la 'Ndrangheta con asuntos ingleses. Claro que Kendall no me dejó profundizar demasiado. Se sentó frente a mí, con esa mirada que quemaba y ahí fue cuando solté otro suspiro. Largo. Cansado. Harto.
—Te juro que si con otro apartamento justo en el centro de Londres se te pasa esa mirada de funeral, le ruego a Harrison que te plante ahí mañana mismo. Pero deja de mirarme como si hubiese arrojado por la ventana tu absurda colección de perfumes infinitos, Kendall.
Dejé caer la cabeza en el respaldo, permitiéndome cerrar los ojos por unos segundos. Solo unos cortos segundos.
—Perdón por preocuparme por tu cuenta de ahorro, hija de perra —gruñó, cosa que me hizo soltar una carcajada sin poder evitarlo.
—A ti lo que te preocupa es que se te mande a vivir debajo de un puente mientras limpian todo este desastre luego de descontarlo de mi sueldo. No seas mentirosa.
Pasaron un par de minutos en completo silencio, hasta que me digné a abrir un ojo. La miré. Sonreí aún más cuando vi que sus ojos miel ardían con un odio delicioso.
—Te odio —musitó con rabia.
—Eso ni tú te lo crees —repliqué con una sonrisa burlona.
Me lanzó una mirada que, si pudiera, me habría incendiado viva. De pies a cabeza. Sus ojos centelleaban, y por un segundo creí que iba a lanzarme uno de los cojines ensangrentados. Maldita fuera si no lo intentó. Pero en lugar de eso, murmuró un par de maldiciones en alemán y luego cometió el desliz.
Giró la cabeza hacia los cuerpos.
Vi el espasmo. Pequeño, casi imperceptible. Pero lo vi. Y no me gustó. Ni un poco.
—Llevaba tiempo sin ver uno tan cerca —susurró, sin apartar los ojos.
Kendall había probado este mundo, sí. Metió los pies hasta los tobillos y salió corriendo antes de que la mierda la tragara por completo. Porque ella no estaba hecha para seguir en esto. Era demasiado dulce, demasiado humana. Demasiado frágil para lo real. Y ella lo sabía, aunque le costara admitirlo.
—Deja de mirarlos —ordené, seca. Volvió a mirarme. «Bien»—. Olvida eso de vivir debajo de un puente. Te mudarás conmigo a Miami en cuanto Harrison me contacte. No tengo dudas de que de verdad no pegarás un solo ojo incluso aunque todo esté tal y como lo tenías.
Arrugó la nariz.
—No me gusta estar mudándome cada que se te cruzan los cables con tus planes de último minuto, Arabella —se quejó, cruzándose de brazos—. También tengo una vida. Una que, por cierto, implica ir a trabajar mañana.
Le dediqué mi mejor mirada de disculpas... Aunque alcé una ceja. Lo uno no quitaba lo otro.
—Deja de hacerte de rogar y tan solo empieza a recoger tus cosas. Puedes hacer lo que quieras, te juro que sí, menos rechazar una casa bonita y espaciosa, con vista al mar y quizás un par de "ojitos bonitos" masculinos.
Soltó un leve gruñido, como quien no quería dar el brazo a torcer, pero la noté. Esa pequeña curva en la comisura de su boca. Una sonrisa, tan fugaz como real. Asintió sin más y desapareció por el pasillo.
«Gracias a todo lo bendito».
Entonces el teléfono desechable en el bolsillo trasero de mi pantalón empezó a vibrar con insistencia. Me puso alerta. Lo saqué sin mirar, presioné el botón y lo llevé al oído.
—¿Está listo? —preguntó la voz rasposa de mi susodicho jefe.
—Tardaste lo que te dio la gana —repliqué, algo malhumorada.
—Encargarme de tus planes de mierda al último segundo requiere tiempo y personal que no tenía disponible en ese momento para salvarte el culo, Arabella —espetó, sin duda irritado.
Tarareé en respuesta.
—Cómo tú digas. ¿El equipo de limpieza está en camino? El lugar está un poco... colorido.
Silencio.
Casi pude verlo, del otro lado del teléfono, apretándose el puente de la nariz con los ojos cerrados. Era una imagen que me reconfortaba más de lo debería. Saber que lo exasperaba con éxito era, en medio de todo, una pequeña victoria personal. Sin embargo, había otras cosas de las qué preocuparme en esos momentos.
—Te dije que eran dos hombres que quedaron sueltos, ¿no? —solté, sin adornos.
Editado: 14.02.2026