Let's Play.

Once

NOVIA POR ACCIDENTE, CAOS POR ELECCIÓN

Algunas miradas no prometen nada bueno... y aun así apuestas

Quedé tendida sobre su pecho, intentando no parecer arruinada por completo, aunque lo estaba. La respiración me fallaba, y las piernas me seguían temblando como si acabara de correr una maratón cuesta arriba.

En definitiva, el sexo con Rush acababa de destrozar cualquier estándar que hubiese tenido antes. Había sido brutalmente bueno. Satisfactorio. Salvaje. Jodidamente adictivo. Suspiré, rendida, con una sonrisa de idiota tatuada en la cara.

El pecho de Rush vibró con una risa suave, grave.

—¿Y esa risa? —pregunté, alzando la cabeza lo suficiente para clavarle la mirada.

—¿Y ese suspiro? —disparó de vuelta, con su típica sonrisa ladina.

Solté una pequeña risa, ladeando la boca.

—A que fue un buen polvo.

—Decirle "bueno" no es una palabra apta para describir eso —me mordí el labio, ahogando una risa—. Fue el mejor maldito sexo conocido por el hombre.

—¿Eso les dices a todas tus conquistas? —arqueé una ceja, jugando.

—No necesito de palabras estúpidas y carentes de sentido para meter a una mujer en mi cama, Larissa.

—¿En serio?

—Te tuve a ti —sonrió, como si acabara de ganar un maldito trofeo—. ¿Te engañé con palabras estúpidas?

Negué, entre divertida y resignada. Está bien. Tenía su punto.

—¿Tan seguro estás de ti mismo? —Lo miré con los ojos entrecerrados.

—Princesa, no sabes cuánto. —Me regaló una sonrisa cargada de seguridad—. Lo que me recuerda... —Su expresión cambió por completo—. ¿Estás en control de natalidad?

Solté una carcajada.

—Rush, lo último que quiero ahora son bebés. No te preocupes —respondí, aún con una risa en los labios.

—Nunca está de más preguntar —dijo, encogiéndose de hombros.

—¿Por qué? ¿Tuviste un hijo o qué? —bromeé, alzando una ceja con sarcasmo. Pero su cara cambió. En serio. Como si le hubiera lanzado un cubo de hielo en medio del pecho. Mierda. No. No, no, no—. ¿Rush? —pregunté, sintiendo cómo se me helaban los pies.

—¿De verdad quieres saber? —murmuró, sin apartar la mirada del techo del auto.

Mierda santa. Sabía que algo tenía que salir mal. Siempre algo tenía que salirme mal. Todo había sido demasiado bueno para ser verdad.

Tragué saliva, sin dejar de observar sus facciones tensas.

—Tengo que.

Y entonces, su rostro dio un giro. Negó con la cabeza y soltó una risa sin gracia.

—No, princesa. Aunque por poco.

Sentí como el alma me volvía al cuerpo, pero aún así...

¿Qué?

—Mi ex. Tiene un hijo. Juró que era mío. Dijo que no estaba en control de natalidad las veces que lo hicimos. Le creí. E incluso me hice responsable cuando el niño nació.

La garganta se me secó.

—Entonces... ¿sí tienes un hijo?

—No. —Su risa fue seca—. El crío ni siquiera tenía mi color de cabello al nacer. No se parecía en nada. Pero aun así, quise estar seguro. Pedí una prueba de ADN.

Lo miré, atrapada entre la sorpresa y la incomodidad.

—¿Y?

—No era mío. —Su voz bajó—. Mi ex se volvió loca cuando supo que me hice la prueba sin decirle. Pero joder, princesa... el niño no tenía ni una puta célula mía.

—¿Y de quién era? —pregunté con todo el tacto que me permitió la boca.

Rush desvió la mirada. Eso bastó para que se me revolviera el estómago.

—Del hijo de perra que se hacía llamar mi mejor amigo —dijo finalmente. Joder. Me quedé en silencio. Quería decir algo, lo que fuera, pero no había palabras correctas—. Esa es una de las razones por las que no confío en nadie que no sea mi familia —añadió, y entonces me miró de frente—. Pero luego entras tú a la ecuación.

Lo miré, desconcertada.

—¿Qué quieres decir?

—Nadie, fuera de mis hermanos y un par de personas cercanas, sabe esta historia. Ahora tú —me señaló con la mirada afilada—. Mi instinto me dice que confíe en ti. Eres diferente, Issa.

Resoplé.

—No. No otra vez con esa frase de mierda.

—¿Qué? —frunció el ceño.

—He escuchado esa maldita frasecita desde que llegué aquí —respondí sin entusiasmo—. Estoy hasta el cuello de esa etiqueta. No quiero escucharla más.

Rush frunció el ceño, como si no entendiera de qué mierda hablaba.

—Te lo dicen para meterse en tus bragas, princesa —dijo con esa sonrisa engreída que parecía tatuada en su cara. Alzó una ceja y nos señaló con un gesto teatral, como si acabáramos de protagonizar una obra de teatro porno premiada—. Yo no necesito decir estupideces como esas para querer follar contigo, como verás —rodé los ojos, pero él continuó—. Si te digo que eres diferente es porque, maldita sea, lo eres. Ninguna mujer me ha inspirado a tener sexo a primera vista. Ninguna me ha barrido el suelo en el póker. Ninguna me ha dicho que no. Luego llegas tú y haces todo eso. Me desafías. Me callas la boca. Y joder, he caído en tus encantos como un maldito quinceañero.

Tragué saliva. Oh, mierda, no.

—Rush, yo no...

Me cortó con un beso suave, uno apenas perceptible pero que logró desmontarme más que cualquier embestida suya.

—No estoy diciendo que te amo, Issa —aclaró, resoplando—. Estoy diciendo que confío plenamente en ti. —lo miré, en silencio—. No me preguntes por qué —añadió, encogiéndose de hombros—. Pero lo hago.

Y ahí fue donde me jodió.

¿Él confiando en mí?

¿En mí?

Una asesina entrenada, una infiltrada profesional, una mentirosa de tiempo completo. Sonaba hasta gracioso. Como ponerle el collar a un lobo y esperar que no mordiera.

Rush estaba caminando directo al borde de un abismo... y sonreía mientras lo hacía.

Su instinto era un verdadero chiste.

Aún así, sacudí la cabeza, sin ganas de sumergirme más en eso. Él no tenía idea de quién era yo en realidad, y mientras menos tiempo lo pensara, mejor. Ya bastante tenía con cargarme a mí misma.




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