Let's Play.

Seis

ESCALERA REAL, EGO DESTRUIDO

Si quieres destruir a un hombre, patéale el trasero en póker

—¿Qué apuestas? —preguntó Rush con la voz baja, casual.

Parpadeé. Me tomó un segundo procesar la maldita pregunta. ¿Cómo había olvidado ese pequeño —gran— detalle?

«No lo hagas, Arabella. Ni se te ocurra hacer lo que estás pensando», mi subconsciente gritó, suplicó, pero estaba lejos, ahogada entre las ganas, la necesidad de dejarlo boquiabierto. Sentí cómo la sonrisa se dibujaba sola en mis labios, lenta, atrevida, venenosa. Su mirada seguía fija en mí, tan intensa y gris que parecía desarmarte sin tocarte.

«Bien».

Sin despegar los ojos de los suyos —porque joder, si alguien iba a desviar la mirada, no sería yo—, deslicé los dedos por mis propias cartas, luego bajé con lentitud una mano, sin apuro, hasta el broche de mi sostén bajo la blusa. Un clic rápido. Un solo movimiento. Y lo solté sobre la mesa como quien lanza una granada en medio de una conversación tensa.

Le sostuve la mirada mientras mi cara decía algo muy claro: "si ganas, tendrás el privilegio de desnudarme". Mi expresión era la definición exacta de "inocente con dinamita en el bolsillo".

Él curvó su boca en una pecaminosa sonrisa maliciosa y alzó una ceja en mi dirección.

—¿Qué te hace creer que me interesas lo suficiente como para querer desnudarte? —cuestionó, de pronto viéndose interesado en lo que iba a responder.

Fue mi turno para reír.

—¿Quién dijo que serías tú quien iba a hacerlo? —dicho eso, mi mirada se deslizó hasta Rise y junto a una sonrisa pícara, le regalé un guiño coqueto.

Su amigo se echó a reír. Con ganas. Sin embargo, me devolvió el guiño seguido de un "lo estoy esperando" articulado. Por otra parte, Rush no dijo nada. Ni una palabra. Pero sus ojos bajaron, su mandíbula se tensó y vi —lo juro por mi sarcasmo sagrado— un destello oscuro de posesividad mezclado con ganas de coserme la boca con hilo grueso. Miró sus cartas, luego las cinco que seguían boca abajo en el centro de la mesa, y apostó dos mil malditos dólares. Tranquilo. Seguro. Listo para ganar y arrebatar el contrato de verme desnuda de las manos de quien fuera.

Sí, el juego era de cuatro, pero engañarnos al parecer no era cualidad de ninguno de nosotros; era más que evidente que la partida era entre él y yo. Él se veía afectado por un golpe bajo en el ego, y yo tan solo quería meterle una paliza en su propio terreno, dejarlo sin orgullo un poco más, y luego, quizá, dejar que me arrastrara a su cama.

Riden no se quedó atrás. Subió la apuesta con cara de "yo también estoy jugando, malditos". Rise hizo lo mismo, pero con más gracia. Igualó como si no se quisiera perder el show. Luego de eso, tres pares de ojos se clavaron en mí.

Respiré hondo. Miré mis cartas. Cara de póker: activada. Nada en mi rostro se movió. Ni un pestañeo. Llevaba años entrenando ese tipo de gestos. Sabía cómo controlar cada músculo facial a la perfección, porque el póker no era solo suerte: era estrategia, agilidad, instinto, lectura del otro. Parecía más una guerra psicológica que otra cosa, en donde se aprendían muchas cosas. Una de ellas era nunca subestimar a nadie en la mesa; el que parecía tonto, podía aplastarte sin avisar y el que se creía invencible, podía perderlo todo en abrir y cerrar de ojos.

La ronda fue silenciosa. Solo apuestas. Nadie hablaba. Nadie respiraba muy fuerte. Y yo lo agradecía. El aire estaba tan cargado de testosterona y tensión que si alguien encendía un cigarro, explotábamos todos.

Rise, actuando como dealer improvisado, volteó las tres primeras cartas comunitarias: diez de corazones, jota y la dama del mismo palo. Las miré con la calma de quien ya había hecho el análisis completo antes de que las tocara, y luego me enfoqué en ellos.

Ahí estuvo lo divertido. El gesto de Rush cambió por una fracción de segundo, mientras que Rise entrecerraba los ojos tan rápido que creí no haberlo visto. No obstante, ahí estaba.

Por lo tanto sus acciones me decían... ¿qué? ¿Nervios? ¿Irritación? ¿Teatro? Por lo que sabía, podía ser tanto todo como al mismo tiempo nada. Sí, podía haber indicado un mal comienzo para ellos, pero no era estúpida. Eso también podía ser una táctica: darte falsa confianza, jugar a los débiles para hacerte caer.

Inhalé despacio. Me forcé a ignorarlos por un segundo. Mis dedos bajaron a mis dos cartas y las repasé en mi mente como un mantra: as de corazones, tres de trébol. Si en las próximas rondas salía un rey de corazones y un nueve del mismo palo, o quizás un rey más cualquiera, entonces tendría una victoria asegurada. Aplastante. Demoledora. Como me gustaban las cosas.

—¿Otra cosa que desees apostar, o ya quieres retirarte? —inquirió Rush. Su tono era bajo, ligero... pero había veneno escondido en ese ritmo relajado. Y ese brillo en los ojos...

Ladeé la cabeza con intención. «Cosita hermosa», pensé, saboreando el insulto con una sonrisa. «Lo primero que deberías saber de mí es que no me doy por vencida tan rápido».

Me quité el reloj. No uno cualquiera. Uno caro. Uno con algo de historia. Uno que, si perdía, dolería. Lo dejé sobre la mesa con la misma calma con la que me lo quité, haciendo que Rush sonriera. No esa sonrisa ladina de antes, no el gesto burlón con el que creía tener el control.

No.

Esta fue otra.

Una que traía algo peligroso detrás. Un destello diferente. Un brillo en los ojos que no supe traducir... pero que sentí como un zumbido bajo la piel. Y en ese instante supe dos cosas: él no estaba jugando solo por el placer de ganar ni yo tampoco. Y eso, para ambos, era con exactitud lo que hacía todo más interesante; Rush quería el control. Yo... iba por su ego.

—¿Quién eres? —preguntó—. ¿Nueva?

Le sostuve la mirada sin parpadear.

—¿Por qué la pregunta?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.