EL CLUB, LA DROGA Y EL ARTE DE NO GRITAR
No todos los que apuestan alto saben pagar cuando pierden
El silencio que se había instalado entre Drake y yo era espeso. Incómodo. Me taladraba la cabeza como un zumbido invisible. No era la forma en que quería terminar mi madrugada, la verdad. No con ese tipo de mirada en su rostro, como si ya me estuviera velando el cuerpo.
Solté el aire con lentitud, dejando que mi espalda se hundiera otra vez en el respaldo del sofá, mientras masajeaba con dos dedos la sien izquierda.
La conversación con Harrison no había salido con exactitud cómo la había planeado. Para nada. Pero para mi confort interno, una voz seguía sonando en algún rincón oscuro de mi cabeza con eco, asegurándome algo: "Harrison hará lo que sea para impedir que salgas herida."
Por ende, tenía que creerlo. Con creces. Porque sino iba a terminar volviéndome loca.
—¿Y ahora qué? —preguntó Drake, con esa típica vocecita que aparece cuando nadie sabe si va a morir o solo vomitar verdades.
—Ahora, pequeño rubio, comenzarás a despotricar todo acerca del trato con Jhonaster —dije, dibujando una sonrisa, aunque no me salía del todo natural—. Y también sobre todo lo que no me has dicho del club.
Puso los ojos en blanco.
—Cariño, si esta es una misión peligrosa para ti, tal y como dijo tu jefe... —dijo con esa inseguridad idiota que solo me daba más ganas de golpear algo.
—Lindo que te preocupes, pero no lo hagas —lo corté, sin paciencia.
—Sin duda estás mal de la cabeza, preciosa —murmuró él, casi con cariño.
Me miró un rato. Largo. Quizás debatiéndose entre si valía la pena decírmelo todo o si debía mentirme, pero luego soltó un suspiro derrotado y habló.
—Bien. El trato con Jhonaster es sobre una droga nueva que está entrando al mercado —empezó—. Foster, un traficante inglés de esos que nadie conoce hasta que termina muerto, se la vendió a Zach hace como un mes en el club. Días después, el pequeño Jonathan apareció por el club con una sonrisa sagaz y con muchas ganas de invertir en la droga —sacudió la cabeza, luciendo arrepentido—. Fue un buen trato. Setecientos mil dólares por ciento setenta kilos.
—Un trato justo —dije, asintiendo. Fría. Matemática. Porque si me ponía emocional, me iba a dar algo—. No obstante, hay un fallo en tu historia.
El rubio frunció el ceño, confundido.
—¿Fallo?
—Me estás diciendo que Foster es un hombre desconocido cuando no lo es —me crucé de piernas—. Es la cabeza de la mafia inglesa.
—¿Mafia... Inglesa? —repitió Drake, su semblante oscureciendo poco a poco con los segundos que pasaban—. ¿Estás segura de lo que estás diciendo? Hay miles de hombres con ese apellido, muñeca. Es imposible que se trate del mismo hombre.
Su reacción solo me hizo querer abofetearlo por imbécil ignorante. ¿Ninguno de los dos se daba la tarea de investigar a sus inversores o qué?
—Tú y tu hermano no solo tienen lazos con la mafia rusa o la mafia italiana, Drake. También hicieron tratos con el comité ruso y sí, la mafia inglesa.
—Pero... Zach...
Me mordí la lengua lo suficiente como para no maldecir al suicida número uno y volví a mirar a su hermano.
—Zacharias te dijo que Atlas Foster era un total extraño, ¿no es así? —Drake asintió con cuidado. Iba a matar, en serio, a ese maldito estúpido—. De verdad no sé quién es el más suicida de los dos; él por todo lo que ha hecho hasta ahora, o tú porque le crees cada palabra que sale por su jodida boca, Drake.
El rubio no dijo nada por unos largos segundos. Él tan solo cerró los ojos, dejó caer su cabeza una vez más en el respaldo del sofá y miró al techo como si eso tuviera todas las respuestas del universo.
Por un instante, me compadecí de él, de su situación. No obstante, el sentimiento se desvaneció al recordar que él mismo se había buscado aquello. Por fortuna, necesitaba información para desviar mi atención hacia otros asuntos menos dramáticos, así qué retomé la conversación.
—Vamos. Ahora cuéntame sobre el trato con Nóvikov y Alexey.
Eso le dolió. Se le notó en los hombros, en la forma en que su voz se volvió menos firme.
—Eso sí es más complicado —farfulló, frotándose las manos como si tuviera frío—. Pero, para hacerte la historia menos compleja y más corta, después de la tortura que mi hermano y yo recibimos por parte de ambos —dijo con los dientes medio apretados—, en días diferentes, y de las amenazas muy, muy personales de la mafia Rusa y Alexey... Zach decidió usar su parte idiota para hacer un trato con ellos.
—Puedo entenderlo —dije, sin emoción—. Utilizó la parte suicida que emana de él cada vez que respira.
—¿Tú crees? —resopló sarcástico, sin gracia—. El caso es que Zach le ofreció a Nikolay parte de la droga de Alexey y a Alexey parte de la droga de Nikolay. Ambas son buenas. Muy buenas; potentes, puras, costosas... difíciles de conseguir en la calidad que entregamos. Y gracias a eso, tenemos a parte de las mafias más poderosas del maldito continente frecuentando nuestro club y llamando a toda hora con propuestas que parecen salidas de una subasta en el infierno.
Se pasó la mano por el rostro, agotado.
Lo miré con el ceño fruncido. No entendía su maldita frustración. En primer lugar, ellos fueron los que abrieron el club. Ellos decidieron meter las manos en ese pantano.
—¿Y cuál es el problema? —pregunté, confundida. Ya tenían varias mafias pegadas a sus culos, ¿qué con unas cuantas más? ¿Ahora sí tenían conciencia de la magnitud de sus acciones?
—Que yo no quería esta vida, muñeca —soltó de golpe. Así. Directo. Sin rodeos—. No la quería ni para mí ni para mi hermano. Pero después de lo que pasó con papá, y de que Zach se enterara... bueno, eso fue todo lo que necesitó para hacer más clara su guerra contra los mafiosos más peligrosos del mundo. El hecho de que ninguno de los dos bandos lo aceptara cuando más necesitaba dinero para sacar a mi padre del agujero en el que él mismo se metió... eso lo destrozó. Y encendió algo. Una rabia peligrosa. Lo suficiente para ejecutar su plan idiota.
Editado: 14.02.2026