Let's Play.

Tres

EDUCACIÓN SUPERIOR EN DECISIONES DE MIERDA

A ver, sí, mi vida nunca había sido simple, pero últimamente apostaba a que se estaba volviendo absurda

—¡Esto es tan emocionante! —chilló Kendall, dando vueltas por mi nuevo y patéticamente decorado piso en la residencia universitaria, como si acabáramos de mudarnos a París y no al centro mismo de mi humillación personal.

Rodé los ojos con más fuerza de la necesaria y me dejé caer en el sillón. La cabeza ya comenzaba a latirme con esa presión familiar detrás de los ojos, y el simple hecho de ver a Kendall emocionada me hacía querer lanzar algo por la ventana.

De preferencia, a mí misma.

—No es emocionante, Kendall —bufé, sin ganas de disimular el veneno—. Ser niñera de un maldito niño rico que se metió hasta el cuello en los negocios de Nikolay y de Alexey no está ni cerca de ser divertido.

Recosté la cabeza contra el respaldo, cerrando los ojos. La oscuridad aliviaba un poco el dolor, pero no tanto como para hacer desaparecer la frustración que me ardía en el pecho.

Kendall hizo un sonido ridículo con la boca, como si no entendiera en qué punto exacto mi vida se había vuelto una telenovela sin presupuesto.

—Por lo menos es un maldito niño rico ardiente —comentó con una tranquilidad de la que yo estaba a galaxias de distancia—. ¿Bells? ¿Te sientes bien?

Sabía a lo que se refería. Mis migrañas eran una horripilante maldición de esas que se sentían en los huesos, que te hacían querer arrancarte la cabeza y tirarla contra la pared. No eran simples dolores, eran castigos.

—Estoy bien —mentí con un suspiro arrastrado—. No todo en esta vida es comerse con los ojos a los chicos que transpiran hormonas incontrolables, Kends.

—No todo en la vida es cometer asesinatos a tiempo completo, Bells —murmuró, como si hablara del clima.

—¿Tienes que recordarme eso todo el tiempo? —gruñí, sin fuerzas para reír, aunque ella sí lo hizo. Para Kendall, yo era un cóctel de sarcasmo, trauma y entrenamiento militar. Una especie de Barbie asesina que necesitaba vacaciones y terapia.

Sobre todo terapia.

—Tus dolores de cabeza hacen que tu ingenio sea una patada en mi culo —dijo con tono quejoso.

Resoplé, pasándome una mano por el rostro como si pudiera borrar mi realidad con un gesto.

—Esta es la misión más indignante que he tenido —refunfuñé, tragándome la rabia con esfuerzo.

—Amiga —replicó con una carcajada—, este es el trabajo más sencillo y menos suicida que has tenido jamás. Además, ve el lado bueno de la situación: hay chicos solteros y ardientes.

Estaba a nada de responderle que aún seguía sin ver su estúpido lado "bueno", pero me tragué la replica. Prefería no tener algo que decir. No cuando estaba segura de que lo primero que iba a salir de mi boca era la bilis, y con eso solo me rebajaría aún más.

Porque en el fondo, lo sabía.

Me estaba humillando a mí misma por aceptar el trabajo de mierda. Por estar aquí, entre paredes falsas y un horario que me trataba como una joven con metas universitarias. Como si yo no hubiera matado más veces de las que había sonreído en mi vida.

Harrison me lo explicó todo. Con esa voz suya tan calmada y fría que daban ganas de estrangularlo con el cable del teléfono.

Zacharias Anderson era el objetivo, la carga y la definición de idiotez humana.

El imbécil era uno de los hijos del magnate Daniel Anderson. Una familia con más dinero que sentido común. Pero el problema no era la cuenta bancaria, era el historial detrás.

«—¿Te suena el apellido? —preguntó Harrison en medio de la llamada, como si estuviéramos jugando a las adivinanzas y no hablando de mi nueva sentencia.

Cerré los ojos y removí la memoria tratando de que mi archivo polvoriento hiciera de las suyas, y sí, después de unos segundos...

—¿No es ese al que supuestamente casi meten preso por fraude, robo a clientes, manipulación de cuentas...? —pregunté, insegura, con una ceja levantada mientras me aventaba un sorbo de jugo de naranja.

—El mismo.

—No —jadeé sorprendida porque... ¿A quién no le gustaba un buen chisme de vez en cuando?

—Sí. Y hay más —dijo él, con ese tono que usaba cuando se estaba divirtiendo a mi costa—. Alexey tiene un tema con su hijo. Y el señor Anderson pagó por nuestra ayuda.

—¿Entonces...?

—Aquí viene lo interesante».

Resulta que Daniel Anderson había estafado a medio mundo con su sonrisa de banquero simpático. Fue a juicio, por supuesto. Le cayó encima una buena condena, pero gracias a su billetera obscena y un equipo de abogados que sin lugar a dudas pactó con Lucifer, salió de la cárcel antes de pisarla de verdad. Apenas si sintió la celda.

Pero, claro, eso al brillante de Zacharias le dio igual que su papá hubiese casi inhalado el aire de una cárcel. El niño bonito desactivó la parte racional de su cerebro y, desesperado por "restablecer" el nombre y patrimonio de su familia, tuvo la brillante idea de meterse en el mundo al que yo pertenecía.

Y por supuesto, metió la pata hasta el fondo, como buen imbécil con complejo de mártir.

El muy estúpido robó una cantidad brutal de droga a los dos mafiosos más peligrosos de Rusia e Italia, como si estuviera sacando caramelos de una tienda. Y luego se fue caminando tan campante, con cara de niño bueno y, al parecer, cero idea del precio que había puesto sobre su cabeza.

Ahora, por su genialidad, mi susodicho progenitor y su mejor amigo lo estaban cazando tal cual fuera temporada abierta, queriendo vengar el suicidio que el niño bonito decidió hacer y yo... Bueno, pues, yo estaba aquí, fingiendo ser universitaria y a punto de ir a clases con el descerebrado más buscado del circuito criminal europeo.

«Un sueño hecho realidad», pensé, irónica.




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