Let's Play.

Cuatro

LINDO AUTO

Yo busco los retos de los que otros se alejan

 

En lo que Zacharias… 

Bueno, basta. Se queda cómo Zach, Cristo.

…desapareció de mi vista me quedé sentada en la grama, tratando de pasar mi dolor de cabeza y mis malditas ganas de renunciar al trabajo por no sé cuánto tiempo hasta que un carraspeo interrumpió el discurso interno ya casi listo que le daría a Harrison para salir de aquí.

Levanté mi cabeza y pude ver a una de las hermanas menores de Zach mirándome con curiosidad. 

¡Genial! ¿Hoy era el día en la que casualmente me tenía que topar con toda la familia Anderson o qué?

—¿Eres nueva? —Inquirió Jessamine Anderson parada al frente de mí. Moví mi cabeza de arriba hacia abajo—. Soy Jessamine Anderson pero puedes decirme Jess, ¿y tú?

—Larissa Sage —contesté sin entusiasmo. Lo que quería era que se fuera y me dejara pasar mi mal rato y mi dolor de cabeza a solas.

Ella me sonrió. Jessamine tenía un parentesco increíble con Drake. Aunque ella tenía el cabello castaño y Drake era rubio, ambos poseían ese típico color de ojos azules que los caracterizaba. Además, cuando sonreía se le podía visualizar ese pequeño hoyuelo que se le formaba en su mejilla izquierda, al igual que Drake.

—¿Te molesta que te diga Issa? —Inquirió amablemente. Por segunda vez en el día me contuve de rodar los ojos y le regalé una sonrisa falsa.

—¿Por qué no?

Jessamine se sentó a mi lado. Por lo que sabía de ella, era modelo al igual que sus hermanas, y con razón. Ella tenía todo lo necesario para ejercer esa carrera. Con tan sólo dieciocho años tenía un cuerpo del cual todas las mujeres soñarían.

—Entonces... ¿eres de intercambio, cierto? —Empezó ella.

—Sí —respondí. Al parecer mi llegada se había esparcido rápidamente por toda la universidad.

—¿Qué haces aquí a las —vio su reloj— cinco de la tarde?

Me atraganté.

—¿Dijiste cinco de la tarde?  

¿En qué momento había estado sentada ahí por más de dos horas?

Harrison iba a matarme en cuanto tocara el suelo de mi habitación y viera sus tres llamadas sin contestar en el teléfono desechable que, por estar corriendo, desesperada por no llegar tarde a clase, había dejado uno de los cajones de mi mesa de noche.

Me levanté de golpe, tomé mi bolso y empecé a sacudirme el trasero por si quedaban rastros de grama en mi pantalón.

—¿Tienes algo que hacer o quieres ir a mi casa por un par de pizzas? —Ofreció ella, levantándose también.

Quedé tiesa. ¿Por qué ella me ofrecería ir a su casa sin haberme conocido antes? ¿Es que a la chica no le habían enseñado a no invitar a casa a desconocidos?

—¿Por qué? —Cuestioné, frunciendo el ceño.

Ella miró al suelo, suspiró y luego me encaró.

—Sé lo que estás pensando. ¿Por qué proponerle a una desconocida quién puede ser una asesina serial ir a mi casa sin haberla conocido antes? —Recitó esas palabras como si se las supiera de memoria—. La verdad es que no tengo ninguna amiga por aquí. Todas las que me buscan es para aprovecharse de mí y quedar en las habitaciones de mis hermanos mayores —suspiró.

Bien, sí. Me había dado en mi corazón su confesión. La chica hablaba con sinceridad y eso se notaba, por lo cual, tampoco sería una mierda de persona con ella.

—¿Quiénes son tus hermanos mayores? —Cómo si yo no supiera ya.

Ella me regaló una sonrisa gigante dejando ver su perfecta dentadura junto con ese pequeño hoyuelo.

—Tengo el presentimiento que tú no serás así —concluyó.

Riendo, ella aprovechó de tomar mi brazo y caminar hacia las afueras de la sombra del árbol. Jessamine parloteó todo el camino hasta llegar al parking de la universidad, deteniéndose en un A5 cabriolet blanco brillante. Jadeé. ¿Cómo carajos una adolescente de dieciocho años de edad podía tener un A5 mientras que yo, teniendo veinticuatro años, no?

Jessamine rió al ver mi expresión.

—¿Te gusta? —Preguntó, sonriendo.

Maldición, era un ridículo Audi, ¿cómo no iba a gustarme? Sin decir una sola palabra porque, honestamente, dudaba a que me saliera alguna, solamente asentí. Ella sacó la llave de su bolsillo y me la lanzó. Las atajé inmediatamente y le di una mirada de confusión.

—¿Qué...? —Empecé a decir

—Espero y sepas conducir —cortó, adentrándose al asiento del copiloto.

Más emocionada de lo que me creí jamás, saqué el bolso de mi espalda, abrí la puerta del conductor, entré al reluciente auto rápidamente, lancé mi bolso a los asientos de atrás y me puse a apreciar lo magnifico que era el cabriolet por dentro.

—Es una maravilla —balbuceé.

Jess rió.

—¿Has estado en Miami antes? —Cuestionó.

Asentí, muda.




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