Let's Play.

Cuatro

EL ERROR MÁS AMABLE Y COSTOSO DEL DÍA

Algunas partidas no terminan. Solo escalan

En cuanto Zacharias...

«No. Basta. Se queda en Zach. Cristo».

...desapareció de mi vista, me quedé tirada sobre la grama como si el suelo fuera lo único que podía sostener el desastre que tenía por cabeza. Cerré los ojos, intentando calmar el dolor que me martilleaba las sienes y las muy legítimas ganas de renunciar a este trabajo antes de cumplir veinticuatro horas infiltrada.

Estaba a segundos de ensayar el discurso perfecto para Harrison —uno con manipulación, una pizca de odio y tal vez un balazo incluido para reforzar el efecto— cuando un carraspeo interrumpió mi momento de autocompasión silenciosa.

Levanté la cabeza, molesta, solo para encontrarme con una adolescente parada frente a mí, observándome como si fuera una especie de criatura rara.

«Fabuloso». Así que hoy era el día del Encuentro Sorpresa con los Anderson. Tan solo me faltaba la abuela y el perro de la familia y ¡bingo!, tendríamos una reunión familiar en curso.

—¿Eres nueva? —preguntó Jessamine Anderson, la menor del clan. Asentí con un mínimo movimiento de cabeza, sin ánimos de socializar—. Me llamo Jessamine, pero puedes decirme Jess —agregó con una sonrisa de comercial de pasta dental—. ¿Y tú?

—Larissa Sage —dije, sin disimular el fastidio. Para ser honesta, lo único que quería era que se largara y me dejara en paz con mi miseria mental.

Sonrió aún más y casi mis ojos se entrecerraban solos. La chica no solo no captó la indirecta, sino que decidió ignorarla, dándome ese brillo de la genética obstinada que sus dos primeros hermanos daban señales de tener.

Jessamine era idéntica a Drake, aunque con el cabello castaño y una versión más refinada de sus rasgos. Misma sonrisa de "todo está bien en mi mundo", mismos ojos azul brillante, y el mismo hoyuelo en la mejilla izquierda que parecía gritar "confía en mí"... cosa que, si ella estuviera hablando con otra persona, lo haría a ciegas.

—¿Te molesta que te diga Issa? —preguntó con amabilidad.

Me forcé a sonreír.

—¿Por qué no? —suspiré con resignación.

«¿Por qué no tirarme también al lago, ya que estamos?».

Y antes de que pudiera buscar una excusa elegante para irme, se sentó a mi lado como si fuéramos viejas amigas de la secundaria, cosa que observé con recelo.

Según el archivo, Jess era modelo, como sus hermanas. Y sí, tenía todo el aspecto. Cuerpo perfecto, piel de revista, y una vibra de chica buena que daba urticaria si estabas demasiado cerca.

—Entonces... ¿eres de intercambio, cierto? —siguió ella.

—Ajá —asentí. Parece que el rumor de la "chica rusa nueva" se había esparcido más rápido que una foto filtrada.

—¿Eres de las que les gusta estar solitarias? —fruncí el ceño, haciendo que ella esbozara una corta sonrisa—. Es que no pareces. Aunque tienes un aura de "no te me acerques", eres muy bonita para querer fluir con el viento y que éste te dejara aquí hasta tan tarde.

—¿Tarde? —cuestioné, sonando aún más confundida.

—¿Si te das cuenta que son pasadas las cinco, no?

¿Cinco? ¿Ella de verdad dijo cinco de la tarde?

Me atraganté con mi propio aire.

—¿Cinco?

¿En qué parte del multiverso había estado sentada tanto tiempo en ese árbol sin darme cuenta? ¡Harrison iba a matarme! Matarme literal. En cuanto tocara el suelo del piso nuevo y viera sus llamadas perdidas en el desechable que había dejado —por desesperada— en el cajón de la mesa de noche, iba a desaparecerme del mapa.

Me levanté de golpe, tomé mi bolso y empecé a sacudirme el trasero por si llevaba media grama pegada como recuerdo. Estaba lista para desaparecer, preparándome para el sermón que me esperaba cuando la voz de Jessamine volvió a interrumpirme:

—¿Tienes algo que hacer o quieres ir a mi casa por unas pizzas?

Me congelé. ¿Qué?

¿Ella me estaba invitando a su casa? ¿Así, sin más? ¿Sin siquiera revisar si no tenía cara de psicópata o antecedentes penales? ¿Dónde estaban sus instintos de supervivencia?

Le dediqué una mirada de desconfianza total.

—¿Por qué? —pregunté, con el tono exacto entre "no me interesa" y "explícate rápido".

La chica bajó la mirada, suspiró con suavidad y después me enfrentó con una honestidad que no me esperaba.

—Sé lo que estás pensando. ¿Por qué proponerle a una desconocida, que bien podría ser una asesina serial, que vaya a mi casa sin conocerla antes? —Lo dijo como si tuviera la frase ensayada. Como si ya la hubiera repetido muchas veces, aunque dudaba que alguien la hubiese escuchado con la suficiente atención como para notarlo—. La verdad es que no tengo amigas por aquí. Todas las que se me acercan lo hacen para aprovecharse, para conseguir algún tipo de conexión con mis familiares —confesó, bajando un poco la voz.

Bueno, lo admitía. Me había dado justo en una parte blanda que creía tener extinta: la empatía.

No era tonta. Esa clase de sinceridad no se fingía. Y si por casualidad se hacía, entonces la maldita era buena. Demasiado buena.

—¿Tu apellido es famoso o qué? —pregunté con fingido interés, como si no supiera ya hasta el grupo sanguíneo de los malditos Anderson.

Jessamine me regaló una sonrisa tan grande que casi me encandila. Perfecta dentadura, hoyuelo a juego... de verdad que parecía salida de un catálogo de ropa cara.

—Tengo el presentimiento de que tú no eres como ellas —concluyó, como si supiera leer debajo de la piel.

Me encogí de hombros, negando con la cabeza, y antes de poder decirle algo más, me tomó del brazo y comenzó a caminar conmigo, parloteando sin parar. Yo asentía cada tanto, fingiendo atención mientras pensaba en lo irónica que era la vida. Apenas unas horas antes quería enterrarme bajo tierra, y ahora iba camino a casa de una adolescente hiperactiva, con comida incluida.




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