DEPORTES DE RIESGO: EGO EDITION
Hay jugadores que no suben la apuesta; cambian el juego
—¿Estás con ganas suicidas? —soltó Drake, incrédulo, cuando el Mastodonte se fue directo al ring como si ya hubiese ganado—. Ese es Caleb Finz.
Le lancé un encogimiento de hombros tan despreocupado que rozaba la arrogancia mientras me colocaba los guantes de box y caminaba rumbo al cuadrilátero.
—¿Y? Yo soy Larissa Sage —le respondí con total naturalidad, aunque mi tono cargaba más veneno que un cóctel mal servido.
—Bells, no lo entiendes —murmuró con una sonrisa resignada—. Él es una maldita leyenda. Nunca le han dado más de un golpe sin salir hechos mierda, preciosa.
—Cuando termine con él, ni su sombra va a querer subir a un ring de nuevo, rubio.
Me adentré en el cuadrilátero como si fuera mi segunda casa. Porque lo era. Había un tipo moreno, calvo, con cara de que preferiría estar viendo una novela turca que trabajando, explicando las reglas como si estuviéramos en un torneo de barrio: que si esto es amistoso, que si no vale pasarse, que si bla, bla, bla.
No lo escuché.
No porque no quisiera, sino porque tenía toda mi atención en Caleb, que desde su esquina me miraba con esa arrogancia inflada que tenían esos hombres que se creían invencibles.
Le respondí con mi mejor mirada impasible y nada más.
Cuando el árbitro terminó su monólogo, Caleb salió a chocar guantes. Lo hice también, sin quitarle la vista de encima. Apenas el calvo se hizo a un lado, la pelea comenzó.
Y por pelea, me refiero a que el Mastodonte empezó a lanzar golpes como si quisiera acabar con una pared, no conmigo. Movía los brazos como hélices, pero me deslicé entre cada uno con una sonrisa diminuta.
Ser pequeña tenía sus ventajas. Ser rápida, aún más. Y si a eso le sumábamos que Levine me había entrenado para lidiar con bestias de ese tamaño desde que era una maldita adolescente, la cuestión era casi que tonta.
Aún así, mi estrategia era simple: hacerlo gastar energía. Dejar que se canse, lo justo para que se empezara a frustrar, para que su ego le jugara en contra y entonces, ahí sí, terminar el show con un buen golpe, haciéndolo besar el suelo.
Pero no tenía prisa. No todos los días alguien te ofrecía un ring real para desatar la tensión acumulada. Desde que me fui de la casa de Harrison en Alemania, donde vacacionaba con Kendall —y donde mis días de entrenamiento murieron en pausa—, no había tenido una pelea decente. Extrañaba sudar por algo que no fuera frustración pura. Extrañaba el sonido de los guantes contra la carne y la descarga brutal de adrenalina que solo un buen golpe bien colocado podía darme. Caleb era un idiota útil, sí. Pero también era mi recreo por esa tarde.
—¿¡Qué estás esperando!? ¡Golpea ya! —rugió el gigante, jadeando como si ya llevara tres rounds y solo íbamos por el primero.
Reí.
—Oh, vamos, Mastodonte. ¿Eso es todo lo que tienes? —lo provoqué, con una sonrisa ladina.
Y funcionó. Picó el anzuelo como buen bruto herido en su ego. Volvió a cargar hacia mí, lanzando golpes torpes, movido más por rabia que por técnica. Los esquivé todos, elegante, fluida, jugando con él a mi antojo.
—¡Deja ya de esquivar, maldita sea! —vociferó, frustrado, cuando por fin bajó los brazos, falto de aire y con la mandíbula apretada.
«Ahora sí».
Aproveché ese momento exacto —el de la debilidad, el del descuido, el de la furia ciega— y le di lo que quería. Mis piernas volaron hacia su cuello y lo impulsé hacia el piso sin miramientos. Sus manos golpearon mi pierna derecha con desesperación, pero yo ya estaba encima.
Y entonces, golpeé.
Un puñetazo seco en su nariz, que empezó a sangrar al instante. Otro en su ojo izquierdo, que se hincharía en minutos. Y uno más, directo a la mandíbula. Fue cuestión de segundos, pero suficientes para que él, entre quejidos ahogados, golpeara el suelo con la mano libre: se rendía.
El árbitro calvo tocó mi hombro con prisa, queriendo dar por terminada la pelea, pero había algo... algo oscuro y familiar que se me había soltado dentro, algo que no estaba lista para encerrar tan rápido. Así que ignoré su toque.
Tomé la muñeca derecha del Mastodonte y, aplicando la presión justa, escuché el inconfundible crujido de su hueso. Lo solté con delicadeza justo cuando los quejidos se volvieron gritos.
El árbitro volvió a tocarme con más fuerza, esta vez casi suplicante. Sonreí y, con toda calma, dejé ir a Caleb.
—¡Maldita puta! —vociferó el gigante, acunando su mano rota mientras se arrastraba fuera del ring.
Sonreí más. No había mejor melodía que el sonido del ego masculino fracturado.
Solté un pequeño gemido de satisfacción —nada exagerado, solo un "ah" placentero— y bajé del cuadrilátero como si acabara de salir de un spa. Había gente mirándome. Muchos, de hecho. Todos con la misma expresión: una mezcla entre incredulidad, asombro y un poco de temor.
Drake, entre ellos, con la boca entreabierta y una botella de agua inmóvil en la mano.
—¿Qué? —pregunté, alzando las cejas con inocencia mientras le arrebataba la toalla del brazo y la botella.
Él negó con la cabeza, aún en shock.
—¿Có... mo? —balbuceó, como si no entendiera qué acababa de presenciar.
Le sonreí, limpiándome el sudor con la toalla.
—Entrenamiento —dije orgullosa, tomando un largo trago de agua.
Parpadeó un par de veces, como si sus neuronas intentaran reiniciarse.
—Has... has terminado con Caleb en un tiempo malditamente récord.
—Gracias, gracias —respondí con una inclinación teatral de la cabeza y un leve movimiento de mi mano libre.
Creí que la pelea iba a ayudarme con mi humor, pero no. Por dentro seguía hirviendo. Lo de Caleb me había servido para liberar un poco de presión, sí, pero la olla todavía estaba llena. La tapa seguía puesta, temblando con cada burbuja de rabia que soltaba mi cuerpo al pensar en Zacharias Anderson. Estaba conteniendo el estallido, pero no por mucho. Un solo paso en falso de su parte y lo que estaba conteniendo explotaría.
Editado: 14.02.2026