Let's Play.

Siete

MI TALENTO PARA METERME DONDE NO DEBO... LO ODIO

Ninguno de los dos estaba dispuesto a mostrar sus cartas primero

—A ver, ¿qué tanto haces ahí parada? ¿Vas a entrar sí o no? —preguntó una chica pelirroja con aire gótico después de expulsar una nube densa de humo de cigarrillo.

Al dar un paso dentro de la habitación y cerrar la puerta detrás de mí, lo primero que noté fue a la pelirroja sentada en una silla minúscula, rodeada por un cementerio de colillas de cigarro. Ese detalle ya fue lo bastante inquietante para mantenerme quieta, tratando de entender por qué Zacharias habría entrado aquí por primera vez, pero lo que en realidad me descolocó fue la puerta que se encontraba justo detrás de ella. Una puerta más. Cerrada. Y, por la forma en que ella la custodiaba, casi podía apostar que no conducía a un baño privado.

—Chica, no tengo toda la noche —gruñó con fastidio, soltando otra calada—. ¿Entras o no?

Tenía muchas ganas de colocarle un mote. Muchas. Ella se parecía a esos personajes sombríos de caricaturas que escuchaban rock deprimente y recitaban poesía maldita en su tiempo libre; ropa ajustada negra, botas de plataforma, piercings por todos lados y maquillaje demasiado blanco como para ser pasado por alto. Pero ponerle un apodo iba a necesitar pensar, y pensar iba a requerir tiempo que, por como iban las cosas, no tenía.

Así que, en cambio, asentí sin pensarlo demasiado. Mi primer error fue dejar a mi problema sin supervisión adecuada —Kendall no contaba. No cuando lo que ella quería era emborracharse y actuar como la amiga universitaria soltera— y el segundo perderlo de vista. Ahora me tocaba recuperar terreno, por ende...

—Contraseña —pidió con tono monocorde, sin molestarse en mirarme directamente.

¿Contraseña? ¿Pero qué mierda había del otro lado? ¿Una dimensión paralela? ¿La guarida secreta de un asesino en serie? ¿La fábrica de Willy Wonka versión drogadicta?

«¿En qué diablos andas metido, Anderson?».

Fruncí el ceño. Mi mente giraba, buscaba algo coherente, pero lo único que salió, por reflejo estúpido, fue:

—¿Marihuana?

La pelirroja me lanzó una mirada tan lenta y seca que me sentí idiota por completo. Y con razón. La palabra había salido disparada sin filtro, y no como el cigarro que ella estaba acabando.

—Te daré una pista —optó, soltando el cigarro en el suelo y aplastándolo con su bota—. Es una frase.

Ah, fíjate, fantástico. Una frase. Como si no existieran millones de frases en este jodido planeta. Respiré hondo y dejé que el caos en mi cerebro hiciera lo suyo. A veces eso funcionaba.

Y entonces, ahí estaba. Otro bombillo encendido. La frase surgió sin aviso.

—Todo corre por mi cuenta, y si no, hago que corra —solté, y mi voz sonó más segura de lo que realmente estaba.

Ella sonrió, y no fue cualquier sonrisa. Era amplia, perfecta, con unos, por sorprendente que parezca, dientes blancos que me hicieron cuestionarme si estaba usando carillas o si por casualidad tenía pacto con algún demonio dental, ya que por cómo fumaba... Era imposible tener los dientes así de bonitos.

Se levantó sin decir nada más, abrió la puerta trasera y comenzó a caminar por un pasillo largo, angosto y bañado en luces rojas que parecían sacadas de un burdel de película vieja.

No me hizo falta una segunda invitación. Fui detrás de ella.

—Bienvenida a LP —dijo al llegar frente a una puerta mucho más elegante que el resto de toda la maldita hermandad que abrió de par en par—. Disfruta —agregó, antes de girar sobre sus talones y perderse de nuevo en la penumbra.

Entonces, fue ahí cuando sin poder controlarlo, mi mandíbula cayó por la sorpresa.

Esto... esto era un club. Estaba de pie en un club. Un jodido club.

LP no era el nombre de una biblioteca secreta o de una sociedad de intelectuales como en las novelas de misterio. No. Era un maldito club clandestino en donde habían luces rojas, humo denso flotando en el aire, música decente que retumbaba con bajos profundos, e idiotas jugando a ser el infierno sabía qué.

Aún con el shock recorriéndome el cuerpo, deslicé la mirada por mesas con vasos de cristal, cigarros a medio consumir, risas fingidas y... ¿en serio alguien se estaba aspirando una línea sobre un tablero de Monopoly?

—Maldito imbécil suicida —murmuré para mí.

¿Zach había estado aquí? ¿Aquí, con Harris, en este desfile de degeneración absurda? No podía terminar de involucrarse en algo sano, ¿verdad? ¿Dónde quedó la opción de meterse a un club de lectura, aprender ajedrez o siquiera tocar una jodida guitarra? No. Tenía que arrastrar su culo problemático al único lugar donde podías conseguir una sobredosis, un embarazo y una pelea a puñetazos, todo en la misma noche. ¿Por qué cada que tenía la oportunidad de cambiar su vida tenía que ir por el peor camino?

Sacudí la cabeza, intentando despejar la frustración que amenazaba con hacerme perder el foco. Tenía que encontrar al grupo con el que había venido, luego encontrar a Zach y después, si me sobraba tiempo y energía, matarlo yo misma.

Pasé entre miradas lascivas de varios imbéciles que no sabían la diferencia entre una mujer y una advertencia, y me planté en uno de los taburetes de la barra, girando el asiento para analizar cada detalle del lugar.

—¿Algo de tomar? —preguntó el bartender, un tal Max, según su chaleco.

Long Island, por favor —pedí, girando el asiento para dedicarle mi atención.

Sí, al llegar le había dicho a Kendall que emborracharse no era inteligente, pero vamos. Había tenido una noche de mierda, cargada de tensión sexual, frustración y adrenalina. Entonces, ¿qué era un poco de alcohol para aliviar las ganas que tenía de prenderle fuego a todo el lugar, con Zacharias Anderson dentro?

Max me sonrió como si supiera qué tipo de noche estaba teniendo. En cuestión de segundos, mi vaso estaba listo.




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