Let's Play.

Ocho

HABÍA SUICIDAS DE SUICIDAS, Y LUEGO ESTABA ZACHARIAS ANDERSON

Si esto era un juego, alguien había decidido que yo fuera la ficha

—¿Por qué ella sigue aún aquí? —preguntó Zach, con ese tono suyo tan ridículamente amargado, en cuanto subí al asiento trasero de la camioneta. Me miró por el retrovisor como si su día no pudiera ir peor que tenerme a bordo.

El motor aún estaba apagado. Parecía estar considerando con seriedad lanzarme por la ventana en vez de girar la llave.

—¿Pueden intentar llevarse bien aunque sea por dos minutos? Solo dos. De aquí a Jones —rogó Drake desde el asiento del copiloto. Zacharias y yo resoplamos al mismo tiempo—. Lo supuse —suspiró en voz baja.

—¿Te quedarás en Jones? —soltó Zach al fin, mientras arrancaba el auto y nos alejábamos de la acera de mi edificio.

—Sí. No necesito ni quiero que Lainey me despierte al amanecer solo porque su estómago exige panqueques —respondió él.

Una pequeña sonrisa se escapó de mis labios al imaginar a Lainey golpeando la puerta de Drake a las seis de la mañana como si la casa estuviera en llamas... cuando en realidad solo tenía hambre.

—¿Tienes las llaves del auto? —preguntó Zach.

¿Otro auto? ¿Qué seguía? ¿Un McLaren Spider con luces LED y lanzallamas? Drake soltó una carcajada.

—Tranquilo, hermanito. Tengo todo bajo control.

Pasaron algunos minutos en relativo silencio —el tipo de silencio incómodo que solo un auto lleno de tensión y sarcasmo contenido puede ofrecer— antes de que decidiera hablar.

—Drake, ¿me prestas tu celular?

Tenía que avisarle a Kends de que lo más probable era que no pisaría el apartamento lo que restaba de madrugada, al menos no hasta que sacara toda la información que pudiera del rubio cabezón. Mi celular estaba con ella y el desechable que cargaba servía tan solo para recibir y hacer llamadas a solo una línea, así que...

—Cuidado y lo dañas —murmuró el imbécil desde el asiento del conductor.

Lo ignoré con el doctorado que obtuve por haber hecho la maestría en desestimar idiotas mientras que Drake, mucho más colaborativo, se removió y me tendió su celular. Apreté el botón de inicio. No tenía contraseña, lo cual me pareció raro dado el historial de su familia, pero no hice preguntas. No todavía.

Marqué el número de Kendall, esperando que estuviera demasiado dormida como para quejarse... pero conociéndola, era más probable que estuviera desahogando su estrés y mala copa de la noche en mi habitación.

¿Sí? —contestó al segundo timbrazo, con la voz arrastrada por el sueño y el enojo.

Pequeños milagros.

—Llegaré tarde —fui directa—. No me esperes despierta, y por el amor a las manzanas rojas, ni se te ocurra ordenar mi desorden en mi habitación, Kendall.

No sé de qué me hablas —dijo, justo antes de que un portazo retumbara en el fondo. Sonreí—. ¿A dónde vas?

—Claro que sabes. Cada vez que estás furiosa conmigo, reorganizas mi cuarto como castigo pasivo-agresivo. Y lo detesto, Kends —ignoré su pregunta con la elegancia de una espía entrenada en evasión. Ella suspiró—. Estaré en casa pronto, cariño.

Te odio justo ahora —siseó.

—¿Cómo te soporta? —interrumpió Zach, tentando con ambas manos mi última hebra de paciencia.

«Voy a terminar matando a este hijo de puta», pensé con disgusto. «Y cuando Harrison me suelte el discurso sobre autocontrol, lo ignoraré tal cual anuncio publicitario de veinte minutos».

Está bien —cedió Kendall, con resignación—. Nos vemos luego.

—Duerme —murmuré antes de colgar.

Le devolví el celular a Drake, y el rubio me regaló una sonrisa despreocupada.

—Cuidado y te llenas de gérmenes, Drake —espetó el otro, sin perder la oportunidad de decir algo innecesario.

Suficiente.

—A ver, ridículo, cállate antes de que mi puño finalmente conozca tu cara, ¿de acuerdo? —siseé con una dulzura venenosa.

Drake suspiró, haciendo notar esa especialidad de mediar entre dos volcanes activos.

—¿Ustedes no pueden comportarse como gente civilizada ni siquiera en un espacio cerrado?

—Cuando tenga una persona civilizada enfrente, quizás, y solo quizás, me comporte —respondí, irritada.

—¿Siquiera sabes qué es una persona civilizada? —espetó Zach, lanzándome una mirada por el retrovisor que podría haber derretido acero.

—Cualquier persona que no seas tú calificaría como civilizada —le respondí sin perder el ritmo, arqueando una ceja.

Y aunque apartó la vista del retrovisor como si no le interesara seguir discutiendo, capté un atisbo de sonrisa curvándose en sus labios. ¿Lo peor? También sonreí un poco.

Ni idea por qué. Tal vez era la emoción de casi matarlo. Tal vez era el calor de la batalla dialéctica. Tal vez estaba volviéndome loca.

El resto del viaje transcurrió en un silencio, por extraño que parezca,... acogedor. No cómodo, pero tampoco hostil. Como si ambos hubiéramos decidido, de manera temporal, no apuñalarnos verbalmente.

Hasta que llegamos.

Resultó que "Jones" no era un restaurante, ni un local de comida rápida con luces de neón y olor a grasa. No. Era una residencia. Una enorme, carísima y jodidamente hermosa residencia. Estaba entrando a un edificio moderno de unos veinte pisos, apartado del campus, apartado de todo, con vista al mundo y presupuesto para comprarlo entero.

¿Quién demonios vivía ahí? Mejor aún, ¿qué carajos hacíamos ahí? Pensé que iríamos a comer, no a tener una pijamada en un penthouse digno de una estrella de cine.

Zach frenó frente al edificio y, sin decir una palabra, dejó que Drake saliera para abrirme la puerta. Apenas el rubio cerró, Zach arrancó el coche y se largó sin siquiera un adiós.

«Imbécil».

Drake empezó a caminar y lo seguí, todavía confundida, pero sin detenerme. Cruzamos la entrada y pasamos por la recepción —porque por supuesto que había una recepción—, deseando buenas noches al vigilante con uniforme elegante que estaba sentado detrás. Luego, sin cruzar palabra, Drake pulsó el botón del ascensor y entramos en la caja de metal como si fuera algo habitual.




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