Let's Play.

Cinco

DE FICHA DE INTERCAMBIO A ESTÚPIDA HAY UN SOLO PASO

Con él ahí pude entender que hay mesas de las que no te levantas caminando

—Harrison —dije bajando el arma, aunque con cero prisa—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

La figura alta, vestida de sombra y autoridad, se había revelado al fin de entre los arbustos. Mi jefe caminó hacia mí con su clásico rostro de piedra, tan incapaz de demostrar una emoción que no fuera desaprobación profesional.

Se detuvo a escasos metros. Yo ni parpadeé.

—Siete años trabajando conmigo y nunca —remarcó—, nunca, Ekaterina, me has ignorado una llamada —su voz era el equivalente verbal de un azote de vara seca—. ¿Se puede saber dónde y qué carajo estabas haciendo?

Resoplé, cruzándome de brazos.

—Haciendo mi trabajo.

Él arqueó una ceja con la lentitud de un juez a punto de dictar sentencia.

—¿Y desde cuándo tu "trabajo" es sentarte en bancos húmedos de una plaza universitaria, sola y a estas horas de la noche? —espetó con sarcasmo—. Deberías estar con Zacharias Anderson. Deberías estar cumpliendo tu misión.

Me tensé, empezando a irritarme.

—Alto ahí, amigo —lo corté con un tono envenenado—. He estado todo el maldito día rodeada de la familia Anderson y de su suicida hijo imbécil. Me infiltré tan bien que ya tengo a Jessamine, Drake y a toda esa familia de revista en la palma de mi mano. Así que te agradecería que dejaras de dictarme cómo debería hacer mi puto trabajo, Harrison.

Sus ojos se entrecerraron, evaluándome como si decidiera en qué parte del mapa enterrarme.

—¿Entonces por qué estás aquí?

—¡Porque necesitaba aire! —exploté, perdiendo la contención—. Acepté una misión que ni siquiera quería, una que tú me empujaste a tomar —lo señalé con el dedo como si pudiera apuñalarlo con él—. Perdón por tomarme cinco minutos para maldecirte en todos los idiomas que domino —añadí con una sonrisa sarcástica que no me llegó a los ojos.

Era la primera vez en siete años que le levantaba la voz. Y sí, la culpa me cayó encima como un ladrillo... pero no lo suficiente para retroceder. Harrison me había salvado la vida esa vez. Me dio una segunda oportunidad cuando el mundo ya me había descartado, lo sabía. Pero eso no lo hacía dueño de cada segundo de mi existencia.

A veces, el jefe podía ser desesperantemente mezquino.

—No te excedas, Arabella —siseó, afilado.

Rodé los ojos con exageración.

—¿Ya te vas o vas a seguir con la función de "tutor emocional ausente"? —dije, señalando la vía libre del otro lado de la plaza.

—Dame tu informe de misión —gruñó como si eso fuera a desarmarme.

Solté un suspiro cargado de veneno.

—Jesucristo, bien. Después de que me mandaras aquí con el entusiasmo de una ejecución pública, llegué y arreglé mi habitación con Kendall —comencé, como quien recita la lista del supermercado—. Me bañé, hice mis necesidades básicas, salí corriendo porque Kendall me gritó que iba tarde a clase, choqué con Drake Anderson... Bueno, no, caí de culo frente a él —me corregí de inmediato—, me presentó a su hermano, hablamos, salí huyendo, llegué tarde a clase, no entré, maldije, me escondí bajo la sombra de un árbol, el suicida apareció, charlamos, me invitó a la bendita fiesta de la hermandad con nombre de arma, se fue, llegó Jessamine, me arrastró a su casa, me puso a conducir su precioso Audi blanco, llegamos en tiempo récord, el señor Anderson me reconoció, tuvimos una conversación algo tensa en su oficina, Drake apareció con unos papeles del trabajo de su papá, eché un vistazo, descubrí que le habían robado más de sesenta millones de dólares al señor Anderson, él me agradeció, me echó de su oficina junto con su hijo no tan insoportable, bajamos a la cocina, hablé con sus hermanas, comimos, volví al baño unas cuatro veces más, hablamos otro rato, Drake me trajo de vuelta a la residencia, y ahora, aquí estoy, en el frío banco de una plaza desierta... ¿Contento? —concluí con una sonrisa sarcástica tan forzada como mi paciencia.

Harrison me observó por unos segundos eternos, ese tic invisible en la mandíbula indicándome que estaba haciendo un esfuerzo por no arrancarme la lengua.

—Tu carácter va a volverme loco, Arabella —resopló con dificultad.

—En ningún momento dije lo contrario —repliqué, de malas. Entonces, recordé algo más—. Ah, cierto... Por culpa de la esposa del señor Anderson, casi me descubren.

Harrison inhaló profundo, luego exhaló por la nariz en ese ritmo controlado que usaba para no estallar. Era su último intento de mantener la compostura antes de maldecir o lanzarme un teléfono a la cabeza. Yo solía provocarle eso. A veces por gusto. A veces sin querer.

—¿Y qué pasó con exactitud, Ekaterina? —preguntó con voz neutra, casi quirúrgica.

—Nada —me encogí de hombros con aire desinteresado—. Me salvé a tiempo, como siempre.

Lo vi pellizcarse el puente de la nariz, una de sus señales de derrota emocional. Sin querer, se me salió una risa por lo bajo.

—Está bien tu informe de misión —gruñó—, aunque para la próxima, ahórrame las partes innecesarias.

—Anotado, jefe —murmuré con sorna.

—Vas a ir a esa fiesta. Algo me dice que Zacharias hará alguna estupidez esta noche —y aunque su rostro no se movió ni un milímetro, su tono era ácido—. Y por el amor de Dios, lleva contigo el maldito teléfono que te di. No es decorativo.

Dicho eso, se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad como un fantasma con agenda.

—Bueno, adiós jefe —susurré mientras lo veía alejarse.

Guardé el arma con el seguro puesto, volví a meterla en mi bolso y emprendí el camino de regreso a la residencia. O al menos lo intenté. Porque mientras más me alejaba, más insistentes se volvían los recuerdos que me provocaba ver su rostro.

Por supuesto, fallé.




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